oct 30 2010

Si te comes un limón sin hacer muecas

Artículo escrito por: Daniel Glez. Irala

Sergi Pàmies, alabado por su coetáneo Vila-Matas por considerarlo un cuentista con más mundo del que en principio pudiera parecer contener, no es este autor alguien especialmente minimalista en sus recursos, a pesar de que sus relatos sean cortos. Tiene la habilidad de saber escribir veinte piezas, casi hiperbreves, en torno a un mismo tema, que podría ser la resistencia ante el mal o la indiferencia ante el mismo. Lo único que el lector llega a vaticinar es que, por exceso o defecto, aquí hay un mundo poblado de densas, polimórficas e intensas ficciones, y donde probablemente es menos el tiempo el protagonista que esta idea núcleo citada que incluye tanto la supervivencia de sus criaturas ante un mundo hostil, como la necesidad que las dos adolescentes de la portada tienen de dormir. Piezas que merodean el tema o conatos de energía que vemos hasta en una gota del grifo que sueña con precipitarse al vacío aún a sabiendas de que en el intento quedará espachurrada contra el fregadero.
En La otra vida, un tierno fantasma dedica su desaparición a los seres queridos que tanto le aguantaron, transformando así lo vano de toda una vida en alegoría cuasi-mística sin dramatismos ni heroísmos; es éste un relato cerebral que con semejanzas temáticas a El corazón delator de Poe, obtiene, salvando las distancias, un resultado mucho más sosegado.
Monovolumen y Brindis quizás sean los mejores, de una larga ristra de relatos (todos ellos importantes) y a tener en cuenta. En el primero, el personaje-narrador envidia a un vecino que se muestra simpático, mientras él sólo es cordial, esta cordialidad esconde cierta vergüenza a prodigarse; el caso es que la relación se prolonga y a nuestro menos querido personaje no se le ocurre otra cosa que vacilarle sobre un coche suyo que piensa que es inaccesible al bolsillo del vecino.

Calificación: Muy bueno.
Tipo de lector: No necesariamente familiarizado con el concepto de posmodernidad, pero dispuesto a reconocerse en él.
Tipo de lectura: Amena, aunque densa.
Argumento: Ficciones diversas en torno a cuestiones pequeñas (y por ello, universales) de la vida.
Personajes: Fácilmente identificables.
¿Dónde puede leerse? En cualquier sitio sin ruido y que a la vez permita hacer y deshacer con paz y tranquilidad.


oct 25 2010

La Ouija (3)

Artículo escrito por: Fernando Glez. Nohra

Escribir es darle caza, escribiendo, a una idea siempre fugitiva.

Entrevista a Julio Ramón Ribeyro (*)

Había borrado cinta y estaba sentado en la mejor banca de Lima -en lo alto de una de las escaleras que conducen a la playa- tratando por todos los medios de chuparme una cerveza caliente… Sí, ya sé que son asquerosas, pero supongo que ésa sería la idea, ¿no? Quise fumar, y justo en el momento en que sacaba mi cajetilla alguien se sienta a mi lado y me pide que le invite un cigarrillo. ¿Cigarrillo?, pensé. Le ofrecí uno, lo miré y al instante tuve que aguzar la mirada: la cara afilada, los rasgos angulosos… sin llegar a identificarlo por completo, el tipo me parecía conocido. Él a su vez me miró, al tiempo que ensayaba un gesto de auto-complacencia. “Estoy inferiormente dotado para la lucha por la existencia”, aseguró. Lo miré otra vez, aunque ya no me hacía falta, pues de pronto me sorprendí con que compartía cigarro y banca con el flaco, con el mismísimo Julio Ramón Ribeyro. Como tampoco me pesan demasiado -aunque a veces pareciera que sí-, lo que sigue es resultado de una charla de resaca matizada por el humo del tabaco y la neblina que subía por el acantilado:

F.G. : Flaco, ésta te la tengo que soltar de hachazo. ¿Qué es para ti escribir?

J.J.R. : Escribir, más que transmitir un conocimiento, es acceder a un conocimiento. El acto en sí nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva o caótica. Por ejemplo, muchas cosas las comprendemos sólo cuando las escribimos. Porque escribir es escrutar en nosotros mismos y en el mundo con un instrumento mucho más riguroso que el pensamiento invisible: el pensamiento gráfico, visual, reversible e implacable de los signos alfabéticos. Sin embargo, en términos morales y estéticos, escribir es antes que nada una inmolación consciente y razonada que el escritor -el verdadero- hace de su tiempo, de su salud, de sus intereses materiales, de su vida, en suma, para crear un orden de palabras que lo satisfaga.

Entonces, según tu teoría, ¿cualquier clase de literatura es conocimiento? ¿Incluso las novelas históricas y las de esos vampiritos siempre tan sospechosamente guapos y exitosos y adinerados?

Claro que no. Pero en lo que a mí respecta, a veces pienso que la literatura es sólo una coartada de la que me valgo para librarme del proceso de la vida. Lo que yo llamo mis sacrificios (no ser abogado, ni profesor de la universidad, ni político, ni agregado cultural) son tal vez fracasos simulados, imposibilidades. Mi excusa: soy escritor. Mi relativo éxito en este terreno excusa mis torpezas en los otros. Siempre he huido de toda prueba, de toda confrontación, de toda responsabilidad. Menos de la de escribir.

¿Escribes en el sitio que sea? Me explico: ¿en el baño, en un parque, en todo lugar?

Jamás. Yo necesito mi marco habitual -cigarrillos, vino, un sillón cómodo, a veces música, una ventana a la calle-. De otro modo me es imposible hacerlo. Se diría que las ideas no brotan de mí espontáneamente por una operación subterránea de mi espíritu, sino que son extraídas de mi contorno por un fenómeno de ósmosis. Ahora, biológicamente, escribir me daña: fumo demasiado, bebo, se me entumecen los dedos, me arden los músculos del cuello, y siento todos los síntomas de la tortura. Pero todo esto va acompañado paralelamente de un gozo tan singular que podría hablarse casi de un caso de masoquismo.

Ya que has tocado el tema, y en vista de que te estás fumando todos mis puchos, ¿se puede afirmar que el fumar rige tu vida, que subsistes de acuerdo a los dictámenes muchas veces vejatorios de una especie de tabaco-cracia?

Lo que está claro es que a partir de cierto momento mi historia se confunde con la historia de mis cigarrillos. Con el tiempo el fumar se fue infiltrando en todos los actos de mi vida, al punto que ninguno -salvo el dormir- podía cumplirse sin la intervención del cigarrillo. En este aspecto llegué a extremos maniacos o demoniacos, como el no poder abrir una carta importantísima y dejarla horas de horas sobre mi mesa hasta conseguir los cigarrillos que me permitieran desgarrar el sobre y leerla. Esa carta podía incluso contener el cheque que necesitaba para resolver el problema de mi falta de tabaco. Pero el orden no podía ser invertido. Estaba pues instalado en plena insania.

De lo cual infiero que el imperio del tabaco terminó por volverte loco…

Hermano, la locura no consiste en carecer de razón sino en querer llevar la razón que uno tiene hasta sus últimas consecuencias.

Por el vicio, ¿llegaste a hacer algo que de otro modo te habría sido impensable, e imposible?

Claro que sí. Por decirte, un día no pude ya comprar ni cigarrillos franceses -y en consecuencia leer mis cartas- y tuve que cometer un acto vil: vender mis libros. Eran apenas doscientos o algo así, pero eran los que más quería, aquellos que arrastraba durante años por países, trenes y pensiones y que habían sobrevivido a todos los avatares de mi vida vagabunda.

¿Cómo te sentiste al respecto?

Me tomó un par de días terminar de desprenderme de todos, y cuando finalmente lo había hecho, sentado en mi cama encendí un pitillo y quedé mirando mi estante vacío. Mis libros se habían hecho literalmente humo.

¿Pudiste sacar algo en limpio de esta experiencia?

Sí. Más allá de que por algún tiempo la ambulancia se convirtió en cierta forma en mi medio habitual de locomoción, el fumar posibilitó que escribiera toda mi obra. Y es que, reflexionando, el cigarrillo era para mí un hábito y un rito. Como todo hábito se había agregado a mi naturaleza hasta formar parte de ella, de modo que quitármelo equivalía a una mutilación; y como todo rito estaba sometido a la observación de un protocolo riguroso, sancionado por la ejecución de actos precisos -el de escribir, por ejemplo- y el empleo de objetos de culto irreemplazables.

Sólo por copiarte, y a ver si por suerte o gracia divina se me pega un poco de lo tuyo: ¿qué acostumbras leer, tienes algún autor predilecto?

Yo leo prácticamente todo, quizás porque no puedo aún librarme de una concepción caduca de la cultura: la del hombre universal, aquel que debe saber todo. Como en esta época es imposible saber todo, lo único que logro es no saber nada bien y saber todo mal. En consecuencia, mi cultura no es ni siquiera un bazar sino un baratillo, un mercado de las pulgas. Por lo mismo siento la necesidad de codificar mis conocimientos, que por falta de uso se disuelven en el crepúsculo del olvido. Si supiera todo lo que supe, sabría más de lo que sé.

Ilústrame, maestro: ¿me da la impresión solamente o de verdad estás diciendo que saber mucho no sirve de nada?

Totalmente en silencio, Julio Ramón me clavó una mirada contemplativa y en su cara vi que se dibujaba una media, casi imperceptible sonrisa. Opté por ofrecerle otro cigarro pero mi cajetilla, vacía ya, había dado todo de sí. Él en respuesta desenfundó algo  que se me antojó sería una enorme chimenea: la encendió por uno de sus extremos, le dio una gran pitada y así, al fin, el maestro estuvo listo para escupir:

Lo que digo es que la cultura no es un almacén de autores leídos sino una forma de razonar. La cultura no depende de la acumulación de conocimientos, incluso en varias materias, sino del orden que estos conocimientos guardan en nuestra memoria y de la presencia de estos conocimientos en nuestro comportamiento. Por eso mismo, el componente de una tribu primitiva que posee el mundo en diez nociones básicas es más culto que el especialista en arte sacro bizantino que no sabe freír un par de huevos.

De hecho que en eso has dado en el clavo -por cierto, bien cojinovas esos compadres-, pero no has respondido a mi pregunta…

Mira, en el fondo, me fatiga leer lo que carece de valor literario. Tú piensa nomás: por cada buen escritor, ¡cuántas malas copias tiene que ensayar la naturaleza! Son las malas pruebas del modelo original, la mercancía con fallas que se vende al por mayor. Ahora sí, ¿contento?

Entonces el flaco se puso de pie, hizo un gesto que preferí interpretar como una despedida y caminó con dirección a las escaleras. Conforme se alejaba y bajaba por ellas, su silueta se difuminaba, confundiéndose con la bruma matinal y el humo de esa gigantesca chimenea. Hasta que por fin desapareció y yo me quedé ahí, solo, resaqueado, sin cigarros y sin plata para comprarlos, con la certeza de poseer ya las llaves pero dudando de si algún día encontraría tan siquiera una sola puerta.

* Textos de las respuestas tomados de Prosas apátridas, La palabra del mudo y La tentación del fracaso.


jun 27 2010

Tierra virgen

Artículo escrito por: Gabriel Ramírez Lozano

Alberto Vázquez-Figueroa escribe muy mal. Cuenta historias que deja sin resolver. Siempre. Para mí es un misterio esto de publicar basura y que la compren.
Intenta Vázquez-Figueroa mostrarse accesible desde su lenguaje y lo que consigue es un montón de páginas (qué pena de libros) llenas de garrapatas. A decir verdad, sus novelas, en general, y esta Tierra Virgen en particular, son una enorme y monstruosa garrapata. Esta va de la destrucción de la selva amazónica. Es decir, va de cómo talan árboles sin compasión para publicar novelas como este bodrio. Una tribu, un americano arrepentido por las barbaridades cometidas en la guerra, una enorme mina de cobre, un negocio destructor y conflictos que van apareciendo a medida que la novela avanza. Todo ello contado del mismo modo que lo haría mi madre a una vecina. Muy clarito, pero inservible para la literatura. Por si fuera poco, el final de la novela es de esos que un autor (carente de capacidad de fabulación) se saca de la manga para cerrar el asunto, cobrar el adelanto y comenzar con la siguiente idiotez que se le pasa por la cabeza. Una pena.
Tanto papel desperdiciado para tan poca cosa sí que sensibiliza con la tragedia del amazonas. Gracias Alberto, gracias.

Calificación: Lamentable.

Tipo de Lector: Mejor no intentarlo.

Tipo de lectura: Aburrida. Inservible.

Sobra todo.

¿Dónde puede leerse? Pues no se me ocurre nada. De verdad.

¿Dónde puede comprarse? Pues en cualquier sitio. Pero no se gaste el dinero. En serio.


jun 6 2010

Orlando

Artículo escrito por: Augusto Prieto

Virginia Wolf es una de las mujeres más importantes de la historia de la literatura. En el momento en que los artistas descubrieron el subconsciente e intentaron apresarlo, el mundo cambió. Virginia fue una de ellos y esa investigación, que dio a luz obras asombrosas por la descripción de los sentimientos, le costó a la escritora la angustia, la locura y la muerte.

Orlando es una fábula histórica en la que por vez primera, la literatura -descartados los mitos griegos- nos enfrenta a una persona que no es hombre ni mujer porque es ambas cosas.

A lo largo de una vida que se prolonga más allá de los límites de lo razonable, Orlando analiza su interior cambiante en una parábola conmovedora.

Esa vida eterna se desarrolla paralela a un litigio que dura siglos. Es una crítica a la sociedad de su época. En ese tiempo interminable, Orlando habla sobre el transcurrir de las eras y reflexiona sobre la historia pero por encima de todo es un canto a la emancipación de la mujer y a la libertad individual. Una investigación sobre el género y la identidad sexual.

La narración recorre lujosos marcos históricos: la embajada del Zar de Rusia recibida en Londres sobre el Támesis helado, la corte literaria de la Reina Virgen o Constantinopla sometida el sultanato.

Dicen que Virginia encubrió bajo el nombre de Orlando una biografía novelada de su amiga Vita Sackville-West. Se publicó en 1928. El grupo de Bloomsbury del que la autora formó parte ha pasado a los anales de la literatura por la renovación que impulsó.

A los lectores en castellano, Borges nos hizo la dádiva de una traducción única que conviene buscar.

Orlando es una novela honda y hermosa.

Calificación: Obra maestra indiscutible.

Tipo de lector: Aficionados a la historia y los mundos interiores.

Tipo de lectura: No excesivamente complicada, levemente onírica.

Argumento: Vertiginoso

Personajes: Orlando es dual y excepcional

¿Dónde puede leerse?: En cualquier parte.

¿Dónde encontrarlo?: En tu librería habitual. Tienes el deber de ayudarles a continuar.


may 27 2010

¡No me llames macarroni! ¡Yo soy Bandini, Arturo Bandini!

Artículo escrito por: Fernando Glez. Nohra

Llega un momento en la vida en que se nos acaban las lecturas, los libros que comer. Nuestros escritores predilectos no tienen nada nuevo que ofrecernos, puesto que los pobres hace rato que están ya tres metros bajo tierra. Es entonces que emprendemos una búsqueda desesperada de autores cuyas obras nos atrapen como lo hicieran las de nuestros ilustres finaditos.

Primero nos ponemos a la caza de algún título que llame nuestra atención y nos golpee repetidas veces en la cara. Pero no pasa nada y la búsqueda se nos hace infructuosa e inútil, insulsa. No es que no haya nuevos escritores; los hay, y en cantidades industriales, pero desilusionados descubrimos que cada uno de ellos es peor que el anterior, aunque en un inicio pensáramos que aquello sería difícil, por no decir imposible.

Es cuando recurrimos nuevamente a nuestros muertitos para averiguar cuáles fueron los autores que les movieron el piso y zamaquearon sus cerebros, revolviéndoles las tripas en el trayecto. Así conocí a John Fante, escritor norteamericano nacido en 1909. Hijo de inmigrantes italianos, pasó una infancia de pobreza y prejuicios anti-italianos en la que desarrolló su habilidad como escritor y la necesidad de servirse de ella.

En la tetralogía conformada por las novelas Espera a la primavera, Bandini, Pregúntale al polvo, Sueños de Bunker Hill y Camino de Los Ángeles, protagonizadas por su alter ego Arturo Bandini, Fante narra la historia de su propia vida a través de un personaje que es a veces brillante e impulsivo, joven y maduro, generoso aunque de espíritu ambicioso.

En dichas novelas encontramos a Bandini sumido en su particular miseria, buscando el reconocimiento como escritor. Por momentos Arturo cree que lo es, en otros detesta cada idea o frase que se le viene a la cabeza, pero al mismo tiempo parece tener un destino marcado y se deja llevar por la marea humana que lo envuelve, es decir su familia -en especial su padre- y, por encima de todo, las mujeres. Lo que sucede en Pregúntale al polvo, que comienza con un Bandini de veinte años dispuesto a perder su virginidad a como dé lugar. Este proyecto no se debe a la pura efervescencia hormonal del protagonista sino a que éste considera que experiencias de esa índole serán vitales en su escritura. Sí, Arturo está bloqueado y cree que saliendo de pito volverá a escribir. Por eso pretende experimentar las (des)dichas del amor y sortear de ese modo la temida página en blanco. Es así que también empieza su tormentosa relación con Camila, la bella camarera mexicana que acapara su atención y que es a su vez ingrediente fundamental en el desarrollo de la historia.

Gracias a las fluidez soberbia de la pluma de Fante, los párrafos poseen el don de la medida justa y en ningún momento el discurso eclipsa los significados; más bien se produce lo contrario, pues la exquisitez del lenguaje matiza de tal manera la narración que le aporta textura y elevación.

John Fante vivió de lo que escribía, esto es, guiones para películas de escasa o nula recordación. Nunca llegó a ser un escritor exitoso; tal vez sublimara la frustración escribiendo este puñado de novelas en las que quiso establecer un final alternativo para una vida que, como la suya, había sido consumida por la mediocridad.

El autor no escribió Sueños de Bunker Hill, sino que se la dictó a su mujer, ciego a causa de la diabetes. A pesar de tratarse de su primer trabajo, Camino de Los Ángeles fue publicada póstumamente en 1985.

Calificación: Imprescindibles, las cuatro.

Tipo de lector: Todo el que no quiera leer solamente por leer.

Argumento: El pírrico combate que se da en pos de uno mismo.

Dónde leerlo: Todo sitio es bueno.

Dónde comprarlo: En todos lados, felizmente.


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abr 10 2010

Relatos autobiográficos

Artículo escrito por: Gabriel Ramírez Lozano

Thomas Bernhard es un autor al que no se le puede dar la mano con el fin de seguirle hasta donde quiera llevarte. Si lo haces te puedes encontrar con serios problemas. Deja de gustarte el resto de literatura, te da por mirar con ironía todo lo que te rodea, tiendes a no tomar en serio casi nada, el sentido del humor se afina y no lo comparte nadie contigo, los textos de tono medio o bajo dejan de interesarte, y un aliento corto en las frases te termina pareciendo una baratija literaria. Todo esto estaría muy bien si fuera cierto, pero da la casualidad de que la literatura es Bernhard y lo demás. Peligroso autor, tanto como genial y divertido.

Una forma de acercarse a este autor es leyendo sus Relatos autobiográficos que recogen El Origen, El Sotano, El Aliento, El Frío y Un Niño. Soliloquios que forman una espiral narrativa que envuelve al lector hasta dejarle exhausto, referencias musicales de gran valor, una profundidad en lo narrado que llega a lo más profundo del ser humano y una historia tremenda, insultantemente negra. Un libro que causa heridas en el lector aunque arranque sonrisas y, a veces, carcajadas del que se sabe asomar sin prejuicios.

Calificación: Obra maestra.
Tipo de lector: Exigente con la literatura y consigo mismo.
Tipo de lectura: Envolvente, exigente, difícil.
Engancha desde el principio.
No sobran ni los títulos.
Argumento mucho más amable de lo que pudiera parecer. Muy bien trenzado.
Asombroso lo bien que puede llegar a perfilarse un personaje con una pluma en la mano.
¿Dónde puede leerse?: Es lo de menos. El mundo real desaparece cuando se abre el libro.


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