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Dos minutos, cuarenta segundos y una novela

© Columna Villaroya

'Parecido a un asesinato' es una novela de trama. Y sólo de trama. Eso no es mejor ni peor aunque el lector que busque profundidades literarias, formas exquisitas en la escritura o imágenes de potencia demoledora en el relato, debe buscar en otras páginas. Porque lo que encontrará en esta novela de Juan Bolea es una historieta simple y ya conocida (estas historias han sido contadas en multitud de ocasiones con ligeras modificaciones), unos personajes más bien planos por mucho esfuerzo que haga el autor al introducir elementos que tratan de dar una consistencia que no logra (asuntos que tienen que ver con la sicología y la siquiatría, por ejemplo), una narrativa lineal en esencia a pesar de encontrar intentos de rupturas espacio temporales que quedan en el plano de la anécdota narrativa.

¿Se puede leer 'Parecido a un asesinato'? Se deja leer, y si el que tiene el libro entre las manos no pide demasiado, es un relato que gusta a pesar de lo previsible que es. Y es que Juan Bolea trata de centrar el foco en asuntos que pudieran llevar al lector a intuir de forma incorrecta, pero no lo consigue y lo que el lector termina descubriendo son trucos de novela policiaca antigua. Antes de lo que el autor quisiera, claro. Pero esta es una novela que puede acompañar en momentos de relax, de intento de evasión.

En algunas zonas expositivas, el autor apuesta por aportar una cantidad de información considerable que resulta siendo irrelevante y, lo peor, un intento de sostener un cierre de la trama lleno de dudas y cercano a lo inverosímil puesto que puede ser cualquier cosa. Esa información se enfrenta, lógicamente, a la carga expresiva que todo relato debería contener; y eso siempre es una mala noticia.

Llaman la atención algunas cosas que tienen que ver con los personajes. Por ejemplo, la capacidad absolutamente descomunal para llegar al meollo de un problema complejo a más no poder que despliega una sicóloga de gran peso en el conjunto del relato. Con la primera pregunta que hace se acerca al núcleo del problema. Por otra parte, son previsibles hasta el extremo, los comportamientos de todos ellos se desarrollan en terrenos comunes, ni uno sólo presenta un rasgo que le defina y que sirva para que crezca como personaje. Y ya sabemos que sin personajes bien construidos los relatos se desmoronan sin remedio.

Durante toda la narración, el ruido es excesivo, la niebla que no deja ver es densa. Todo queda por detrás incluido lo esencial. Y es producto de un buen número de trucos que ya Agatha Christie explotó y enseñó a los lectores para que no volvieran a caer en trampas que deberían evitar todos los autores.

Calificación: No es gran cosa aunque se deja leer.

Tipo de lector: Poco exigente con el relato.

Tipo de lectura: Muy fácil. Rápida.

Personajes: Superficiales.

¿Dónde puede leerse?: En el parque o en la piscina.

Nirek Sabal

 

Franz Kafka. / Fotografía de https://ethic.es/

Franz Kafka es uno de los mejores autores de todos los tiempos. Escribió obras de gran envergadura entre las que sobresalen ‘El proceso’ y ‘La metamorfosis’. Su sentido del humor, ácido hasta el extremo; un uso del lenguaje bastante asequible para cualquier tipo de lector; la exploración de asuntos de importancia vital; y una capacidad de fabulación portentosa; le permitió crear una obra robusta y profunda.

Este relato de Franz Kafka es un monumento a la literatura. Todo está colocado en su sitio, nada sobra, nada falta. Desde la elección del narrador hasta el desenlace de la trama o el desarrollo teológico que lleva a cabo el autor, todo parece exacto en la novela.

Una lectura superficial podría llegar a ser entretenida, pero lo importante de ‘La metamorfosis’ no está precisamente en lo facilón o en lo irrelevante. El argumento es conocido por casi todo el mundo. Una mañana, Gregorio Samsa descubre, al despertar, que se ha convertido en un insecto enorme y repugnante. A partir de este momento, Kafka centra el foco en el personaje para que podamos entender. Insisto en que una lectura superficial nos llevaría de anécdota en anécdota aunque nos alejaría de eso que Kafka había preparado para los buenos lectores.

Un aviso muy importante: si las novelas de Kafka, en general, se leen sin tener en cuenta el sentido del humor que desplegaba el autor al escribir, no se puede disfrutar de la lectura al 100 por cien. Una lectura seria, sin asumir que todo es una enorme broma, nos lleva a territorios áridos y poco interesantes. Kafka leía lo que iba escribiendo a sus amigos en los cafés de Praga y todos se reían muchísimo, incluido el autor.

El registro que utiliza Kafka en ‘La metamorfosis’ es simple, de tono y alientos medios. Y las imágenes están relacionadas, casi en su totalidad, con la teología judía y con el número tres que llega a adquirir valores cercanos a la heráldica. Piense el lector que, aparte de Gregorio, su familia está formada por padre, madre y hermana (3); que se alquilarán habitaciones a tres hombres; que al final de la novela se escribirán tres cartas; que conocemos las tres puertas de la vivienda... Este tipo de detalles conviene tenerlos en cuenta.

El trasfondo religioso en ‘La metamorfosis’ es muy importante. Kafka renegó del judaísmo que le impuso su padre siendo niño. Pero le quedó un poso que no se podía quitar de encima salvo escribiendo y, así, eliminando los fantasmas de todo pelaje. Lo que el Génesis quiere desarrollar en cuanto a nomadismo o sedentarismo se refiere, está en el relato de Kafka. Buscar, no quedarse quieto, es fundamental. Dios premia al que continúa buscando tras la expulsión de Adán y Eva del Edén. También está inserto en el relato el pasaje de Caín y Abel. Una lectura intentando encontrar estos aspectos es una maravilla.

En cualquier caso, la novela de Franz Kafka es extraordinaria. Aunque pudiera parecer lo contrario, ‘La metamorfosis’ encierra una enorme carga de esperanza para el ser humano y, por supuesto, toneladas de literatura de calidad excepcional.

Es una novela muy corta y se puede leer casi de un tirón. Esto le convierte en un relato de lo más atractivo para jóvenes lectores. La edición de Astiberri, ilustrada por Paco Roca, es formidable.

Calificación: Extraordinaria.

Tipo de lectura: Amena, más que interesante.

Tipo de lector: Amantes de la buena literatura; todos los que quieran aprender a escribir.

¿Dónde puede leerse?: En una cafetería tratando de escuchar el eco de las risas de Kafka y sus amigos.

G. Ramírez


 


Revisa, Thomas Mann, en el viaje que propone su concepción del mundo, de la mitología, del proceso creativo, de la muerte como meta del ser humano. Y lo hace desde una prosa exquisita, llena de matices, difícil de interpretar salvo que el esfuerzo del lector sea importante.

La lectura de esta obra, bien puede quedarse casi en lo superficial y limitarse a una historia de amor imposible entre un hombre recién llegado a su vejez y un adolescente, bien puede convertirse en un reto en el que Hermes, Apolo, Dionísio y un gran número de referencias mitológicas, son protagonistas y convierten el universo del personaje en algo que va más allá. La contraposición y el tránsito entre lo apolíneo y dionisíaco, el camino que hay entre el arte y la muerte, entre la idea y su verbalización, entre la nada de Nietzsche y la eternidad de los dioses; son los pilares de una novela que soportan una trama valiente que quiere indagar en el mundo de un personaje sorprendente y profundo.

En ‘La muerte en Venecia’, nada pasa sin ser necesario, cada detalle debe ser tenido en cuenta. Cuando el protagonista, un escritor llamado Aschenbach se refresca tomando una mezcla de zumo de granada y soda, el lector puede quedarse en la anécdota, pero puede llegar a saber (si no lo conoce ya) que ese zumo está vinculado a Hades porque cuándo este secuestra a Perséfone se lo hace probar ya que quien toma bocado allí está condenado a no salir jamás. Como le ocurre al personaje con Venecia, como le ocurre una vez que se ve inmerso en un amor prohibido. Los sueños de Aschenbach nos llevan hasta los ritos báquicos, los personajes que pudiéramos considerar actantes (lo son, por supuesto) mirados con atención comparten rasgos que les convierte en el propio Hermes. Todo en el relato es fundamental. La propia Venecia funciona como correlato del personaje y, a la vez, como recordatorio de una Atenas idealizada que termina en desastre. Platón aparece en la narración para quedarse hasta el final. El mar es la eternidad y la propia muerte. El proceso creativo, el talento, la rendición del autor ante una burguesía que acepta, o no, la obra si se adapta a sus cánones o los intenta saltar, todo en ‘La muerte en Venecia’ nos arrastra hasta la reflexión.



Pero la lectura más superficial es otra opción. Tan buena como la primera. Se trata de una novela tan bien escrita que, aún sin entender el cien por cien de lo expresado, gusta a cualquiera. Esta es una forma de escribir que se echa en falta actualmente.

Thomas Mann es uno de os grandes autores de la historia de la literatura. Y «La muerte en Venecia» una de sus obras más deslumbrantes.

Calificación: Extraordinaria.

Tipo de lectura: Tranquilizadora.

Tipo de lector: Cualquiera que esté dispuesto a afrontar retos.

Personajes: Perfectos. Los secundarios (todos) representan a un ser mitológico.

Argumento: El viaje inevitable hasta la muerte.

¿Dónde puede leerse?: En el Lido.

G. Ramírez

La vida, la de cada uno de nosotros, no suele corresponder con la que deseamos. No quiero decir con esto que nuestra existencia se convierta en una especie de tortura continua o que una vida sea la lacra que nos tocó en un reparto estúpido para que cargáramos con ella nos gustase o no. No. Lo que digo es que el hombre tiende a buscar mejoras en su existir, lo que él cree que puede ser una tendencia a la perfección lejana e inaccesible. Si cualquiera de nosotros tuviéramos la posibilidad de accionar un mando que modificase el mundo a nuestro gusto lo haríamos sin pensar dos veces. Queremos un mundo que se parezca al nuestro soñado, queremos una existencia en la que seamos importantes, necesitamos ejercer cierto control sobre la realidad que conocemos. Y necesitamos creer en algo. Sea lo que sea. Si la religión falla, el movimiento normal del hombre es buscar alternativas que sirvan de explicación propia. Agarrarse a una religión, a una ideología o a la literatura, tienen, finalmente, un efecto parecido. La única forma de dominar un mundo como el nuestro es convertirlo en un objeto manejable, en una representación a la que puedan tener acceso las personas sin llevar por delante el poder político o religioso, la única forma de dominar el cosmos es ordenarlo, elegir un pequeño trozo del caos y convertirlo en existencia ordenada. En cada libro encontramos un mundo a la medida del autor y a la de sus lectores. El tiempo tiene un principio y un final, los personajes tienen una vida que deseamos para nosotros mismos o que detestamos y que ¿la quisiéramos para otros?, espacios que nunca conoceríamos de otra forma. Pero mundos, tiempos, espacios y personajes mentirosos porque nos enseñan lo que no ha sido ni será, lo que deseamos y nunca tendremos en nuestra realidad. Tan sólo lo incorporamos en nuestra experiencia sabiendo que es una gran mentira anhelada. Necesitamos creer en algo.


Y con la literatura nos vemos capaces de hacerlo en nosotros mismos, en los fantasmas propios y en los que compartimos, en los recuerdos de nuestro pasado y los que nos ofrece la ficción. La mentira que es la ficción nos abre sus puertas para que podamos creer que una vida deseada es posible. La lectura de una novela no puede pasar por el entretenimiento como sustento único de la acción de leer. Si alguien intenta defender esa postura se está engañando y negando su propia insatisfacción con la vida. Abrir un libro significa abrir un mundo que nos puede entusiasmar o hacer estragos en la conciencia, pero un mundo que buscamos como posibilidad de vida, como alternativa a lo que somos. La literatura siempre fue ese mando que accionado dibuja una realidad parecida a la buscada, o la que odiamos y nos recuerda que el movimiento es hacia el lado opuesto de lo representado, o una parecida a la nuestra en la que ventilamos un ejército de fantasmas y miserias. Al fin y al cabo un mando que accionado nos traslada lejos de lo que somos e inunda de mentiras un día cualquiera convertido en palabras que no significan lo mismo que en la oficina o en casa.
Si quieres leer la segunda parte pulsa aquí.

G. Ramírez
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