mar 26 2011

España Invertebrada

Artículo escrito por: Gabriel Ramírez Lozano

A veces, es impresionante comprobar lo poco que envejece un texto y lo actual que resulta sea lo que sea lo que pase en el mundo. Uno de los textos que sirven como ejemplo de esto que digo es España Invertebrada de José Ortega y Gasset.
¿Quiere usted saber por qué las diferencias entre zonas y pueblos que conviven bajo la misma bandera son insalvables? ¿Desea entender cómo pudo pasar en los Balcanes lo que nos aterró a medio mundo? ¿Un grupo social puede aislarse definitivamente? ¿Qué consecuencias puede acarrear si ese grupo es el ejército?
Publicado a principios de 1.921, este excelente libro se convirtió pronto en un texto de referencia en las universidades, entre los políticos o los filósofos. Hoy en día mantiene intacto el vigor y lo novedoso de sus ideas.
El pensamiento de Ortega y Gasset sobresale con fuerza en todo lo que escribió, pero, tal vez, este sea el texto más asequible al mayor número de personas. Por su claridad y por lo que puede aportar a cualquier lector. Una vez que alguien da la mano a Ortega es muy difícil que no le siga hasta el final.
Agarren el volumen. Sepan hasta donde puede llegar la aristofobia u odio a los mejores; conozcan el particularismo o lo que el autor llama acción directa; cambien las tertulias baratas que nos ofrecen los medios de comunicación y modifiquen su punto de vista. Nunca lo lamentarán.

Calificación: Extraordinario.
Tipo de lector: Universal.
Tipo de lectura: Apasionante y sencilla a pesar de las grandes ideas que contiene el libro.
Engancha desde el principio y no sobra ni una coma.
¿Dónde puede leerse?: A las puertas del parlamento o después de escuchar a algún político (sirve para desintoxicar).
¿Dónde puede comprarse?: En cualquier librería. No dejes que el libro desaparezca para convertirse en un montón de ceros y unos.


feb 10 2011

Viajeros por el conocimiento

Artículo escrito por: Augusto Prieto

En oposición a lo que es –o debería ser- habitual, la exposición de la Residencia de Estudiantes de Madrid, Viajeros por el Conocimiento, parece en este caso el pretexto para la edición de un catálogo de gran interés documental. Porque la base de ambas, muestra y edición, es una serie de conferencias que se dictaron en esa institución en las décadas de los años veinte y treinta del pasado siglo. Unas charlas interesantes que el libro recoge y la exhibición solo consigue evocar por medio de fichas, documentos y fotografías, que se fijan mejor en el catálogo.
Al albur de los itinerarios de grandes visionarios de ese siglo, un comité hispano-británico presidido por el duque de Alba, y una Sociedad de Cursos y Conferencias, pretendieron presentar en nuestro país los descubrimientos que ampliaban el mundo.
Leo Frobenius despertó el interés de Ortega y Gasset con sus investigaciones sobre las culturas primitivas de África, donde vivió diez años y sobre las que recopiló un importante archivo; y  Howard Carter despertó gran expectación con su relato del descubrimiento de la única tumba inviolada del valle egipcio de los Reyes.
Hugo Obermaier dio varias charlas, destacadamente sobre sus estudios de las cuevas de Altamira.
C. G. Bruce habló sobre sus Asaltos al Everest; T. A. Joyce reveló los sorprendentes hallazgos mayas de la Columbia Británica; y Joseph Hackin pronunció dos conferencias ilustradas sobre la misión francesa que excavó en Afganistán. Paul Pelliot ilustró a los asistentes sobre las Cuevas de los Mil Budas, en el Turkestán chino; Charles Leonard Wooley dio parte del desenterramiento de la ciudad bíblica de Ur, y Francisco Iglesias de su expedición científica al Amazonas.
Las conferencias fueron accesibles y divulgativas; leídas hoy, nos acercan la emoción que consiguieron transmitir esos héroes a la sociedad española. Se añade un extenso material documental gobernado sabiamente por Estrella de Diego, que comisaría la exposición y edita el catálogo junto con José García Velasco.
De Diego centra su visión en el hombre frente al acontecimiento; en la transitoriedad del arte y de las civilizaciones.
En el momento en que escribo éstas líneas, los Budas de Bamiyán han sido borrados para siempre de la faz de la tierra por el fanatismo religioso. Las cuevas de Altamira permanecen cerradas por los problemas que suponen las visitas masivas. El yacimiento arqueológico de Ur, en Irak, se selló con tierra y nunca se ha vuelto a reabrir; y el mundo tiembla por los tesoros de los museos de Egipto, mientras se desconoce aún el alcance de los daños provocados por un puñado de vándalos ignorantes entre los objetos del ajuar funerario de Tutankamón. La Amazonia se agota a pasos de gigante y en las cumbres del Himalaya se acumula la basura de las expediciones de aficionados, que han convertido la montaña más alta del mundo en un objeto más de consumo.
Nada se puede decir de las culturas africanas porque han desaparecido a causa de la voracidad del expolio colonial, y la costa de los mayas se ha convertido en un destino barato de sol y playa que opaca la miseria que lo rodea.
¿Habremos hecho mal algo?

Calificación: Muy interesante.
Tipo de lector: Aficionados a la exploración y la arqueología.
Tipo de lectura: Sencilla.
Argumento: Historias de grandes descubrimientos.
Personajes: Intrépidos.
¿Dónde puede leerse?: En el jardín de la Residencia, que es un remanso de paz en medio de la ciudad.
¿Dónde encontrarlo?: En la sede de la Residencia y en librerías especializadas.


feb 8 2011

¿Qué es conocimiento? José Ortega y Gasset

Artículo escrito por: Gabriel Ramírez Lozano

Texto cortesía de Sonia Hirsch ©.

Un mes de noviembre plagado de dudas y mentiras dónde yo andaba cavilando entre la metafísica, la astronomía y el cartesianismo, estudié, de pura necesidad, un viejo curso de filosofía sobre el conocimiento de 1.929. Me tomé las clases con verdadero gusto y entusiasmo y con el único fin de descifrar algunas cuestiones que me parecían realmente vitales en mi existencia, concretamente en aquellos tiempos de fábulas e hipocresías.
Estas fueron las conclusiones sobre mi curso de verdad en esos tiempos de mentira:
Que el acto de conciencia reflectante no es el mismo reflejado, sino siempre otro; que la inquietud es el problema y la quietud plena es la verdad; que toda pregunta equivale a un problema y que toda pregunta-problema nos lleva a un infinito de problemas, a la consciencia de que todo es problemático, de que no existe tierra firme en que apoyarse, y que de este estado de desesperación nace la necesidad de filosofía. Eso es la fe.
Que la realidad que es pero que no es definitiva se llama “apariencia”; que cada cuál sabe tanto cuanto haya dudado; que sólo cuando encontramos una verdad absoluta y plenamente firme dejamos de caer en el vacío de la inseguridad y nos sentimos a salvo. Esto se llama “felicidad intelectual”; que no sabemos quienes somos, pero que nuestra existencia no depende de que nos sepamos, porque para existir no necesitamos percibirnos; que el curioso no está nunca en su propia vida, sino parasitando en las ajenas, y así una veintena de conclusiones más…
Por finales de noviembre, finalizado el curso, yo me despedía de mi profesor en un bonito quiosco de la época una tarde de tempestad. Él llevaba gabardina oscura, mascota y pañuelo de seda al cuello. Fumaba tabaco negro con boquilla y desprendía un olor como a loción de afeitar concentrada y añeja.
Cuando le contaba que mi duda consistía ahora en no encontrar ninguna teoría lo suficientemente firme o verdadera, que me veía practicando un definitivo robinsonismo y que, a pesar de mis profundas semanas de estudio yo seguía preguntándome cómo tiene que ser una cosa para no ser problemática, para ser verdad, él me entregó, en un sobre cerrado, una lista de todas aquellas cosas que pueden ponerse en duda.
Hice un bonito barco de papel con el sobre, dejé la lista en blanco sobre el velador y observé sonriente como su silueta se alejaba bajo el paraguas en la tempestad.
Y es que yo era una infeliz intelectual y él un hombre elegante.