feb 27 2014

Hazlo por mí

Artículo escrito por: Javier Almodóvar

Esa imagen que nos devuelve el espejo no es el yo narrativo: es, quizá, eso otro que reside en todos los ecos que la sangre contiene y que desde ahí grita: Hazlo por mí.
Escuchar esa voz que aspira a todo lo que promete el intento de separar cuerpo y alma es emprender una odisea alrededor de un círculo donde principio y fin dejan de tener sentido en favor de la metamorfosis que se opera en el lenguaje al ir de uno a otro. Ramón Reboiras investiga en este relato la naturaleza de la sustancia constituyente del yo literario, la voz narrativa: ese núcleo que ordena y articula todo cuanto existe desde el mismo centro del círculo hasta el mar que resuena de fondo en la Isla a la que llega el narrador de su relato con la esperanza de comprenderse a sí mismo.
El punto de partida es un narrador-personaje que acude a una clínica psiquiátrica con la esperanza de hallar remedio a sus males. Sin embargo, pronto declara su intención de establecer un doble juego: la obligación terapéutica de recabar un diario y el deseo de escribir un libro acerca de su estado. A lo largo del relato, ese ser narcisista que aparece al inicio y que todo lo enjuicia se va diluyendo en beneficio de una voz en cuyo discurso se incorporan los otros como parte de la experiencia propia: el narrador se funde con el espejo y pasa a ser, él mismo, imagen reflejada de todo lo que acontece a su alrededor. Solo de esta manera se puede comprender eso de que el narrador es un perfecto desconocido para sí mismo. El discurso se mueve desde un yo personificado hacia un yo deslocalizado en un lenguaje que se desencadena, que se genera a sí mismo, en el que cualquier anécdota (la lectura de un periódico,un anuncio) se suma a la creación de sentido a través de imágenes sorprendentes e inesperadas. En este viaje circular el yo no desaparece, solo se transforma, y en última instancia son la palabra y el lenguaje los elementos que acaban por imponerse en nombre de eso que ha venido en llamarse el estilo.
Para poder operar este cambio es necesario, en primera instancia, la suspensión del tiempo, conocimiento que aparece en el relato como una revelación que transforma la experiencia: el lenguaje de la seducción era revolotear alegremente alrededor de la flor sin nunca conquistarla. Solo en este juego sin fin es posible entrelazar pasado y presente con el fin de construir un recipiente en el que confinar todo aquello que presente y pasado por separado no podrían retener. Así, Reboiras nos trae y nos lleva por los entresijos de su memoria, por los recuerdos que han quedado fijados en un limbo personal en el que las sensaciones permanecen vivas, en el que todo sucede al mismo tiempo.
Pero ese yo metafísico que es el yo narrativo necesita de un medio en el que habitar, desarrollarse, del que nutrirse, un lugar al que anclarse. Ese lugar es, necesariamente, el dolor. Un dolor causado por el abandono del mundo-placenta radicado en el punto de partida, en el origen, un abandono que implica la asunción de los estigmas de la nostalgia y la separación. Es así como surge el mal oscuro, la visible oscuridad, y de este mal oscuro nace una exigencia de autenticidad: el requisito de atarse en carne viva al dolor y al sacrificio de seguir vivos y escribir al mismo tiempo sobre la enfermedad.
En palabras del narrador es en ese momento cuando claudican todas las potencias de la insensatez y la Literatura cobra todo su sentido. El dolor, la enfermedad son la condición necesaria para la Literatura, pero esta es, a la vez, elremedio, una vía a través de la cual recuperar el mundo perdido. El consuelo de la palabra que, instituida en Casa mítica, cura y alivia ese dolor.
Este es un libro acerca de las preguntas que subyacen en el ejercicio literario, de los problemas a los que se enfrenta el escritor. La maestría de Reboiras en este magnífico relato consiste en despojarlo de todo lo superfluo hasta dejar solo un material que es capaz de demostrarse a sí mismo, como esos teoremas que no necesitan para explicarse de otra cosa que no sea el propio lenguaje matemático.