La vida de cualquier persona se construye sobre la realidad vivida aunque los cimientos se encuentran en el pasado propio, en el de los padres y abuelos, en ese tiempo que no vivimos aunque marca nuestra existencia definitivamente.
Así, no conocer ese pasado nos obliga a edificar una vida sobre una invención, sobre una mentira fabricada por esos padres y abuelos (casi siempre por su silencio) o nosotros mismos. La falta de un relato o la invención de este nos condena a no ser lo que nos hubiera tocado. Y lo sabemos, siempre lo sabemos y lo hemos sabido. Por eso nos arrepentimos tanto de no escuchar a los mayores. Cuando se nos mueren, lo primero que pensamos es en todo eso que faltó por decir, por preguntar, por escuchar.
Julio Llamazares perdió a su padre en 1996. Y supo, entonces, que le faltaría por siempre jamás parte del relato que le tendría que haber modelado como persona. Por ello, decidió comenzar un viaje igual al que su padre realizó junto a su amigo Saturnino, mientras formaban parte del ejército rebelde que acabó con la República española, de camino al frente. Apenas tenían, Saturnino y su padre, dieciocho años en 1937 y tuvieron que cruzar media España desde La Vecilla (León) hasta Castellón. Un viaje coqueteando con la muerte del que no quiso saber nada el escritor que, ahora, se subía al coche para intentar intuir cómo fue el recorrido.
Pero Llamazares cuenta su propio viaje y no logra que el lector se emocione con el de su padre, con el de todos los que tuvieron que participar en una guerra terrible. Trata de perfilar, sin éxito, ese viaje realizado por los mozos aterrorizados y obligados a disparar contra sus propios hermanos. Así, la experiencia de Llamazares se entrelaza débilmente con un relato fragmentado (lo poco escuchado y los retazos que Saturnino confesó en vida) y lo intenso no termina de alcanzar una prosa sencilla y detallista que despliega el autor desde la primera página.
Llamazares pisa Teruel para referirse a un frío intento y criminal que caía a plomo durante una de las batallas más sangrientas de la Guerra Civil; nos recuerda un episodio terrible que sucedió en Caspe, localidad que recibía a las tropas africanas del general Yagüe que detruyeron, violaron y asesinaron sin filtro alguno; nos cuenta lo que pasó en el pozo de Caudí que aún está repleto de restos de republicanos fusilados… Pero lo cuenta sin saber qué representó para su padre, sin saber con certeza si estuvo cerca de allí o ni supo lo que estaba ocurriendo unos quilómetros más allá.
Usa el autor un lenguaje de tonos medios y alientos más bien cortos y asequibles para lectores de todo tipo por lo que la lectura es agradable, pero no experimenta ni busca recursos que pudieran profundizar en las emociones. La imágenes más poderosas son las que aportan poemas ajenos.
El libro se deja leer y es entretenido. Nada de gran literatura y mucho de pequeño homenaje a las víctimas de una guerra espantosa. A todas ellas. Y eso es, precisamente, lo mejor del libro.
Calificación: Entretenido. Un leve antídoto contra el olvido.
Tipo de lectura: Fácil; algo plana salvo en el último tercio de la obra.
Tipo de lector: Curiosos que quieran conocer más sobre la Guerra Civil.
¿Dónde puede leerse?: En Teruel, en León, en Castellón… En España.

