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Dos minutos, cuarenta segundos y una novela


He tenido, entre las manos, miles de libros. No con la intención de comprobar lo que pesaban sino con la de leerlos. Sin embargo, pasado el tiempo, he comprendido que era la misma cosa. 
El libro que más pesó, al abrirlo por primera y última vez (jamás he leído ninguna de mis novelas una vez publicadas) fue «La edad de los protagonistas». Mi primera novela. Toqué la portada con cuidado, abrí el ejemplar, y fui pasando despacio las primeras páginas, alisando los vértices con el pulgar (siempre lo hago con cualquier libro, pese lo que pese; la liturgia de la lectura es imprescindible) y tomé conciencia de lo que había logrado y del grado de responsabilidad adquirido como escritor con obra publicada. Creo que sólo he sentido algo parecido el primer día que pisé un aula en calidad de profesor. Pero mis novelas no cuentan. Esa sensación de peso extremo, emocional, no es de lo que quiero hablar. 
He leído libros que me llevaron a querer ser escritor. «Las palmeras salvajes» o «Mientras agonizo» de William Faulkner; «La casa verde» o «Conversación en La Catedral» de Mario Vargas Llosa; «La metamorfosis» de Kafka; «El guardián entre el centeno de Salinger»; los relatos de Chéjov o de Raymond Carver; cualquiera de las obras de Federico García Lorca; la poesía de César Vallejo. Alguno más. Pesaban mucho. Cada página la sensación era más poderosa. Era capaz de leer la misma frase media docena de veces para comprobar que era posible decir eso y de esa forma; de la única manera posible. 
La perfección pesa toneladas. El poso que quedó sigue siendo gigantesco. Tiene forma de aprendizaje, de experiencia, de impostura, de enseñanza, de fascinación, de respeto, de rabia. Un poso pesadísimo que resta a otros libros (los flojos) en el haber. Nada es igual después de leer a Proust a Flaubert o a John Dos Passos. 
También he leído libros que, sin ser gran cosa, han dejado alguna marca. Lecturas en la playa, en aeropuertos y estaciones de tren, lugares en los que la concentración es difícil de conseguir. En esas circunstancias tengo por costumbre elegir obras en las que la trama toma fuerza y lo profundo queda al margen. Alguno de ellos me hizo pasar buenos momentos. Para eso se escriben los best sellers. Pesan lo justo y la carga es efímera. Pero algo se dejan notar. 
Leer es descubrir el peso de una obra, la compañía que supondrá durante un tiempo o toda la vida. Leer es integrar un universo o rechazarlo, es modificar el propio o dejarlo intacto. Leer es asumir la pequeñez, lo insignificante de uno mismo. Leer es vivir y morir al mismo tiempo, convertirse en un fantasma más humano de lo que la imaginación permite. Leer es dar un paso adelante, hacia eso que llamamos sentido. Pasos que se hacen ligeros cuanto más peso arrastran. 

 G. Ramírez

Debe ser por la edad.

Desde hace algún tiempo me fijo mucho en las parejas formadas por una madre anciana y su hija de mediana edad, por un tipo de más de cincuenta años y su padre ya mayor y torpe. Me fijo y pienso que no hace mucho eran esa anciana o el viejecito los que acompañaban a sus padres. La belleza parece que se ha trasladado de un cuerpo a otro, y la agilidad, y la rapidez. La estampa es exacta a la que fue y no parece que nos demos cuenta.

Me fijo en el pelo de los jóvenes que acompañan. Brillante, cuidado, abundante. El de los abuelos suele ser corto, menos lustroso. La modernidad de las telas frente al ocaso que supone una pensión que no te permite grandes lujos. Y así todo.

Debe ser por la edad, pero pienso en que la sensatez, la sabiduría o la paciencia, residen en los cuerpos más machacados. Los ancianos en ese tipo de cosa sacan gran ventaja a los jóvenes.

Me gusta inventar historias siempre que algo me llama la atención. Debe ser por la edad. Y me viene a la cabeza un extraordinario relato firmado por Juan Carlos Onetti que se titula ‘Los adioses’. Cuenta Onetti cómo una vida se puede inventar a base de ocurrencias de uno que se las dice a otro; y que una hija se convierte en tu amante en treinta segundos si alguien lo dice y otro lo cree. Es una novela corta que merece la pena leer porque fija la atención en el lenguaje como arma de destrucción masiva. Lo es, sí, lo es.

Me gusta inventar las historias del joven y del viejo. Qué han desayunado, por qué no se deja querer la anciana o cómo es posible que esa mujer tan atractiva le niega una mirada a su compañero de trabajo (a ese que bebería los vientos por ella). Me gusta inventar qué le pasó al anciano para cojear de esa manera tan leve, pero tan característica (tal vez fue una caída desde el andamio en el que trabajaba enfoscando aquella fachada de la calle Sierpes; tal vez fue la razón por la que dejó el fútbol, justo en ese momento en que se le estaban abriendo las puertas de los grandes equipos de la ciudad), me encantaría saber por qué razón sigue ocultando su orientación sexual ese hombre maduro tan apuesto si todo el mundo que le conoce lo sabe desde hace años.

Me gusta imaginar porque es la forma de olvidar que el mundo en el que vivimos se está convirtiendo en una ratonera de la que no podemos escapar.

Debe ser por la edad, pero me gusta más lo que imagino que lo que veo.

G. Ramírez


Somos lo que acumulamos desde que nacemos. La primera caricia de nuestra madre marca la vida inevitablemente y arrastramos cualquier detalle desde el comienzo, desde ese primer contacto con el oxígeno que arde en los pulmones. Ese es el primer sumando de millones de ellos. Por eso, porque todo lo que recibimos lo integramos, no podemos modificar nada de lo que forma parte de nuestra identidad. Si pudiéramos borrar algo del pasado dejaríamos de ser nosotros. Por supuesto, no podemos.

Lo mismo ocurre con los personajes de novela. Ni siquiera la ficción permite que un pasado concreto haga llegar a un personaje al lugar equivocado. No podemos crear un personaje haciendo de él una suma de retazos inconexos. Y, del mismo modo que en la vida real, debemos pensar en el diseño de lo anterior porque necesitamos un futuro inmediato. No cualquier futuro sino el que corresponde. Por supuesto, digo esto alejado de un determinismo en el que no creo. El ser humano, a pesar de todo, se desarrolla gracias a su libre albedrío.

Si, por ejemplo, usted intenta pensar una vida distinta a la que ha tenido no lograría dar un paso en firme, se derrumbaría como un edificio mal construido. Estará pensando en otra persona que no es usted y no en otra vida. Todos quisiéramos poder borrar algo de lo ocurrido (por pequeño que sea). De hecho maquillamos parte de nuestro pasado con cosméticos baratos (la mentira, la negación o cosas así). Todos nos marcamos objetivos al principio que no alcanzamos, que ni siquiera rozamos. A todos nos ha jugado una mala pasada el destino o una decisión equivocada. Pero ninguno logra ser diferente eliminando sumandos. Ninguno. Sólo podemos añadir, amontonar experiencias para corregir eso que no nos gusta. Aunque el montón sea de estiércol.

Queremos modificar el pasado cuando lo que intentamos es tener un futuro más parecido a lo que un día imaginamos sin saberlo.

Pues en literatura pasa exactamente lo mismo. Colocamos a un personaje en una situación determinada. Deseamos crear una trama en la que el personaje evolucione. Pero para que eso ocurra no podemos imaginar cualquier pasado. No. Ese personaje funciona porque tiene alma y es deudor de un pasado. No del pasado sino de un pasado. Del que emana una creación literaria que tiende a ser única y exclusiva.

Un escritor no puede olvidar que existen unas reglas. No se trata de una ciencia. No se trata de un guion o manual que tenga que seguir al pie de la letra. Es mucho más sencillo. Hay que dar la mano al personaje, comer con él, caminar con él, sentir con él, intentar averiguar qué le pasó para entender las cosas de esa forma tan exclusiva. En esta vida no se puede andar con invenciones sobre lo que pase. Todo tiene un porqué, todo obedece a algo concreto. Incluso nuestra imaginación, nuestro afán por corregir una realidad, nuestro deseo de teñir lo que sucede. Lo difícil es saber dónde buscar. Eso forma parte de la literatura de peso. Cuando una buena trama no funciona, el problema aparece en el mismo lugar. Sin personaje no hay nada que hacer. Porque el personaje en literatura es su pasado y su presente. Como cualquiera que esté leyendo esto.

G. Ramírez

 


¿Puede ser escritor cualquier persona? Hoy, con las nuevas tecnologías agarradas como lapas a todo lo que hacemos, podría parecer que la respuesta a la pregunta es sí. De hecho, todo el que quiere escribe y lo publica. Ahora bien, escribir es una cosa y ser escritor es otra bien distinta. Publicar y tener cierta presencia es una cosa y sumarse a la extraordinaria acumulación de títulos que pasan desapercibidos es otra.

Un escritor es el que busca sin parar. Pero no tratando de encontrar una historieta, más o menos, atractiva. Lo que busca el escritor es esa zona de la realidad que, convertida en ficción, puede explicar la realidad misma. El escritor sabe que en algún lugar se encuentra eso que tanto ha buscado desde niño; y sabe que tiene la obligación de continuar con el rastreo sin perder la condición con la que comenzó. Dejar atrás la mirada infantil marca el declive de cualquiera que se dedique a eso de escribir. Mirar a un lado, al otro, de frente, hacia atrás. Sin prisa, con el deseo auténtico de descubrir, sin buscar halagos gratuitos e innecesarios. Escribir, ser escritor, es algo muy serio. El grado de compromiso que se adquiere con el mundo es casi sagrado. El que sólo quiere escribir para aparentar ser no sé qué o vender libros no lo consigue. Hay que estar dispuesto a enfrentar una realidad dura e hiriente, la gran mayoría de las veces, para explicarla.

Hay algo que muchos no terminan de entender mientras piden a gritos tener la posibilidad de llamarse escritor. El sentido de la vida, eso que hemos intentado encontrar desde que vivíamos en las cavernas, es el motor de la persona. Los escritores lo sabemos muy bien y somos conscientes de la importancia que esto tiene. El triunfo o la publicación de la obra se convierte en cosmética; muy agradable aunque puro maquillaje. Y esto nos hace arrimarnos a lo simbólico, a intentar descubrir ese territorio de la realidad tan evidente como difícil de aprehender. A lo mitológico porque, como decía Eliade todo se entiende desde 'el entramado de la esencia del hombre'.

Gabriela Mistral escribió lo siguiente: 'Ya otras veces ha sido (para algún místico) el cuerpo la sombra y el alma la “verdad verídica”. Y es cierto. Pero la frase hay que entenderla, no desde la negación de lo material, sino al contrario. Porque lo simbólico es lo real. Los escritores lo sabemos. No se puede tener un acceso directo a la simbología del universo sin tener un arraigo poderoso a la realidad. Hay que pensar el mundo sintiendo el mundo. Sentir bien es poder pensar bien. Conservando (sólo así se puede conseguir) esa idea que Jung explicaba tan bien al afirmar que toda la historia de la humanidad la acarreamos teniéndola dentro; idea que nos lleva (siempre acabamos en el mismo lugar) a lo arquetípico, a la mitología que nos permite sobrevivir. Y a los escritores hacer literatura. El que elige tocar, lo material, en lugar de sentir, niega la posibilidad de tener ese “alma verídica” de la que habla la señora Mistral. La dualidad del mundo no permite opciones entre sentir o tocar. Las cosas no son sí o no. Todo es sí y no. Algo que el hombre interiorizó desde que lo es; algo que nos hace buscar sin descanso como los niños. Es lo que hace a una persona escritor. Posiblemente, sobre lo que reposa lo que llamamos talento y que se confunde con algunas pautas técnicas que se pueden aprender en cualquier taller literario con un mínimo nivel.

Lo que no se aprende es la mirada exclusiva que hace estallar la realidad en un millón de pedazos para que se pueda ordenar del modo justo. Vender libros no tiene nada que ver con pensar y sentir una realidad tan absurda como inverosímil que parece imposible encajar en la consciencia del ser humano.

Hace muchos años leí unas páginas de Ortega (este era de los que pensaba y sentía de maravilla) que resumían muy bien lo que significa el relato y, por tanto, la labor y la importancia de la escritura (no la de cualquier cosa escrita, claro). Contaba cómo podría haber sido una primera escena de amor en las cavernas de nuestros abuelos. Venía a decir que los hombres primitivos cazaban, no paraban de buscar comida, llegaban a la caverna para alimentarse, cubrían a la hembra y volvían a salir junto con el resto de machos para poder seguir sobreviviendo (ahora que es tan frecuente la separación, me hace gracia pensar que lo único que está pasando es que volvemos a nuestros orígenes. Los matrimonios de nuestros abuelos cavernícolas duraban diez minutos. Más o menos lo mismo que muchos de los de hoy en día. No sé a qué viene tanto escándalo) . Una noche uno de esos hombres, después de devorar la pata de alguna fiera, cubrió a la hembra y antes de irse la miró. Ella, seguramente, esperaba esa mirada. En vez de marchar, se quedó. ¿Cómo explicaría ese hombre lo que le estaba pasando? Cuando llegó la mañana siguiente al lugar de reunión de los cazadores ¿qué dijo? Pues seguramente nada. Ni pudo, ni quiso. Tal vez danzó alrededor de una hoguera para explicarse y explicarlo. Y esto mismo es lo que nos sucede hoy a todos. Y es lo que me sucedió a mí siendo joven y estando enamorado de la muchacha morena de ojos negros. Es tan grande el sentimiento que no entra en el cuenco de la palabra. Nos vemos obligados a usar tópicos ('te quiero tanto que daría la vida por ti', frases tan gastadas por el uso que ya no significan nada), a recurrir a la poesía de otros (de los que tomaron distancia con respecto al problema) o a quedar callados disfrutando de una sensación que es, simplemente, inexplicable. Y es aquí donde toma importancia la escritura, la literatura.

Decir más me temo que es innecesario. Ahora cada uno debe saber qué esta haciendo o a qué está jugando.

G. Ramírez

 


Una pregunta sencilla para una contestación llena de matices. La poesía acompaña al hombre desde que fue capaz de convertir su mirada única en una forma de arte, desde que el hombre pensó las cosas. Nunca antes nada se había pensado.

El lenguaje es una herramienta aparentemente dócil, flexible. Da la sensación que podemos modificarlo a nuestro antojo y en cualquier momento. Creemos que nuestro dominio sobre él es importante, casi absoluto. Incluso tendemos a incluir palabras cuando gustan a más de uno o a eliminarlas al no pronunciarlas jamás; por dejadez, por matices de carácter político, por rencor, por olvido. Sin embargo, el lenguaje es una herramienta que, muchas veces, nos impide decir lo que queremos, muchas más veces de las que estaríamos dispuestos a admitir. La expresión ‘no tengo palabras’ es una fórmula que lo dice todo y que utilizamos cada dos por tres. La imposibilidad de comunicación es una opción que, teniendo en cuenta la naturaleza del propio lenguaje (esa comunicación), resulta paradójica.

¿Qué podemos decir a alguien que acaba de perder a un hijo? ¿Cómo podemos expresar la emoción que sentimos en un momento especial? ¿Con qué palabras (exactas) seremos capaces de transmitir una idea? El lenguaje es escurridizo, es traicionero. Queremos decir y no podemos; creemos estar diciendo una cosa cuando estamos diciendo otra bien distinta o los que escuchan interpretan lo dicho como les parece mejor convirtiendo en lenguaje es un auténtico desastre; la misma frase significa algo distinto si la digo aquí o allá, a este o a aquel.

Desde que el hombre es hombre, hemos tenido que recurrir al mito para explicar y explicarnos. Al relato. Y desde que el hombre es hombre, casi con seguridad, siempre hubo quien buscó la forma exacta de decir las cosas. El ser humano será siempre ese niño en constante proceso de búsqueda y aprendizaje con el lenguaje.

Decir las cosas de forma exacta. Es este el trabajo que hacen los poetas. Eso es la poesía: la exploración, la experimentación con el lenguaje, la eterna pregunta, la contestación improbable, la búsqueda perpetua de ese verso que expresa con todo el acierto posible eso que queremos decir, que no somos capaces de encontrar de cualquier otra forma, y no se puede intercambiar con otra fórmula.

Federico García Lorca

Son muchos los que piensan que hacer poesía es contar sílabas y buscar rimas; o un cierto ritmo en el poema que lo convierta en algo bello. Sin embargo, eso forma parte de la mecánica del escribir que, lógicamente, está unido a la última intención del poeta, aunque no es más que un medio. Lo importante está en el conocimiento del universo a través de la experiencia personal, en saber que cada cosa es un símbolo en sí mismo que nos lleva a imaginar y, por tanto, a acertar; lo importante es convertir la realidad en algo coherente, verosímil, en algo que podamos comprender y aprehender. Lo importante es construir una imagen que sirva para decir lo imposible y que solo, así, podamos agarrar para su contemplación a través de ella. Algo del mundo se transforma en un verso que, a su vez, transforma la realidad. Con un verso podemos entender lo inexplicable. Por tanto, podríamos decir que la poesía es una puerta situada en la frontera que separa el mito convertido en lírica de la realidad más mostrenca. Una puerta que nos permite pasar a un lado u otro sabiendo a lo que nos exponemos, desde la que se vierte la luz necesaria para saber y comprender.

Del mismo modo que la prosa logra explicar el mundo desde otro mundo ficticio, la poesía convierte en realidad la palabra.

Por ello, la poesía no puede ser explicada. Eso supondría la muerte de cualquier poema, del verso mejor construido, de su belleza. La poesía debe recibirse con la mente abierta de par en par para asimilarla desde la sensación, desde la capacidad absoluta e infinita de imaginación que posee el ser humano. Si, al mismo tiempo, la comprensión racional se pone en marcha, mejor que mejor. Y es que tratar de explicar un poema es como tratar de explicar a dios; es iniciar un proceso en el que poema y dios se diluyen para terminar desapareciendo.

Rafael Alberti

Si el poeta tiene la obligación de experimentar el mundo con intensidad, el lector debe recibir el poema con esa misma obligación. Si el poeta está obligado a trabajar duro en su intento de encontrar el verso único con el que poder decir, el lector debe afanarse por recibirlo sin prejuicios técnicos, sin dejar que vaya por delante el puro raciocinio.

Hacer poesía no es ponerse exquisito al escribir, ni misterioso, ni raro; no es utilizar palabras gruesas para decir sea lo que sea; no es demostrar un dominio de la escritura basado en el conocimiento del diccionario. Hacer poesía es encontrar en un verso la única posibilidad que existe de expresar eso que está y no somos capaces de rodear para hacerlo nuestro a través del lenguaje.

¿Se puede explicar lo que sentimos ante la muerte de un amigo? ¿Sabemos decir lo que supone la ausencia y dónde nos arrastra irremediablemente? ¿Podríamos hacer saber a otro lo que supone un vacío que nunca podrá llenarse ni con nada ni con nadie? Desde luego que sí. Solo hay dos condiciones para ello. La primera es haber experimentado eso que queremos expresar (de no ser así estaremos intentando imitar lo que otros dijeron); la otra es escribir, experimentar con el lenguaje hasta construir un poema (olviden la belleza, decir de forma bonita las cosas y ese tipo de tonterías propias de quien no sabe lo que hace o dice). Les dejo con un magnífico ejemplo, un poema firmado por Benjamín Prado. En realidad, sería más exacto decir que les dejo con la única explicación posible a lo que es la poesía. Un poema. La explicación que, torpemente, he estado intentando hasta aquí.

Benjamín Prado


LO MISMO Y LO CONTRARIO

Lo contrario de un hombre limpio es el agua sucia.

Lo contrario del mar es una mujer ciega.

El que derriba un puente, construye un precipicio.

Las cicatrices son golpes que no se olvidan.

Hay verdades sin límite y hay cosas que se acaban:

Los ríos son Machado.

Yo te amé a tumba abierta.

Los alacranes brillan a la luz de la Luna

y después son de nuevo venenosos y oscuros.

Es así, tan sencillo.

Luchar por las cenizas es renunciar al fuego.

Una palabra dicha es un pájaro que se vuela.

Tu muerte está debajo de mi piel,

lo mismo que un insecto en un vaso volcado.

¿Qué más puedo decirte?

Que yo te amé de Norte a Sur, a ciegas,

con uñas y con dientes,

sin secretos,

sin trampas.

Que no he querido oír una vez más tu voz, ni mirar nuestras fotos,

ni verte acariciando con tus dedos azules

a los perros que comen las sobras de tu vida.

Yo sólo quiero oscuridad y humo.

Yo ya no quiero ver

todo lo que los dos hemos perdido.


G. Ramírez

 


Uno de los procesos más complejos e importantes que se da en la escritura creativa es el que tiene como objetivo crear un personaje. Sin personaje, o sin un personaje bien diseñado, el relato se viene abajo

La construcción del personaje es fundamental en literatura. Un escritor, de la nada, utilizando sólo palabras, tiene la responsabilidad de crear un artefacto literario que represente a una persona como cualquiera de las que vivimos en el planeta Tierra. O cualquiera que viva en otro mundo desconocido. Eso es igual. Materia y alma (dejen que utilice el término). De la nada.

¿Qué quiere decir esto? ¿Cómo se puede llegar a tener éxito con semejante proyecto?

Alguien podría pensar que cuantos más detalles se aporten sobre un sujeto más podemos saber de él. Desde luego, en literatura, esto no es así. Un largo inventario de características no logra dibujar con perfección al personaje. Un gesto característico, un tic, una sola cosa representativa, puede hacer que logremos lo que nos proponemos. Una contradicción, una mentira, una forma de enfrentar un problema, puede ser suficiente. Sumar aspectos físicos o psicológicos de ese personaje no hace, necesariamente, que se le pueda ver con más claridad. En realidad, lo que queremos es conocer cómo entiende el mundo, cómo reacciona ante una situación u otra. Cómo le ven unos aquí y otros allá. Queremos construir un cosmos que gire alrededor de ese personaje; queremos que los cosmos de cada personaje se enfrenten (llegando a impactar con violencia si es necesario) a través de sus logos. Representando al personaje damos forma al todo; porque sin personaje no tenemos nada. Absolutamente nada.


A medida que vayamos sumando características (no físicas puesto que estas desdibujan más que aportan) iremos logrando que el personaje crezca. Y esta es una de las claves fundamentales. Por un lado, el personaje crecerá para tomar protagonismo en el relato. De modo que los que aparezcan luciendo una sola característica se quedarán en lo que conocemos como secundario (un personaje plano, sin relevancia y que estará al servicio de otros y no de sí mismo); mientras que los que vayan desplegando su psicología se arrimarán al protagonismo. Una vez que el autor decida poner a su personaje a dialogar, el ciclo se habrá completado. El diálogo es el recurso narrativo que lleva al personaje hasta la frontera entre el ser o no ser definitivo. Pero, por otro lado, esto obliga a que el proceso deba finalizar en el punto justo que requiere lo narrado. Esto quiere decir que un personaje no puede aparecer, crecer, abrir expectativas para luego no cumplirlas. No podemos dejar que un secundario crezca para desaparecer sin ton ni son; no podemos consentir que nuestro personaje principal deje de mostrarnos su forma de mirar un mundo que no podemos entender sin su ayuda. Hay que saber qué tenemos entre manos cuando queremos hacer literatura. Y si hablamos de personajes estamos haciéndolo de uno de los pilares básicos sobre los que se apoya la escritura creativa.


Si alguien está pensando en fórmulas magistrales que sirvan para lograr un personaje excelente que vaya olvidando la idea. Pero sí podemos tener en cuenta aspectos fundamentales al crearlos que ayudarán. Por ejemplo, la cohesión interna. Un personaje no puede odiar a los inmigrantes y casarse con uno de ellos salvo que la acción esté total y absolutamente justificada. Un personaje no puede decir una cosa y hacer la contraria. Los personajes no son personas. Sólo son una representación. Y ha de ser verosímil para que funcione.

Tan fundamental como lo anterior es la interacción del personaje con el entorno. La luz, el lustre, no le llega de sí mismo. Casi siempre llega de fuera. De otro personaje secundario que ilumina, de un objeto que dice más de él que cualquier otra cosa. El personaje mira el mundo y el mundo se integra en él. Son uno en otro. Por eso las descripciones que aparecen en un relato como alarde técnico del autor o porque se le pone en las narices que aparezca sin tener una importancia relevante, no sirven de nada. Todo lo que suceda, todo lo que aparezca en un texto narrativo debe tener una importancia porque todo afecta a cada parte.

La tercera pata fundamental sobre la que se apoya la creación de un personaje es la consciencia de este, en su capacidad de reflexión. Y si el narrador (por sus características, por el diseño que el autor hizo de él) no puede entrar en ella, será a través del diálogo como podamos conocer.

Un personaje coherente; que mira el universo (el suyo) y deja que todo intervenga en lo que pueda pasar; un ser pensante capaz de entender al ordenar para mostrarlo. Eso es lo fundamental.

G. Ramírez

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