oct 7 2012

Cuadros de caza

Artículo escrito por: Augusto Prieto

Leer a Roger Peyrefitte me produce la misma sensación que tenía una amiga mía -hija de un conspicuo alcalde de Figueras- que fumaba cigarrillos Lola: la certeza de tener una fábrica trabajando en exclusiva para mí; porque según avanzo por las páginas dudo que nadie más sea capaz de adentrase en algo tan empastado y tan largo.
Descontado Las amistades particulares, el resto de su obra es catálogo, vademécums en los que la novela es el pretexto para la enumeración. Su prosa es monótona y agotadora. Sus temas favoritos son la diplomacia (Las embajadas), la Iglesia (Las llaves de San Pedro), la depravación (Roy), o la francmasonería (Los hijos de la luz).
Cuadros de Caza es la biografía novelada de Fernand Legros, indefinible personaje, enriquecido por turbios negocios de comercio de pintores impresionistas, postimpresionistas y de la escuela de París -hedonista y epicúreo- que pasó su vida envuelto en interminables procesos legales, arrastrando una corte de muchachos de acá para allá y cultivando inquietantes relaciones políticas. Escandaloso y polémico.
Su vida le permite a Peyrefitte desarrollar sus apabullantes conocimientos adquiridos sobre el mundo de los traficantes de arte –marchantes, galeristas, espertises, coleccionistas, falsarios- y sobre los laberintos jurídicos de los millonarios.
París, Nueva York, Ibiza, Río de Janeiro, Ginebra.
Como siempre, el escritor francés pasea su lengua, bífida y envenenada, por las páginas de papel, haciéndola chasquear como un látigo.
Por supuesto, abre el armario para que salgan todos.
Como suele suceder, la realidad supera cualquier tipo de ficción, el anecdotario deviene mitología, y la trama termina convirtiéndose en un vodevil.
El absurdo como mecanismo lógico.
Cuadros de caza o la vida extraordinaria de Fernand Legros es valioso por su minuciosidad, por la recreación en el detalle, por la crónica de época y la revelación de secretos. Por el rescate del personaje.
Ni que decir tiene –culmina su prólogo Peyrefitte- que todas las personas que nombro en este libro, salvo los muertos, los abogados y los jueces de instrucción, van a jurar que no conocieron nunca a Fernand Legros.
Legros nació en Ismaelía en 1931.
Roger Peyrefitte murió en París en 2000 con noventa y tres años, envuelto en el escándalo, pero confortado por los sacramentos de la Iglesia.

Calificación: Extraordinario.
Tipo de lector: Muy interesado y pertinaz.
Tipo de lectura: Espesa y eterna.
Argumento: Delirante.
Personajes: Insólitos.
¿Dónde puede leerse?: En el café de una de las grandes pinacotecas.
¿Dónde encontrarlo?: Intentarlo en www.iberlibro.com


ago 17 2011

El fin de las embajadas

Artículo escrito por: Augusto Prieto

Ya hemos hablado en éstas páginas -refiriéndonos a su novela Las llaves de san Pedro- de Roger Peyrefitte, escritor y francés; y hemos dicho de él que fue deliciosamente mordaz y malvado. Dejamos por el momento pendiente la recensión de Las embajadas, un libro que precede narrativamente a este, porque tratamos con dos obras autónomas.
Allí, en una Grecia hedonista, Peyrefitte se adentra con nosotros, de la mano de Georges de Sarre, en el ambiente del mundo diplomático que ambos conocen muy bien, puesto que los dos, escritor y personaje, pertenecen a La Carrera; un grupo iniciático y sectario.
Aquí, el marqués de Sarre, vive los momentos convulsos de la guerra, con media Francia ocupada por los nazis, mientras en la otra mitad, el régimen de Vichy intenta contemporizar con el ocupante.
De alguna manera, El fin de las embajadas es un exorcismo y una sátira, pero también una novela en clave y una reivindicación, la de un mundo que desaparece, también la de muchos franceses que intentaron mantenerse a flote como pudieron sin perder la dignidad. Por eso hay cierta complacencia con el gobierno colaboracionista de Petain y es que ya lo preguntó Caín, ¿acaso soy el guardián de mi hermano? ¿acaso podemos erigirnos en jueces desde nuestras cómodas butacas? Si lo vamos a hacer, al menos intentemos entenderlos a todos como hace De Sarre.
El fin de las embajadas, es la crítica de una sociedad hipócrita.
El relato es gélido, como corresponde al tema y al momento, carente de emoción, casi notarial; por eso sus sarcasmos son más hirientes y sus bromas más dañinas. Es una visión diferente de la ocupación durante la que la diplomacia no se detuvo, pero feneció; una visión bastante cínica, pero que percibimos cierta.
A mi Peyrefitte me encanta. No se lo recomiendo a nadie porque no me gusta ser insultado, y comprendo que escribió para una minoría; además sus novelas son difíciles de encontrar, incluso en Francia. Todo en él tiene un aire antiguo: el pulso narrativo, el lenguaje, las explicaciones exhaustivas, las anécdotas en las que debemos de ubicar a determinados personajes de la intrahistoria; pero su composición es tan hermosa, que no está de más que el protagonista nos recuerde las palabras de Mareste, el amigo de Stendhal: el mal gusto conduce al crimen.

Calificación: Excelente.
Tipo de lector: Cínico.
Tipo de lectura: Diáfana.
Argumento: Lineal.
Personajes: Diplomáticos.
¿Dónde puede leerse?: Sentado en la terraza de un café, place de L´Etoile.
¿Dónde encontrarlo?: Puede intentarse en www.iberlibro.com o www.uniliber.es


jun 15 2010

La musa de los muchachos

Artículo escrito por: Augusto Prieto

Los griegos practicaron y convirtieron en una institución la relación amorosa del hombre adulto con el muchacho y de ello queda constancia en los mitos y epopeyas en los que se basa la cultura griega clásica y también en la obra de sus principales filósofos y pensadores, desde Platón a Plutarco. Esta manera amatoria participaba de matices singulares bastante lejanos a nuestro siglo XXI.

En el siglo II, bajo el reinado del emperador Adriano, Estratón de Sardes editó sus composiciones sobre ese sentimiento amoroso y erótico bajo el nombre de Musa de los Muchachos (Μουσα Παιδιχη). Parece que algún recopilador posterior, posiblemente bizantino, añadió a este libro otros poemas, autógrafos o anónimos sobre el mismo asunto, dándole la forma en la que aparece en el libro XII de la Antología Palatina.

Por motivos bastante evidentes, estos poemas han sido durante siglos censurados y prohibidos, sobre todo por la nube de oscurantismo con que el cristianismo cubrió Europa a resultas de los alegatos de San Pablo primero y después de los fanáticos Teodosio y Justiniano. Hasta hoy.

Algunos de los poemas son, a pesar de traducciones, muy hermosos. Son 258 epigramas y están ordenados por temas: el paso fugaz de la adolescencia, la venganza de la edad implacable, el sufrimiento que causa el desdén del amado, el amor interesado. Parece que algunos poemas donde el destinatario es una mujer se incluyeron por errores debidos a la interpretación de los nombres propios.

Es un poemario que nos acerca a una época donde los códigos eran diferentes, época que –casualmente- sentó las bases de lo mejor de la ética, del arte y de la filosofía. Las composiciones que no son de mano de Estratón, lo son de las de algunos de los mejores poetas helenísticos como Calímaco, Asclepíades, Posidipo y Riano e influyó en toda la poesía posterior, especialmente en Cavafis.

No ha existido traducción castellana hasta 1980 y esta, la única, se debe al afán de Luis Antonio de Villena, gran poeta él mismo, brillante ensayista y orador. Roger Peyrefitte, claro, los había puesto anteriormente en lengua francesa.

Me produce curiosas reflexiones no encontrar la entrada de Sardes en el Index, al menos en el de 1948 que consulto. Seguramente se les escapó. Seguramente.

Como poesía, las composiciones no deberían molestar ni perturbar a nadie, antes bien, muchos adolescentes encontrarán en su lectura gran satisfacción.

Calificación: Interesante.

Tipo de lector: Culto.

Tipo de lectura: Sencilla a pesar de alusiones y traducción que están anotadas.

¿Dónde puede leerse?: No se si Grecia estará para leer nada en este momento. Seguramente en las islas sí.

¿Dónde encontrarlo?: Parece agotada la edición y podría encontrarse en www.iberlibro.com