Cuentos infantiles

La perla del dragón

(China)
Hace muchísimos años, vivía un dragón en la isla de Borneo; tenía su cueva en lo alto del monte Kinabalu.
Aquél era un dragón pacífico y no molestaba a los habitantes de la isla. Tenía una perla de enorme tamaño y todos los días jugaba con ella: lanzaba la perla al aire y luego la recogía con la boca.
Aquella perla era tan hermosa, que muchos habían intentado robarla. Pero el dragón la guardaba con mucho cuidado; por eso, nadie había podido conseguirlo.
El Emperador de la China decidió enviar a su hijo a la isla de Borneo; llamó al joven Príncipe y le dijo:
-Hijo mío, la perla del dragón debe formar parte del tesoro imperial. Estoy seguro de que encontrarás la forma de traérmela.
Después de varias semanas de travesía, el Príncipe llegó a las costas de Borneo.
A lo lejos se recortaba el monte Kinabalu, y en lo alto del monte el dragón jugaba con la perla.
De pronto, el Príncipe comenzó a sonreír porque había trazado un plan. Llamó a sus hombres y les dijo:
-Necesito una linterna redonda de papel y una cometa que pueda sostenerme en el aire.
Los hombres comenzaron a trabajar y pronto hicieron una linterna de papel. Después de siete días de trabajo, hicieron una cometa muy hermosa, que podía resistir el peso de un hombre. Al anochecer, comenzó a soplar el viento. El Príncipe montó en la cometa y se elevó por los aires.
La noche era muy oscura cuando el Príncipe bajó de la cometa en lo alto del monte y se deslizó dentro de la cueva.
El dragón dormía profundamente. Con todo cuidado, el Príncipe se apoderó de la perla, puso en su lugar la linterna de papel y escapó de la cueva. Entonces, montó en la cometa y encendió una luz.
Cuando sus hombres vieron la señal, comenzaron a recoger la cuerda de la cometa. Al cabo de algún tiempo, el Príncipe pisaba la cubierta de su barco.
-¡Levad anclas! -gritó.
El barco, aprovechando un viento suave, se hizo a la mar.
En cuanto salió el sol, el dragón fue a recoger la perla para jugar, como hacía todas las mañanas. Entonces, descubrió que le habían robado su perla. Comenzó a echar humo y fuego por la boca y se lanzó, monte abajo, en persecución de los ladrones.
Recorrió todo el monte, buscó la perla por todas partes, pero no pudo hallarla. Entonces, divisó un junco chino que navegaba rumbo a alta mar. El dragón saltó al agua y nadó velozmente hacia el barco.
-¡Ladrones! ¡Devolvedme mi perla! -gritaba el dragón.
Los marineros estaban muy asustados y lanzaban gritos de miedo.
La voz del Príncipe se elevó por encima de todos los gritos:
-¡Cargad el cañón grande!
Poco después hicieron fuego.
-¡Bruum!
El dragón oyó el estampido del disparo; vio una nube de humo y una bala de cañón que iba hacia él. La bala redonda brillaba con las primeras luces de la mañana y el dragón pensó que le devolvían su perla. Por eso, abrió la boca y se tragó la bala.
Entonces, el dragón se hundió en el mar y nunca más volvió a aparecer. Desde aquel día, la perla del dragón fue la joya más preciada del tesoro imperial de la China.

El Mago de Oz

(Estados Unidos)
Dorita era una niña que vivía en Kansas con sus tíos y su perro Totó. Los dos se divertían de lo lindo en la granja y todos los querían mucho, excepto una vecina a la que no le gustaba nada los perros.
Un día, la niña escuchó que querían atrapar a su perrito y quiso huir. Pero en ese momento se acercaba un tornado y, al salir corriendo, la niña tropezó y se golpeó en la cabeza.
La casa salió volando, y los tíos vieron desaparecer en el cielo a Dorita y su perro.
Viajaron sobre una nube mientras las tejas y las ventanas salían despedidas. Dorita y Totó se abrazaban esperando a que pasara el peligro.
Al aterrizar, unos extraños personajes acudieron a recibirlos y un hada, respondiendo al deseo de Dorita de volver a casa, le aconsejó:
- Lo mejor es que vayáis a visitar al mago de Oz.
- No conozco el camino – replicó.
- Seguid siempre el sendero de baldosas amarillas.
En el camino, se cruzaron con un espantapájaros que quería un cerebro y un hombre de hojalata que deseaba un corazón, y juntos se dirigieron a Oz. Más tarde, de entre la maleza salió un león rugiendo débilmente, pero se asustó con los ladridos de Totó. Quería ser valiente, así que él también decidió acompañarles a ver al mago.
Cuando por fin llegaron, un guardián les abrió el enorme portón. Ellos le explicaron la razón de su visita y entraron en el país de Oz, en busca del mago de Oz, en busca del mago que había de solucionar sus problemas.
Explicaron sus deseos al mago, que les puso una condición: acabar con la bruja más cruel del reino.
Al salir, pasaron por un campo de amapolas y cayeron en un profundo sueño. Los capturaron unos monos voladores, que venían de parte de la bruja.
Cuando Dorita vio a la bruja, sólo se le ocurrió arrojarle a la cara un cubo de agua. Y acertó, pues la bruja empezó a desaparecer hasta que su cuerpo se convirtió en un charco de agua.
Mientras, le contaban al mago cómo todos, excepto Dorita, habían visto cumplidos sus deseos al romperse el hechizo de la bruja, Totó descubrió que el mago no era sino un anciano que se escondía tras su figura.
El hombre llevaba allí muchos años pero ya quería marcharse. Para ello había creado un globo mágico.
Dorita decidió irse con él… Durante la peligrosa travesía en globo, su perro se cayó y Dorita saltó tras él para salvarle. Y en su caída soñó con todos sus amigos y oyó cómo el hada le decía:
- Si quieres volver, piensa: en ningún sitio se está como en casa.
Y así lo hizo. Cuando despertó, oyó gritar a sus tíos y salió corriendo. ¡Todo había sido un sueño! Un sueño que ella nunca olvidaría… ni tampoco sus amigos.
Frank Baum

¿Por qué el cocodrilo tiene la piel áspera y rugosa?

(Zambia)
En algunas aldeas de Namibia cuentan que hace mucho, mucho tiempo, el cocodrilo tenía la piel lisa y dorada como si fuera de oro. Dicen que pasaba todo el día debajo del agua, en las aguas embarradas y que sólo salía de ellas durante la noche, y que la luna se reflejaba en su brillante y lisa piel. Todos los otros animales iban a esas horas a beber agua y se quedaban admirados contemplando la hermosa piel dorada del cocodrilo.
El cocodrilo, orgulloso de la admiración que causaba su piel, empezó a salir del agua durante el día para presumir de su piel. Entonces, los demás animales, no sólo iban por la noche a beber agua por la noche sino que se acercaban tambien cuando brillaba el sol para contemplar la piel dorada del cocodrilo.
Pero sucedió, que el sol brillante, poco a poco fue secando la piel del cocodrilo, cubierta de una capa de reluciente barro, y cada día se iba poniendo más fea. Al ver este cambio en su piel, los otros animales iban perdiendo su admiración. Cada día, el cocodrilo tenía su piel más cuateada hasta que se le quedo como ahora la tiene, cubierta de grandes y duras escamas parduzcas. Finalmente, ante esta transformación, los otros animales no volvieron a beber durante el día y contemplar la antigua hermosa piel dorada del cocodrilo.
El cocodrilo, antes tan orgulloso de su piel dorada, nunca se recuperó de la vergüenza y humillación y desde entonces, cuando otros se le acercan se sumerge rápidamente en el agua, con sólo sus ojos y orificios nasales sobre la superficie del agua.

La sandalia de Nitocris

(Egipto)
En un pequeño pueblo del Bajo Egipto vivía una joven de veinte años cuya belleza se asimilaba a la de una diosa. Su nombre era Nitocris.
Le gustaba ayudar a su padre que trabajaba como escriba de rebaños, contando cabezas de ganado y evitando las discusiones entre los ganaderos. Nitocris sabía leer, escribir y contar, y cuando su padre se jubilara, le sustituiría.
Todos los chicos del pueblo y de los alrededores deseaban casarse con Nitocris, pero ella sólo compartiría su vida con un hombre al que amara con todo el corazón. Los jóvenes seguían insistiendo pero ella los rechazaba tajantemente. Su padre se extrañaba, incluso le proponía casamiento con el apuesto hijo del alcalde, pero ella no podía soportarle.
Sus padres sólo deseaban la felicidad de la hermosa joven:
- Nitocris, solamente tú puedes elegir al hombre al que amarás como esposo.
La tarde estaba soleada y Nitocris salió a darse un baño al canal pensando que a esa hora nadie la molestaría. Se quitó las sandalias, se desvistió y se metió poco a poco en el agua que gozaba de una temperatura deliciosa. Estuvo nadando durante mucho tiempo.
Por allí cerca, los chicos cazaban o jugaban a la pelota. Cuando la joven volvió hacia la orilla, un chico le hizo señas con la mano ofreciéndole su ayuda para salir del agua. Se trataba del hijo del alcalde, que muy orgulloso, armado con un arco y unas flechas, le regalaba una liebre que había cazado.
- No quiero tus regalos. ¡Aléjate de mi! – dijo Nitocris.
- ¡Ni hablar! Deseo hablarte. Sabes que yo seré tu marido – contestó el joven.
- ¡Jamás! ¡Nunca me casaré contigo!

Nitocris se fue en busca de sus sandalias, cuando escuchó el ruido de un aleteo. Un halcón bajó hacia el suelo a gran velocidad cogiendo una de sus sandalias con sus garras, y de nuevo subió al cielo.
Cuando el hijo del alcalde tensó su arco apuntando hacia el halcón, Nitocris gritó:
- ¡No tires! El halcón es el animal sagrado del dios Horus, el protector del faraón. Nadie puede matarlo.
El joven se fue muy avergonzado por su acción.
Un poco más tarde se celebraba el consejo de ministros presidido por el faraón en el jardín del palacio. El rey continuaba soltero y esta situación no debía alargarse más. La Regla exigía que reinara junto a él una gran esposa real, pero ninguna le interesaba.
Estaba pensativo y no prestaba atención al ministro, cuando de repente, el halcón se abalanzó hacia el rey dejando caer algo en sus rodillas. Se trataba de una sandalia, la más bonita que jamás había visto. Rápidamente hizo llamar al jefe de guardia, y se dirigió a él enérgicamente:
- Envíe a sus hombres a todas las ciudades y pueblos y ordene que todas las muchachas se prueben la sandalia. ¡Encuentren a su dueña!

El hijo del alcalde iba hacia la casa de Nitocris, cuando vio a dos guardias cumpliendo el encargo del faraón. No dudó en preguntar qué ocurría, a lo que le respondieron amablemente. Sólo les quedaba visitar la última casa del pueblo que se encontraba al final de la calle. El chico, al reconocer la sandalia de Nitocris, trató de evitar que la encontraran. Pero en ese momento, la muchacha salió de su casa portando un ramo de flores de loto. El guardia, al verla, quedó impresionado por su belleza, y al probarle la sandalia comprobó que era suya.
Nitocris atravesó los inmensos jardines de tamariscos, sicomoros y palmeras, llegando a una enorme sala del palacio. El suelo estaba decorado con azulejos en forma de lotos y en las paredes se representaban preciosas pinturas con escenas de caza. Allí, en su trono, estaba sentado el faraón de Egipto.
La joven se arrodilló ante el faraón como muestra de admiración y respeto. El rey, portando sus insignias reales, la tomó de la mano ayudándola a levantarse. Admirado por su belleza, el faraón le calzó la sandalia que le había hecho llegar el halcón. Nitocris era la esposa elegida por los dioses, y ella se había enamorado del faraón.
- Reinarás en Egipto junto a mi como Gran Esposa Real. Mandaré construir para ti una pirámide que inmortalizará nuestro amor y hará brillar tu nombre para siempre.

La casa de Halvar

(Imagen y texto tomada de la página www.educapeques.com)
(Suecia)
Hace muchos años, en los montes de Suecia, vivió un gigante llamado Halvar. Era un gigante pobre porque era bueno y generoso. Lo poco que tenía, lo regalaba, ya que nada le gustaba más que hacer felices a los demás.
La gente que pasaba por delante de su casa le saludaba y él siempre les ofrecía una de sus grandes sonrisas.
Un día que Halvar estaba sentado tomando el sol, pasó por allí un hombre que llevaba una vaca. El hombre tenía aspecto famélico y triste, y su vaca era un montón de huesos.
- Buenos días señor – dijo el campesino, que iba a la ciudad
- Buenos días, buen hombre- contestó Halvar -. ¿Vas al mercado a vender tu vaca?
- Sí- contestó – Mi esposa y yo vivimos en una granja no muy lejos de aquí. Me llevo la vaca a ver si me pagan por ella, aunque la pobre está tan flaca que no se si me darán algo para poder salir adelante. Necesito harina para hacer pan, porque pasamos mucha hambre.
Cuando el campesino se iba, el gigante le dijo:
- ¡Espere!… Me gustaría hacer un trato con usted. Le cambio su vaca por siete cabras gordas y hermosas.
- No entiendo… Si tú eres tan pobre como yo ¿por qué ibas a hacer eso?
- Bueno… si puedo ayudarte, lo haré. Lleva la vaca a tu establo y cuando amanezca mañana, allí encontrarás lo que te ofrezco.
El hombre así lo hizo. Por la noche casi no pudo dormir. Le parecía imposible que existiera alguien tan generoso en este mundo y pensaba que el gigante le había engañado como a un tonto.
Por la mañana, se acercó al establo con su mujer y la vaca ya no estaba, pero en su lugar, había siete preciosas cabras. Saltaron y lloraron de felicidad y a partir de entonces, su suerte cambió.
Las cabras daban mucha leche para beber y hacer ricos quesos que luego vendían en el mercado. Con el dinero que obtenían, compraban gallinas ponedoras que daban sabrosos huevos, y semillas para plantar cereal para fabricar pan. Como tenían pan de sobra, también lo vendían y con las monedas que ganaban, se compraban ropas y artículos para la casa. Y así, el campesino y su mujer se hicieron ricos y se olvidaron de agradecer al buen gigante todo lo que había hecho por ellos
Pasó el tiempo, y un día, el campesino, pasó por delante de la puerta de Halvar. El gigante le vio y le llamó:
- ¡Eh, amigo!… ¿Me recuerdas? ¿Por qué no entras a mi casa y me cuentas qué tal te ha ido la vida?..
- Me acuerdo de ti – dijo el campesino – pero tengo cosas muy importantes que hacer y no puedo ahora perder el tiempo contigo. Veo que sigues siendo un gigante pobre… Deberías invertir el dinero que te sobra y algún día, podrás ser un hombre rico e importante como yo.
Y se fue. Halvar se quedó triste y pensativo, mirando cómo desaparecía a lo lejos en su lustroso caballo. Pero enseguida sonrió pensando:
- Bueno… este hombre ahora es rico y feliz, y yo he contribuido a ello. No ha sabido agradecerlo, pero yo por eso no voy a cambiar. Siempre que pueda, seguiré ayudando a quien lo necesite.
Así que el gigante siguió feliz en su hogar, haciendo el bien a grandes y pequeños. Su casa era un lugar agradable en donde todo el mundo era bienvenido y durante años muchos niños acudieron allí a jugar. Hoy en día, aunque él ya no vive allí, los niños de los alrededores siguen yendo a la casa de Halvar. Por eso en Suecia todo el mundo la conoce como “la casa de juego de los niños”.

Hércules y sus leones

© Del Texto: M ª Ángela González Caballero
© De las ilustraciones: Ana Holguín Paniagua
(Grecia)
Veamos de qué va la historia:
Trata de cuando Hércules era todavía un niño, antes de que hiciera la mayoría de sus gloriosas hazañas.
HÉRCULES LLEGA A ANDALUCÍA
En unas tierras muy, muy lejanas, vivía un niño llamado Hércules. A Hércules le gustaban mucho los animales, todos eran sus amigos, pero los mejores, a los que él más quería y nunca se separaba de ellos eran dos leoncitos preciosos. Se llamaban “Leoncio” y “ Poponcio”. Los tres amiguitos siempre estaban juntos, hasta dormían en la misma cama.

Una mañana, Hércules se despertó el primero y llamó a sus dos amigos:
-¡ Leoncio, Poponcio, levantaros!. Hoy tengo una sorpresa para ustedes, nos vamos a ir a dar un paseo en barco por el mar.
A nuestros amigos les gustaba mucho viajar en barco por el mar, así que medio dormidos se fueron a lavar la cara y comer un poco antes de emprender el viaje. Se montaron los tres en el barco y remando, remando se fueron muy lejos de la orilla.

Como se habían levantado muy temprano los tres se quedaron dormidos en el barco. Al despertar se dieron cuenta de que ya no veían la orilla, se habían alejado mucho y aunque Hércules era un niño muy valiente y fuerte, tuvo un poco de miedo al verse solo en el mar, se acurrucó junto a los dos leoncitos y así estuvieron hasta que llegaron a una playa que no conocían.

Era una tierra muy bonita con un campo muy grande de color verde que estaba lleno de olivos y viñedos. A nuestro amigo Leoncio, le gustaba mucho el color verde y por eso se fue corriendo por el campo que tenía su color favorito.
¡ Yupy, que campo tan bonito!. ¿ Nos podemos quedar a jugar un ratito?.
Los tres amigos que eran muy curiosos comenzaron a correr por aquellas tierras. No encontraron a nadie y siguieron caminando y caminando buscando una casita donde quedarse.

- ¡Que tierra tan bonita!- Dijo Hércules.
- ¡ Sí, y que campo tan verde!- Dijo Leoncio.
A nuestro amigo Poponcio lo que más le gustó fue el color blanco de la espuma de las olas del mar.

-¡Tengo una idea!- Dijo Hércules. Como a Leoncio le gusta el verde del campo y a Poponcio el blanco de la espuma, nos construiremos unas casitas blancas en el prado verde y así tendremos los dos colores que os gustan.
- Pero no sabemos qué tierra es esta y cómo se llama- Dijo Leoncio.

- Bueno, sabemos que tiene olivos y un campo muy verde, nosotros vamos a construir casas blancas y le pondremos un nombre a todas estas tierras.
Los tres amigos pensaron y pensaron, hasta que se pusieron de acuerdo en llamarla Andalucía. Desde entonces la bandera de Andalucía es blanca y verde como les gustaba a Leoncio y Poponcio y en su escudo está la foto de los leoncitos junto a Hércules, porque fueron ellos los que descubrieron Andalucía.

Los Brownies


© Del Texto: Rebeca Amado
© De la imagen: Raquel Blázquez

(Escocia)
A las afueras de Edimburgo, a orillas de Cramond Island, había una solitaria casa de ladrillo viejo y ventanas blancas con una tetería en la planta baja, que regentaban los señores Macgregor desde hacía tres décadas. El local parecía una sala más de su casa, era tan acogedor y cálido que los visitantes del lago Cramond no podían evitar entrar para reponer fuerzas después de un buen paseo. Nada mejor que una infusión y un dulce para huir del frío escocés. El rincón de la chimenea invitaba a pasar un rato leyendo junto al fuego tomando un buen té, mientras que el rincón junto a la ventana estaba reservado para los románticos que disfrutaban del un buen trozo de tarta casera con la mirada perdida en el lago. Éste era el rincón favorito de Gurf, el viejo duende Brownie que habitaba la casa desde que Betty y su marido abrieron la tetería.
Los tres vivían felices porque Betty, aunque nunca lo había visto, sabía que Gurf estaba allí y, como buena escocesa, conocía todos los cuidados que un duende Brownie requería para que la prosperidad reinase siempre en su hogar. Pero Betty estaba muy mayor y, un buen día , ella y su marido decidieron vender su casa y su negocio para retirarse a descansar.
El duende Gurf ya se había acostumbrado a los dulces de Doña Betty y temía que los nuevos dueños no le mimaran de la misma manera o, peor aún, que no creyeran en los duendes y le ignoraran por completo.
Una tarde, mientras Gurf pasaba el rato mirando por la ventana, llegaron los Macdowell.
Gurf pegó un brinco y corrió a esconderse detrás del tiesto que adornaba el ventanal. Allí agazapado los observó pacientemente, y no le gustó nada de lo que veían sus viejos ojos.
-Tienen perro, y a mi no me gustan los perros- exclamó.
-¡Y dos niños pecosos! Y a mi no me gustan las pecas- siguió refunfuñando.
Protestó y protestó durante toda la tarde, ninguna de las cosas de la familia nueva valían la pena. Y es que Gurf lo que mas odiaba eran los cambios. Le obligaban a enfrentarse a gente y situaciones desconocidas y eso le asustaba.
Tanto refunfuñó, que las cejas se le quedaron pegadas a la nariz.
-¡Sabía que esta familia no me traería nada bueno! – Gritó enfadado al intentar despegarse las cejas.
-Comenzaré a hacer travesuras sin parar hasta lograr que se vayan de aquí- decidió enfadado.
El enfado de Gurf solo trajo mala suerte a la nueva familia quienes, sin saber de su existencia, habían comenzado a trabajar en la reapertura de la tetería. Día tras día topaban con alguna de las travesuras de nuestro protagonista. Un día desaparecía la levadura imprescindible para hacer las tartas, y ese día no había dulces para los clientes. Otro día alborotaba al perro de la familia para que ahuyentara la clientela o echaba vinagre en la tetera. Al final Gurf consiguió que la nueva familia comenzase a desilusionarse, pero Doña Betty llegó de visita justo a tiempo.
-La mala suerte nos ha acompañado desde que llegamos, y este lugar no es tan acogedor como antes- le explicó la Señora Macdowell a Doña Betty.
- ¿Os habéis presentado al duende“Brownie” de la casa?- Preguntó Doña Betty.
-El único Brownie que hay aquí es el pastel que hace mi madre cada mañana- contestó enfurecido el pequeño de la familia.
Doña Betty comenzó entonces a contarles la historia de los Brownies:
“Los Brownies son los duendes escoceses de la prosperidad. Seres mágicos que habitan en otro plano de la realidad, y según cuenta la leyenda habitan en dimensiones a las que solamente algunas personas pueden acceder. No les gusta vivir en soledad, y por eso siempre buscan el calor de una familia. Si se encariñan de una casa pueden residir allí mucho tiempo e, incluso, quedarse en caso de que el dueño se mude.
Antiguamente se creía que por las noches salían a los campos a cosechar, trillar, segar, y que gracias a su carácter bonachón y su sentido de la responsabilidad se hacían indispensables. Los más viejos cuentan incluso que los Brownies cantaban dulces canciones en los oídos de las vacas mientras las ordeñaban, y de esta manera, conseguían una leche cremosa y espesa. En definitiva, si el Brownie de la casa estaba contento la felicidad reinaba siempre. A cambio, solo pedían un cuenco de nata o de leche y una torta untada con miel en el umbral de las puertas o ventanas.
Un brownie se ofende si le ofrecen más de lo que necesita y entonces se marcha de ese hogar y con él se lleva la buena suerte. Tienen un carácter muy caprichoso, y en algunas ocasiones, si están extremadamente enfadados, se convierten en una pesadilla”.
-Si todo eso es cierto, nuestro Brownie debe de estar muy furioso- dijo el pequeño.
-¿Qué podemos hacer para que se sienta otra vez en su hogar Betty?- preguntó la señora Macdowell
-Debes preparar una tarta con miel en lugar de azúcar y agregar nueces o almendras. Al sacarla del horno dejas que se enfríe un poco y cortas una porción generosa, la colocas en un plato de barro cocido blanco y la acompañas de una taza de leche, y una maceta con una planta bonita. ¡Ah! y no olvides poner una servilleta como mantel. Cuando tengas todo preparado la familia al completo deberéis decir: “Nosotros los Macdowell invocamos al Brownie que vive en la cocina de esta casa y le damos la bienvenida a nuestro hogar-
Tras estos valiosos consejos Doña Betty se fue.
Al día siguiente la familia siguió todos los pasos que Betty les había explicado, y Gurf no pudo resistirse a tan calurosa bienvenida. Además, los niños habían traído más risas y juegos a la casa y eso le encantaba, aunque no tanto como la tarta de almendras.
A partir de entonces la armonía y la prosperidad volvieron a la pequeña tetería de Cramond Island.

El pájaro mágico

(Cuento Persa)
Había una vez un viejo que recogía hojas y hierbas, que tenía una bella y joven esposa y dos hijos llamados Ahmad y Mahmad. Un día, estaba el viejo en lo alto de la montaña, cuando un pájaro mágico puso un huevo sobre su montón de hierbas. Llevó el huevo a su hogar, y su esposa, notando que había algo extraño en él, lo vendió a un mercader, por doscientas piezas de oro.
El viejo se sintió sumamente satisfecho cuando se enteró de lo que su esposa había recibido, y le dijo:
—Ten cuidado de no decirle a nadie dónde conseguimos el huevo, pues es un regalo especial para nosotros.
Al día siguiente, el pájaro mágico puso otro huevo sobre el montón de zarzas que había juntado el viejo; y cuando su esposa lo llevó al mercado y volvió a recibir por él otras doscientas piezas de oro, el mercader que lo compró decidió consultar a una bruja.
—Estás a punto de hacerte rico —le dijo la vieja hechicera—. Todo lo que tienes que hacer es apoderarte del pájaro mágico que puso estos huevos, y matarlo. El que conserve en su poder la cabeza del pájaro mágico, será el soberano absoluto de un país; y el dueño de las garras, encontrará todas las mañanas, bajo su almohada, cien piezas de oro.
Urdieron entonces un plan el mercader y la bruja: ésta daría un filtro a la esposa del viejo recogedor de hierbas para que se enamorara tan perdidamente de Malik, el mercader, que estuviese dispuesta a hacer cualquier cosa por conseguir su amor.
No pasó mucho tiempo antes que la mujer, instigada por las esperanzas que le daba la bruja, convenciera a su esposo para que matara al pájaro que tan generosamente les regalaba sus huevos, y lo trajera a su hogar. Cuando por fin lo tuvo en sus manos, preguntó a su consejera qué debería hacer con él.
—Prepara una sopa —recomendó la bruja—. Asegúrate de poner la cabeza y las garras. Mientras tú la preparas, yo iré por el mercader. En cuanto él haya tornado la sopa, te amará diez veces más de lo que tú lo amas y huirá contigo.
La estúpida mujer siguió los consejos de la bruja, pero como el mercader tardaba en llegar, dejó la sopa en el fuego y salió a esperarlo.
Mientras esperaba, llegaron de la escuela sus hijos
Ahmad y Mahmad, olieron el sabroso guiso y se sirvieron abundantes raciones. Al terminar, Alienad cogió la cabeza del pájaro mágico para guardarla como amuleto y Mahmad se quedó con las garras.
Poco después entraba la mujer del viejo, acompañada del mercader. Al servirse, vio Malik que la cabeza y las garras del pájaro habían desaparecido, y exclamó:
—;Poco amor debes de sentir por mí, puesto que sólo me das las sobras de tu comida! Alguien se ha servido de la olla, dejando muy poco…
—No ha sido mi culpa —se defendió ella—. Mis hijos deben haber regresado de la escuela, y seguramente fueron ellos los que se comieron la sopa. Espera un poco y prepararé otra, para ti solo.
— ¡No tiene caso! —Explotó el mercader—. Lo que yo quería era la cabeza y las garras del pájaro mágico que habías guisado. Tus hijos deben de haberlas cogido para usarlas como amuletos. Si realmente me amas, hazlos venir; yo les daré una hierba para que duerman. Mientras estén dormidos, les quitaremos sus amuletos.
—Se hará como deseas —contestó la mujer—. Siéntate, ellos vendrán dentro de un instante y les daremos la hierba para que duerman.
Pero sucedió que Ahmad y Mahmad habían escuchado todo, escondidos detrás de la puerta; y temiendo por sus vidas, huyeron a las montañas.
Cuando el mercader comprendió que se le había escapado la oportunidad de apoderarse de la cabeza y las garras del pájaro mágico, insultó a la esposa del recogedor de hierba y le dijo que nunca la había amado, que todo había sido una comedia, con el único objeto de conseguir el pájaro mágico.
Echóse la mujer a llorar, y lloró tanto, que acabó por quedarse ciega. El recogedor de hierba, desesperado por la pérdida de sus hijos y por la vergüenza que había caído sobre su mujer, lloró también, y también se quedó ciego de tanto llorar.
Los mancebos, sin embargo, no se habían perdido. Viajaron juntos durante muchos días; cada mañana, Mahmad encontraba cien piezas de oro bajo su almohada. Y un día, llegaron a una bifurcación en el camino, en donde destacaba una gran piedra con una inscripción. Se acercaron, y leyeron en ella que si dos viajeros seguían juntos por uno de los caminos, morirían. Pensando que lo mejor era separarse, se despidieron tristemente; y se alejaron, uno por el primer sendero, y el otro por el segundo.
Caminó Mahmad durante muchos días, y llegó por fin a un magnífico castillo, en las afueras del cual encontró a varios jóvenes que lloraban desconsolados.
— ¿Por qué lloráis? —preguntó Mahmad.
—Somos hijos de ricos mercaderes —le contestaron—, y tratamos de conseguir el amor de la dama del castillo, pero fracasamos. Como ella permite que cualquier hombre pase una noche en el castillo, mediante el pago de cien piezas de oro, hemos gastado nuestras fortunas, sin lograr nada, y no nos atrevemos a regresar a nuestros hogares y contar la triste historia.
“¡Este es precisamente el lugar indicado para mí!”, pensó Mahmad, al oír las explicaciones de los jóvenes, y decididamente llamó a la puerta del castillo.
—Tengo cien piezas de oro —dijo, en cuanto le abrieron—. ¿Puedo entrar y pasar aquí la noche?
—Claro que sí —fue la contestación.
Lo atendió regiamente una de las jóvenes esclavas de la dama, quien, al amanecer, le dijo:
—Ya es hora de que te vayas.
—Todavía no —contestó el mancebo—. Me quedaré otra noche.
Y sacando de debajo de su almohada otras cien piezas de oro, las entregó a la esclava.
Fuese ésta corriendo a informar a la dueña del castillo, quien exclamó:
— ¡Ah! Este hombre debe tener en su poder las garras del pájaro mágico.
Y aquella noche, lo atendió ella misma; pero le dio a beber vino mezclado con polvos mágicos, y en cuanto se durmió, le quitó el amuleto y se lo colgó alrededor del cuello. A la mañana siguiente, ordenó que lo echaran del castillo y lo llevaran hasta las montañas.
Mahmad caminó sin rumbo, durante muchos días, hasta que llegó a un enorme desierto, en el centro del cual encontró a tres hombres que discutían y peleaban.
— ¿Quiénes sois y por qué peleáis? —les preguntó.
—Somos los hijos de Malik, el mercader de Bidabad —contestaron—. Nuestro padre murió y hemos gastado toda su fortuna, y vendido cuanto tenía, excepto estos tres objetos mágicos, que consideraba como su más preciado tesoro. Y discutíamos porque no podemos decidir con cuál se ha de quedar cada uno de nosotros.
Cuando Mahmad comprendió que eran los hijos del hombre que había engañado a su madre, y por cuya causa él y Ahmad huyeran de su hogar, les dijo:
Yo lo decidiré, pues soy un famoso juez. Decidme cuáles son los objetos.
—En esta bolsa —explicó el hermano mayor—, se encontrará cualquier cosa que se desee. Esta alfombra, al ordenarle “Por Sulcman-ben-Daoud, llévame a tal parte”, obedecerá inmediatamente. Y la pintura que hay en este frasco, aplicada en los párpados, tornará invisible al que la use. Decide ahora, sabio juez, cuál de nosotros deberá conservar cada uno de estos objetos.
—No será difícil —sentenció Mahmad—. Con mi arco, dispararé una flecha a través del desierto; aquel que la recoja y me la traiga primero, se quedará con los tres objetos.
Parecióles bien a los jóvenes, que salieron corriendo como gamos tras la flecha, en cuanto la disparó Mahmad. Este, mientras corrían, recogió la bolsa y el frasco, se acomodó sobre la alfombra y ordenó:
—Por Suleman-ben-Daoud, te conmino a que me lleves al castillo de la dama.
Cuando llegó a su destino, escondió cuidadosamente sus tesoros, y unos momentos después, llamaba a la puerta del castillo.
—Así que has regresado —le dijo la dama, cuando lo llevaron a su presencia.
—He vuelto, pues traigo un tesoro —contestó Mahmad—. Si vienes conmigo hasta el ‘pie de la montaña, te lo enseñaré.
Esto picó la curiosidad de la dama, y aceptó. Tan pronto como se acomodaron sobre la alfombra mágica, dijo el joven:
—Por Suleman-ben-Daoud, te ordeno que nos lleves al árbol maravilloso en la mitad del océano.
Después de varios días de viaje, llegaron a la pequeña isla del árbol maravilloso, aislada del mundo entero.
Se casaron en la ínsula, y no carecieron de nada, pues bastaba que formularan un deseo, para que la bolsa mágica lo convirtiera en realidad.
—Ahora que soy tu esposa —dijo la dama al cabo de unos cuantos días—, confíame el secreto de tus tesoros mágicos.
Olvidóse Mahmad de su experiencia anterior, y, actuando como un tonto, reveló su secreto.
“Lo dejaré aquí hasta que muera”, pensó la dama, en cuanto Mahmad habló.
Y cuando se distrajo el joven unos momentos, subió a la alfombra mágica, sosteniendo en sus manos la bolsa y el frasco, y ordenó:
—Por Suleman-ben-Daoud, te conmino a que me lleves a mi castillo.
Mahmad sólo tuvo tiempo de mirar hacia arriba v contemplar a la dama volando sobre su alfombra. Hundió la cabeza entre las manos, llorando y lamentándose.
— ¿Por qué hablé? Ahora no podré alejarme nunca de esta isla, y pronto moriré de hambre, pues no hay nada qué comer.
Llorando se quedó dormido, y despertó al escuchar a dos pichones que hablaban sobre el árbol maravilloso. —Didu, didu —dijo el primero.
—Hermana, hermana —contestó el segundo. —¿Sabes quién es este hombre?
—No.
—Es Mahmad. ¿Y sabes lo que debería de hacer? —No.
—Si despertara y escuchara, se lo diría.
—¡Hermana, estoy despierto! —Exclamó Mahmad—. ¡Por Alá, dime qué es lo que debo hacer!
—Coge un poco de la corteza del árbol maravilloso —explicó el pichón—, y amárrala bajo tus pies; podrás caminar sobre el mar, como si caminaras sobre la tierra. Coge también una ramita del árbol, y cuando golpees a cualquier persona con ella, y digas al mismo tiempo “¡Toma!”, se convertirá en un borrico; pero si lo golpeas de nuevo, diciendo “¡Adán!”, volverá a convertirse en hombre. Por último, coge algunas hojas; si frotas con ellas los párpados de un hombre ciego, recobrará la vista.
Saltó Mahmad entusiasmado y los pichones se alejaron volando. Pero uno de ellos gritó:
— ¡Hombre de poca paciencia! Si me hubieras dado más tiempo, te hubiera hablado de una maravilla mayor aún que las que ya te confié.
Raspó Mahmad la corteza del árbol y amarró los pedazos alrededor de sus pies; cortó en seguida una rama y, sosteniéndola con una mano, con la otra metió en sus bolsillos un buen puñado de hojas. Se dirigió después hacia el agua, y comenzó a caminar sobre ella con la misma facilidad con que lo hacía sobre tierra firme.
Avanzó con toda rapidez y no se detuvo hasta que llegó al castillo de la dama.
— ¿Cómo pudiste llegar hasta aquí, si estabas al otro lado del mar? —preguntó la joven al verlo.
Llamó a sus sirvientes y les ordenó:
—No dejéis que este mentecato entre en mi castillo. Perseguidlo hasta que no le queden deseos de volver.
— ¿Mentecato? —gritó Mahmad, indignado—. ¡He venido a darte una lección a ti, más que mentecata!
Llegaron los criados dispuestos a echarlo fuera, pero los golpeó con la rama del árbol maravilloso y quedaron convertidos en borricos. Pudo entonces entrar en el castillo, y cuando estuvo frente a la dama, la tocó también con la varita, exclamando “¡Toma!” y quedó igualmente convertida en un asno.
Colocó en seguida unas grandes canastas sobre su lomo y la tuvo acarreando tierra hasta que llegó la noche, y entonces la llevó al establo, dándole únicamente la paja despedazada que había quedado esparcida por el suelo.
—Veamos ahora cómo, una mujer que ha pasado su vida entre halagos y mimos, disfruta comiendo lo que otros animales han dejado —le dijo.
El pollino agachó la cabeza por toda contestación, mientras grandes lágrimas rodaban por su cara.
—No levantaré el hechizo, hasta que me digas en dónde has escondido las garras del pájaro mágico, que eran mi amuleto —añadió Mahmad—, y me devuelvas mi alfombra mágica, mi bolsa y mi frasco.
Pero el borrico seguía con la cabeza agachada, sin responder, pues, desgraciadamente, no sabía hablar.
Por fin, descubrió Mahmad el amuleto, colgando de su cuello; lo cogió, y golpeando al borrico con su varita, exclamó “¡Adán!”, recobrando aquél su forma de mujer, tan hermosa como siempre.
Pidióle perdón por todo lo que había hecho y prometió que nunca volvería a engañarlo; la perdonó Mahmad y se instalaron en el castillo, viviendo muy felices.
Al poco tiempo, les llegó un mensaje de Ahmad, el hermano de Mahmad, cuya fortuna había sido mayor, pues lo habían elegido soberano de un país vecino.
Mahmad y su dama salieron inmediatamente a visitarlo, y el rey Ahmad los recibió con lágrimas de felicidad en los ojos.
Mandó el rey por sus padres, y los trajeron, ciegos y arruinados, después ele tantos años de sufrimientos. El rey Ahmad preguntó:
—Madre, ¿qué mal te hicimos para que desearas nuestra muerte? Merecerías seguir estando ciega y sufriendo; pero, como no podemos olvidar que eres nuestra madre, trataremos de aliviar tus penas.
Frotó Mahmad con las hojas del árbol maravilloso los párpados de sus padres, e inmediatamente recuperaron ambos la vista.
Se besaron y perdonaron, y todos fueron muy felices hasta el fin de sus días.

El caballero Rolando

(Cuento Escocés)
Había una vez un rey, en las tierras del norte, que tenía tres hijos y una hija. Jugaban un día a la pelota los tres príncipes, con su hermana, la hermosa princesa Elena, cuando el menor de ellos, el caballero Rolando, arrojó la pelota con tal fuerza, que desapareció por encima de la cúpula de la iglesia. Salió la princesa Elena en busca de la pelota y… nunca volvió. La buscaron, durante mucho tiempo, por todo el país, al norte y al sur, al oriente y al poniente, pero no encontraron rastro alguno de la hermosa joven; y el reino entero lloró su desaparición.
Desesperado, el mayor de los hermanos acudió a un famoso mago, pues nadie tenía ni la más remota idea sobre el lugar donde pudiera hallarse la princesa.
—Las hadas han robado a tu hermana —informó el mago—. Ahora está en la sombría torre del rey del país de los duendes y ni el más valiente caballero de la cristiandad se atrevería a ir en su busca.
El príncipe, sin embargo, declaró que por peligrosa que fuera la aventura, iría a rescatar a su hermana. El mago le indicó el camino que debería seguir y lo que debería hacer para tener éxito en su empresa.
Montó el doncel en su caballo y se alejó, lleno de esperanzas; pero nunca volvió a la corte de su padre. Salió entonces el segundo príncipe en busca de la princesa; pero tampoco se volvió a saber nada de él.
Quedaba el más joven de los hermanos, el caballero Rolando; y aun cuando la reina le suplicó, con lágrimas en los ojos, que no se alejara hasta que sus hermanos hubieran regresado, nada pudo detener al mozo. Lo bendijo, entonces, y su padre, el rey, le dio la espada mágica que nunca golpeaba en vano; el joven Rolando se fue en seguida en busca del mago que conocía el camino del país de los duendes.
—Debes recordar dos cosas —dijo el mago, después de darle sus instrucciones—. No deberás probar un solo bocado, ni beber una gota de agua o vino, mientras estés en la tierra de las hadas. Y recuerda también que aun cuando los habitantes del país de los duendes contestaran a tus preguntas con la verdad, todos, por inocentes y sinceros que parezcan, son en realidad duendes malvados, aun cuando tomen otras formas por arte de magia; por lo tanto, cuando hayas encontrado tu camino, saca tu espada y corta cuanta cabeza se te atraviese, sin misericordia; pues no habrá misericordia a ti, ni para tus hermanos, ni para la dulce princesa Elena.
El caballero Rolando dio las gracias al mago, prometiendo hacer cuanto le había aconsejado; y atravesando las montañas, y vadeando obscuros ríos que parecían arrastrar sangre, llegó a la tenebrosa tierra de las hadas, donde nunca brillaba el sol.
A poco de internarse en ella, cruzó una pradera, en cual estaban pastando los caballos del rey del país los duendes.
— ¿Hacia dónde te diriges, noble príncipe? —preguntó el caballerizo del rey.
—Busco la torre donde vive el rey del país de los duendes —contestó el joven Rolando.
—Sigue por esta vereda —le aconsejó el caballerizo—, hasta que llegues a la verde colina sobre la que se levanta la torre. No puedo decirte, sin embargo, cómo entrar en la torre.
—Gracias, duende, por tus palabras —dijo entonces Rolando—. Pero el mago me advirtió que te diera esta recompensa
Desenvainó su espada y cortó la cabeza del caballero_ Inmediatamente desapareció el cadáver y un pequeño duendecillo negro corrió chillando y se metió entre los matorrales
Siguió el caballero Rolando su camino y pronto llegó .a otra pradera, donde pastaba el ganado del rey del país de los duendes.
—Hacia dónde te diriges, noble príncipe? —preguntó el pastor que Cuidaba del ganado.
—Busco la torre del rey de los duendes —contestó el mancebo.
—Sigue este sendero —dijo el hombre—, hasta que llegues a la verde colina sobre la que se levanta la torre. No puedo decirte, sin embargo, cómo has de hacer para entrar en ella.
—Gracias, duende, por tus palabras —agradeció el caballero—. Y aquí tienes la recompensa que me aconsejó el mago que te diera…
Sacó nuevamente su espada y cortó la cabeza del pastor. Desapareció en el acto y otro negro duendecillo se internó, chillando, en la espesura.
Volvió a repetirse la misma escena cuando el caballero Rolando encontró las cabras del rey del país de los duendes, los puercos, y las ovejas.
Y llegó, por fin, a la torre que se levantaba sobre la verde colina. Pero no encontró un sendero por el que subir. ni vio puertas o ventanas en los macizos muros de la torre.
Daba vueltas y más vueltas en torno de la colina, mientras reflexionaba sobre la manera de entrar en la torre, cuando se le acercó la mujer que cuidaba los gallineros del rey , y le preguntó:
—Qué es lo que buscas, noble príncipe?
—Busco la forma de entrar en la torre —contestó Rolando—, pues deseo hablar con el rey del país de los duendes.
—Debes dar tres vueltas alrededor de la colina, en dirección contraria a la carrera del sol —informó la mujer—, y cada vez tendrás que decir: “Ábrete, colina verde, y déjame pasar.” La tercera vez que lo digas, se abrirá una puerta y podrás entrar.
—Gracias, duende, por tus palabras —dijo el caballero—. Y aquí tienes la recompensa que me aconsejó el mago que te diera..
Desenvainó su espada una vez más y cortó la cabeza de la mujer. El cuerpo desapareció inmediatamente y otro duendecillo se alejó gritando y se perdió en la maleza.
Rolando siguió las instrucciones de la mujer, dio tres vueltas alrededor de la colina, en dirección contraria a la carrera del sol, y cada vez exclamaba: “Ábrete, colina verde, y déjame pasar.” A la tercera vez, se abrió una puerta en la falda de la colina y el caballero entró por ella.
Tan pronto como estuvo dentro, se cerró la puerta por sí sola, y se encontró nuestro amigo recorriendo un pasadizo tenuemente iluminado por cristales v piedras preciosas incrustados en la roca. Siguió avanzando hasta que se halló ante una gran puerta de dos hojas resplandecientes, una de las cuales estaba ligeramente entornada.
Empujó el doncel las puertas y penetró en un enorme salón, tan grande casi como la misma colina. Era el salón más hermoso que había contemplado en su vida y, sin duda alguna, el mayor y más espléndido de todo el país de las hadas. Las columnas eran de oro y plata, y en el centro de los arcos brillaban hermosos diamantes. Del centro del techo colgaba una cadena sosteniendo una enorme lámpara hecha de una gigantesca perla. La perla había sido vaciada y contenía un carbón mágico, de tal manera brillante, que iluminaba el salón entero.
En el extremo del mismo, recostada en un espléndido sofá, contempló Rolando a su hermana, la princesa Elena, peinando su dorada cabellera con un hermoso peine de plata.
— ¡Ah! —Gritó la doncella al ver a su hermano— ¿Por qué no te quedaste en nuestro país, querido hermano? Si tuvieras cien, mil vidas, el rey de estas tierras te las quitaría todas. Si te encuentra, te matará… Y no puedes esconderte, pues sabrá que estás dentro de la colina verde…
Pero el caballero Rolando no se arredró.
—Princesa Elena, amada hermana —dijo a la damisela, acercándose a ella—. He venido hasta aquí para llevarte a nuestro país, donde nuestros padres lloran aún tu ausencia. Y también debo encontrar a mis hermanos y llevarlos con nosotros. He arrostrado innumerables peligros en el camino y no descansaré hasta haber probado el valor de la espada que el rey, nuestro padre me entregó, para vencer el poder de los duendes. Y ahora que he llegado, puedes estar segura de que no pienso volverme atrás.
Sentose Rolando junto a su hermana y le refirió todas las peripecias de su viaje.
Y ahora —dijo al llegar al final de su historia—, lo que necesito, antes de enfrentarme con el rey de los duendes, es comer y beber algo, pues me siento desfallecer.. .
La princesa se levantó y suspiró. Pero, como estaba bajo un hechizo, no podía prevenir a su hermano del riesgo que corría al comer o beber cualquier cosa. Tristemente se alejó del salón y regresó a los pocos minutos con un tazón de oro que contenía leche y pan. . El caballero tomó el tazón y lo llevaba a sus labios, cuando de pronto, recordó la advertencia del mago. Arrojó el tazón al suelo y exclamó:
-Princesa Elena, no beberé ni comeré nada hasta te haya libertado!
Mientras pronunciaba estas palabras, se abrieron las puertas del salón con terrible estruendo, y apareció el rey del país de los duendes dando grandes zancadas y gritando:
:Huelo sangre de cristiano, y juro que aplastaré su cabeza con mi espada!
– Empieza ya, malvado duende de la obscuridad! Gritó el caballero Rolando, desenvainando su mágica espada.
Imposible describir con palabras el terrible duelo que tuvo lugar entre los dos campeones. Pero, por fin, el rey de los duendes cayó al suelo, y Rolando le ordenó con firme voz, mientras le amenazaba con la espada desnuda:
-Entrégame ahora mismo a mi hermana la princesa Elena y a mis dos hermanos mayores, libres en absoluto de tus hechizos, o dejaré caer mi espada y cortaré tu cabeza.
-Lo haré con gusto —contestó el rey de los duendes. pues has logrado escapar a todas mis acechanzas y me has vencido en buena lid. Proclamo, además, que hay príncipe más valiente en toda la tierra, que el caballero Rolando.
Condujo a los jóvenes a la sombría torre en donde dos príncipes dormían un sueño encantado. Y una vez allí, sacó un frasquito y derramó sobre ellos y sobre la princesa Elena tres gotas de un líquido mágico, que brilló con un hermoso color encarnado, desvaneciéndose inmediatamente.
Los príncipes despertaron de su sueño y abrazaron a su hermano el caballero Rolando, felices de ver, sana y salva, a la princesa Elena, hermosa como siempre Cuando miraron a su alrededor, el rey del país de los duendes había desaparecido. Pero Rolando los condujo a través del gran salón y del pasadizo, hasta salir de la sombría torre.
Al llegar a la puerta, el caballero Rolando gritó tres veces:
— ¡Ábrete, colina verde, y déjanos salir!
Se abrió la puerta, dándoles paso, y abandonaron la tenebrosa tierra de las hadas, dirigiéndose a su añorado país.
Viajaron hasta la ciudad donde su padre, el rey, tenía su castillo. El rey y la reina salieron al camino a darles la bienvenida, y las campanas tocaron a rebato, anunciando la buena nueva: ¡El caballero Rolando había regresado, sano y salvo, trayendo consigo a sus dos hermanos y a la hermosa princesa Elena!

El ladrón del tesoro


(Cuento egipcio)
Había una vez un rey, en Khem, que amontonaba oro, piedras y objetos preciosos, hasta llegó a tener un tesoro mayor que el de cualquier soberano en el mundo. Pero conforme aumentaba su tesoro, aumentaban también sus temores, pues recelaba que vinieran los ladrones durante la noche, y le robaran sus objetos preciosos.
Así que llamó al arquitecto mayor y le ordenó:
—Quiero que construyas una casa para mi tesoro deberá ser de cantera; el piso, de roca sólida; las paredes tan anchas que no haya hombre capaz de abrir un agujero en ellas; y el techo, de piedra, en forma de pirámide, para que sea inexpugnable.
El arquitecto mayor se inclinó ante el rey y exclamó: —Oh, vida y fuerza de tu pueblo, poderoso monarca, se hará como lo mandas!
Y salió a cumplir las órdenes que había recibido. Puso a todos sus canteros a sacar y cortar piedra día y noche; a acarrearla y colocarla; a alinear los anchos muros, hasta construir encima, finalmente, una pirámide. La gran cámara del tesoro quedó en el centro. A su entrada, colocó puertas corredizas de piedra, y otras de hierro y bronce; y cuando las inmensas riquezas del rey fueron colocadas en la cámara, las puertas fueron cerradas con llave, y selladas con el gran sello secreto del monarca.
El arquitecto mayor le había hecho una mala jugada al rey. En el ancho muro de la casa del tesoro, había dejado un estrecho pasadizo secreto, con una piedra en cada extremo. Las piedras podían quitarse, pero encajaban tan perfectamente, que nadie podría descubrirlas, a no ser que conociera el secreto.
Con esto, el arquitecto mayor esperaba aumentar los ingresos que su cargo le proporcionaba. No los aumentó mucho, sin embargo, pues una grave enfermedad lo atacó
apenas terminada la casa del tesoro, y poco después, murió.
En su lecho de muerte, empero, reveló el secreto a sus dos hijos; y tan buen uso hicieron de él, al morir su padre, que no tardó el rey en darse cuenta que su tesoro desaparecía, a pesar de las precauciones tomadas.
No lograba entender el soberano cómo entraban los ladrones, ya que los sellos reales y secretos nunca fueron violados, ni siquiera maltratados.
Pero el tesoro seguía disminuyendo y, por fin, ordenó el rey que se colocaran hábiles trampas cerca de los cofres y; vasijas de donde desaparecían los objetos valiosos.
Las trampas fueron colocadas, y cuando los dos hermanos volvieron a entrar por el pasadizo secreto, el primero en cruzar la cámara, cayó en una de las trampas: _ Comprendió inmediatamente que estaba perdido, así que gritó:
—Hermano, he caído en una trampa, y toda tu habilidad no podrá sacarme de ella. Tal vez haya muerto para cuando el rey venga a averiguar si cayó el ladrón del tesoro; pero, si no he fallecido, me someterá a tormento, hasta que hable; y, por otro lado, el mismo rey, o alguno de sus guardas reales, me reconocerá, y, al hacerlo, te capturarán también, y moriremos los dos. No queda, pues, otra solución, sino que saques tu espada, me cortes la cabeza, y te la lleves. Así moriré rápida y fácilmente, y nadie me identificará, y tú, cuando menos, te salvarás dé la venganza del monarca.
El segundo hermano trató de romper la trampa; pero al ver que sus esfuerzos eran inútiles, y al comprender que efectivamente era mejor que muriera sólo uno de ellos, y no los dos, hizo lo que su hermano proponía. Salió por el pasadizo secreto, colocó cuidadosamente la piedra, y esa misma noche enterró, con todo respeto, la cabeza de su hermano.
Al día siguiente, muy temprano, se presentó el soberano en la cámara del tesoro, y, como ignoraba la entrada secreta, quedó atónito al contemplar, sujeto en la trampa, el cuerpo sin cabeza de un hombre. Tampoco esta vez habían sido violados los sellos.
Decidido a pescar al ladrón, ordenó el rey que se colgara el cuerpo encontrado, en el muro exterior del palacio, y que se mantuviera una guardia cercana, con el fin de atrapar a cualquier persona que tratara de llevarse el cadáver para enterrarlo, o que se acercara a llorar y a lamentarse.
Cuando la madre del muerto escuchó que el cuerpo de su hijo estaba colgado del muro del palacio, y que no podría enterrarlo, miró a su segundo hijo, y exclamó:
—Si el cuerpo de tu hermano permanece sin sepultura, su espíritu jamás encontrará paz en la tierra de los muertos, y vagará, por el mundo, como un fantasma. Tendrás que recobrar su cadáver para enterrarlo, o, de lo contrario, iré con el rey y le diré que tú eres el ladrón del tesoro.
El muchacho trató de convencerla, diciéndole que bastaba con que la cabeza estuviera enterrada, y, por otro lado, que era preferible que uno de ellos permaneciera sin sepultura, y no que murieran los dos.
Pero la madre no quiso escucharlo, y, por fin, tuvo que prometerle lo que pedía.
Se disfrazó como un viejo comerciante, cargó dos borricos con pellejos de vino, y se dirigió al camino que pasaba frente al muro del palacio. Al acercarse, empujó a los borricos, y cortó disimuladamente uno de los pellejos que llevaba cada animal, de manera que el desperfecto pareciera causado por alguna pieza de los arneses, y que los soldados creyeran que se había producido al chocar los borricos entre sí.
El vino empezó a correr por el piso, y el falso comerciante lloraba y se lamentaba a gritos, fingiendo tal contrariedad, que no atinaba cómo salvar siquiera uno de los pellejos.
Los soldados acudieron rápidamente en ayuda del viejo, o más bien, en ayuda de ellos mismos, pues se dedicaron a vaciar los pellejos estropeados, y, cuando terminaron de hacerlo, estaban ya bastante alegres.
El viejo, para entonces, se había hecho amigo de ellos, y para demostrarles su gratitud, les regaló otro pellejo, y se sentó a echar un trago con ellos. Y no supieron negarse cuando les ofreció otro más. Al terminar este último, estaban ya más allá del bien y del mal, y tirados en el suelo, roncaban con las bocas abiertas.
Tan pronto como obscureció, el falso comerciante bajó el cuerpo del muro, lo cubrió con los pellejos vacíos, y lo cargó sobre uno de los borricos. Tras de cortar un mechón del cabello de cada soldado, volvió triunfante a su hogar, mostró el cadáver a su madre, y lo enterraron antes del amanecer.
Cuando salió el sol, y el rey descubrió que el cuerpo había sido robado, su furia no tuvo límite, y los soldados pagaron caro el haber bebido vino y por su negligencia.
— ¡Cueste lo que cueste, he de encontrar a ese hombre! —gritó el rey, y decidió disfrazar a su hija como una doncella noble de un país extranjero, y la instaló en una hermosa tienda en las afueras de la ciudad. La joven se comprometía a contraer matrimonio con el hombre que le refiriera la acción más ingeniosa que hubiera hecho durante su vida, así como la más perversa.
El ladrón del tesoro adivinó al instante quién era la extraña doncella, y por qué deseaba averiguar lo que preguntaba. Pero estaba resuelto a demostrarle al monarca que era tan listo como él, y aún más, que no le ganaría la partida.
Visitó a la princesa al caer el sol, llevando consigo, escondidos bajo su capa, el brazo y la mano de un hombre, muerto recientemente.
— ¡Hermosa doncella, espero que serás mi esposa! —le dijo.
—Cuéntame entonces, la acción más ingeniosa, así como la más perversa, que hayas hecho durante tu vida —contestó ella—, y seré tu esposa, si son, en verdad, la más ingeniosa y la más perversa, de cuantas he escuchado hasta ahora.
Y mientras el sol se ocultaba entre el lejano desierto, el ladrón del tesoro contó su historia a la princesa, de principio a fin, sin ocultar detalle.
—Así que —terminó el muchacho—, la acción más perversa que he cometido, fue cortar la cabeza de mi propio hermano cuando cayó en la trampa en la cámara del tesoro del rey; y, la más ingeniosa, robar su cadáver en las propias narices de los guardas que deberían vigilarlo.
_ La princesa sujetó al ladrón por el brazo, mientras gritaba a los criados:
— ¡Venid pronto, tengo al hombre que busca mi padre ¡Lo tengo atrapado!
Pero cuando los criados entraron con sus antorchas – pendidas, el ladrón del tesoro se había escapado en la obscuridad, dejando el brazo del hombre muerto en las manos de la princesa, quien comprendió al instante que había sido engañada.
Cuando el monarca se enteró de esta nueva osadía y astucia, exclamó:
— ¡Este hombre es demasiado listo para ser castigado! El reino de Khem se enorgullece de aventajar al resto del mundo en sabiduría, pero él es, sin duda alguna, el más astuto de cuantos viven en este país. Id, y proclamad por toda la ciudad, que lo perdono por todo lo .fue ha hecho, y que le concederé la mano de mi hija.
Y el ladrón del tesoro se casó con la princesa, y fueron muy felices.
Por supuesto, nuestro hombre no volvió a usar la entrada secreta a la cámara real del tesoro.

El príncipe y el zorro

(Cuento sueco)
Érase que se era un rey que, al llegar a una avanzada edad, perdió la vista; y cuando comprendió que la ciencia humana nada podía hacer para ayudarlo a recuperarla, llamó a sus tres hijos junto a su lecho.
—Existe una sola cosa en el mundo que puede revolverme la vista —les explicó—: el canto del pájaro maravilloso. Pero está en poder de un rey que nunca accederá a separarse de él, pues es un hombre mezquino y egoísta y lo cuida como su más preciado tesoro.
—Trataré de conseguirlo —se ofreció el mayor de los príncipes—, a pesar de las dificultades que puedan atravesarse en mi camino…
Y montado en un magnífico caballo, salió el joven en busca del pájaro maravilloso, con los bolsillos bien provistos. Pero ese mismo día, llegó a una posada, concurrida por alegres parroquianos que bebían y cantaban. Nuestro príncipe se unió al grupo más alegre, y llegó a sentirse tan contento, que decidió quedarse en la posada, olvidando por completo a su padre ciego y al pájaro maravilloso.
Lo mismo, exactamente, sucedió con el segundo príncipe. Cuando le llegó el turno al tercero y encontró a sus hermanos en la posada, divirtiéndose a más y mejor, no quiso detenerse con ellos, tan indignado se sintió, más que lo indispensable para decirles:
—Salí a buscaros, pero busco también el pájaro maravilloso. Ahora, como sé que estáis sanos y salvos —añadió, irónico—, puedo seguir tranquilo mi camino.
Siendo ya de noche, llegó a otra fonda en lo profundo del bosque. Sentábase a cenar, cuando oyó unos lamentos procedentes de la estancia vecina. Se levantó para averiguar el motivo de aquellas quejas y ofrecer su ayuda a la persona que parecía implorar socorro; pero la joven que lo atendía, le dijo, llorosa:
—No puedes ayudarlo, pues es un muerto el que se queja. El posadero lo mató, porque no pudo pagar su cuenta, y no lo ha sepultado por falta de dinero. De tiempo en tiempo el hombre se lamenta, esperando encontrar un alma caritativa que quiera sepultarlo.
—Yo lo haré —dijo el príncipe.
Iba a empezar a cenar, pero al levantar la tapa sopera, encontró un cuchillo y la cabeza de un hacha Comprendió entonces que había caído en una trampa y que el posadero le daba a escoger entre morir de una puñalada, o de un hachazo; a menos que estuviera dispuesto a pagar un buen rescate.
Mandó llamar al posadero y le entregó una fuerte suma de dinero en calidad de rescate, añadiendo un puñado de oro para que enterrara al hombre muerto A medianoche, sin embargo, salió silenciosamente de aquella posada del terror, ayudado por la joven sirvienta, que escapó con él, y llegaron, sanos y salvos a otra fonda en las afueras del bosque.
Reanudó el príncipe su camino y, a poco, se encontró con un zorro que lo saludó amistósamente y le preguntó adónde iba y cuál era el objeto de su viaje
—No puedo decírtelo —contestó el príncipe la misión que llevo es demasiado importante y delicada- para contarla a todo aquél que encuentre.
—Tienes razón —aprobó el zorro—, ya que tu misión es encontrar el pájaro maravilloso y llevarlo a tu padre ciego. Puedo ayudarte, pero antes, tienes que prometerme que harás todo lo que te diga.
—Con muchísimo gusto —respondió el príncipe pues veo que eres más que un simple zorro.
—Ven, pues, conmigo —dijo el animal—, y te mostraré el camino del castillo en donde está el pájaro maravilloso. Aquí tienes tres granos de oro; arroja el primero en la sala de los guardas; el segundo, en la habitación en donde guardan el pájaro, y el tercero, directamente en su jaula. Cógelo entonces. Saldrás bien de tu empresa, con tal que no lo acaricies. En el caso de que te atrapen, contesta “sí” a cuanto te pregunten.
Obedeció el príncipe al pie de la letra las instrucciones del zorro y, cuando arrojó el primer grano de oro, todos los guardas cayeron en un profundo sueño; cuando arrojó el segundo, durmieron también los que vigilaban la cámara del pájaro; y al arrojar el tercero, el pájaro mismo quedó dormido. Pero al cogerlo, no pudo el príncipe resistir la tentación de acariciar su maravilloso plumaje; inmediatamente despertó el ave, empezó a dar agudos chillidos. Todo el castillo pareció despertar en ese mismo momento y el príncipe no tuvo escapatoria posible.
Al ser llevado a la presencia del rey, recordó la advertencia del zorro y contestó “sí” a todas las preguntas. — ¿Eres un ladrón inteligente y astuto? —preguntó el rey.
—Sí —contestó el príncipe.
—Bien, te perdonaré la vida si eres capaz de llegar asta el país vecino y te atreves a robar a la princesa, que es la doncella más hermosa del mundo.
—Sí —contestó el príncipe.
Encontró al zorro esperándolo, el cual le reprochó que hubiera acariciado al pájaro, pero prometió volver a .ayudarlo y le dio otros tres granos de oro.
—Arroja el primero en el salón de los guardas —le dijo—; el segundo, en las habitaciones de la princesa, y el tercero, en su lecho. Podrás llevártela después y todo saldrá bien, con tal que no la beses.
Llegó el príncipe al vecino país, se dirigió al castillo y, con todo desparpajo, arrojó el primer grano de oro en la sala de los guardas, que cayeron en un profundo sueño; arrojó el segundo en las habitaciones de la princesa y todos los que se encontraban en ellas, durmieron igualmente; arrojó el último sobre el lecho de la joven, quien se sumió en tan profundo sueño, que pudo levantarla y llevársela en sus brazos.
Pero era tan hermosa, que no pudo resistir la tentación de besarla, siquiera una vez; y en el momento de hacerlo, despertó la joven y gritó, asustada. Todos despertaron, en el acto, y apresaron al príncipe.
Cuando estuvo frente al rey, que daba ya la orden de ejecutar al ladrón, contestó éste, a todas las preguntas, con un rotundo sí.
— ¿Te consideras un ladrón inteligente y astuto? —preguntó el rey, finalmente.
—Si —contestó el príncipe.
—Bien, te perdonaré la vida, si eres capaz de llegar al reino vecino y te atreves a robar el caballo con las herraduras de oro.
—Sí —repitió el príncipe por toda respuesta.
Una vez más, encontró al zorro esperándolo en las afueras del castillo; le reprochó que hubiera besado a la princesa a pesar de su recomendación; pero, sin duda alguna, el joven le había caído en gracia, pues prometió volver a ayudarlo y le entregó otros tres granos de oro.
—Arroja el primero en la sala de los guardas —le ordenó—, el segundo en los establos, y, el tercero, en el pesebre del caballo. Podrás, entonces, sacarlo con toda facilidad; pero, por lo que más quieras, no toques la silla de oro que está colgada en la pared del establo.
Llegó el príncipe al vecino país y ya en el patio de armas del castillo, arrojó tranquilamente el primer grano de oro en la sala de los guardas, quienes inmediatamente empezaron a roncar a pierna suelta. Arrojó el segundo en los establos, y el tercero, en el pesebre, y sacó al corcel de las herraduras de oro. Salía ya, cuando vio la silla dorada, colgada en la pared del establo y pensó que una silla tan hermosa, sólo podría lucir sobre el magnífico caballo; estiraba ya el brazo para cogerla, cuando recordó la advertencia del zorro y sintió como si una mano invisible le golpeara con fuerza. Retiró el brazo con toda rapidez, sacó el caballo del pesebre, y no volvió a mirar la dorada silla
Encontró nuevamente al zorro por los alrededores, y lo primero que hizo el joven, fue darle las gracias por -su valiosa ayuda.
—Una cosa deseo ahora sobre todas las demás —añadió después, pensativo—. Es la princesa, de la que me enamoré en cuanto la vi… Pero estoy dispuesto a perderla, si tan sólo logro conseguir el pájaro maravilloso y llevárselo a mi amado padre.
Compadecido, el zorro le dio otros tres granos de oro, con los que consiguió a su princesa; esta vez, sin embargo, tuvo buen cuidado de no besarla, hasta que se encontraron bien lejos del castillo; y la joven se mostraba feliz con su enamorado galán.
Con tres granos más de oro, obtuvo éste el pájaro maravilloso y emprendió el retorno a la corte de su padre, conduciendo por la brida al caballo de las herraduras de oro, sobre el que acomodó a la princesa, y llevando sobre su brazo el pájaro maravilloso.
Cuando llegó al bosque en donde había encontrado al zorro por primera vez, éste le dijo:
—Ha llegado el momento de separarnos. Haz obtenido todo lo que deseabas, y podrás conservarlo siempre y cuando no rescates con dinero ninguna vida antes de llegar al palacio de tu padre.
Se despidieron como los mejores amigos; el príncipe agradeció una vez más, la eficaz ayuda del zorro prometiendo obedecer sus últimas recomendaciones y acompañado de su princesa y del pájaro maravilloso prosiguió su camino.
Poco después llegaron a la posada en donde sus hermanos se habían olvidado de su padre y del pájaro maravilloso, por quedarse jugando y bebiendo en malas compañías. Ahora, sin embargo, todo estaba en silencio, no se escuchaban cantos ni bromas y frente a la puerta de la fonda, se veían dos enormes patíbulos recientemente levantados, con nuevas y flamantes sogas,
— ¿Qué significa esto? —preguntó el príncipe
—Llegas a tiempo para ver colgar a dos príncipes que no han podido pagar sus deudas —contestó el posadero —. Gastaron su dinero en juegos y francachelas y, de acuerdo con la ley, deben ser colgados si no hay alguien que pague su rescate.
Adivinó el príncipe que se trataba de sus hermanos y a pesar de la advertencia del zorro, pagó en dinero las deudas de aquéllos y el rescate que le exigieron
Apoderose de los príncipes terrible envidia, y arrojaron a su hermano a un jaula con leones tras de lo cual emprendieron el viaje a la corte de su padre y amenazaron a la princesa con matarla si descubría las mentiras que pensaban decir al rey.
Cuando llegaron al palacio, la corte entera festejó su regreso. El rey, empero, se entristeció, cuando sus dos hijos mayores le refirieron que el menor, después de gastar toda su fortuna en el juego había sido colgado por no poder pagar sus deudas. Y no tardó en comprender el anciano que todo había sido inútil, pues su vista no mejoraba, ya que el pájaro maravilloso no parecía dispuesto a cantar; la princesa lloraba el día entero, y el caballo era tan salvaje e indómito, que nadie se atrevía a acercarse a él.
Mientras tanto, nuestro joven y valiente príncipe, había vuelto a encontrarse con el zorro en la jaula de los leones, y aun éstos lo trataron como amigo, en lugar de despedazarlo con sus garras y colmillos.
El zorro no se mostró sorprendido cuando el príncipe le refirió lo que sus hermanos le habían hecho; por el contrario, comentó, con desprecio:
—No me extraña que los hijos que fueron capaces de olvidar a su padre, ciego y anciano y de deshonrar su sangre real, traicionaran también a su hermano.
Aconsejó después al joven sobre lo que debería de hacer y, para terminar, le dijo:
—Ahora, voy a pedirte un favor; saca tu espada, y córtame la cabeza.
— ¿Qué dices? —gritó el príncipe horrorizado—. Eres el mejor amigo que he tenido en mi vida y preferiría morir, antes que hacerte el menor daño.
—Creo que mis consejos te han demostrado hasta ahora, que no obro a tontas y a locas —contestó el zorro—; haz, pues, lo que te pido.
Ante la insistencia del animal, sacó el príncipe su espada y cortó la cabeza de su amigo. Inmediatamente apareció frente a él un gallado joven, que le dijo:
—Te agradezco que me hayas librado del hechizo que me tuvo cautivo durante tantos años. Ni la muerte pudo librarme de él, pues has de saber que yo soy el hombre que se lamentaba en la fonda del terror, y cuyo entierro tan generosamente pagaste. Ahora, vete y espero que todos tus deseos se conviertan en realidad.
Y diciendo esto, desapareció el gallardo joven que había sido un zorro. El príncipe de nuestro cuento, disfrazado de herrador, se presentó en el palacio de su padre, ofreciendo sus servicios.
—Eres precisamente el hombre que necesitábamos —le dijeron—. Es decir, si te atreves a acercarte al corcel de las herraduras de oro y a levantar sus patas; hasta ahora, nadie se ha atrevido, pues es un verdadero animal salvaje.
El príncipe pidió que lo llevaran a los establos y cuando se acercaba, relinchó el caballo alegremente, y se estuvo quieto mientras el joven levantaba sus patas, una por una, y mostraba las herraduras de oro.
—Vemos que sabes tratar caballos —le dijeron, impresionados—. ¡Si también supieras de pájaros. . !
Y refirieron entonces al príncipe lo que ocurría con el pájaro maravilloso, el cual se pasaba el día entero en la cámara del rey, callado, como un muerto.
—Algo extrañará —dijo el príncipe—. Si lo veo, tal vez pueda ayudaros.
Lo condujeron a la cámara del rey, y cuando entraron en ella, el pájaro empezó a brincar en la jaula mientras una cascada de trinos brotaba de su garganta.
En cuanto el rey escuchó los gorjeos del ave, recuperó la vista, y lo primero que vio, fue al menor de sus hijos que, arrodillado a sus pies, lo besaba emocionado. Y cuando el canto del pájaro llegó hasta los oídos de la princesa, secó la joven sus lágrimas y apareció, sonriente y feliz en la cámara del rey, pues había adivinado quién estaría allí, esperándola. .
El monarca arrojó de su corte a los dos malvados príncipes; se casó el menor con la princesa, y el anciano rey pudo contemplar su felicidad, mientras el pájaro maravilloso dejaba oír sus más dulces trinos.

El joven y la doncella del mar

(Cuento Cretense)
Había una vez, en la bella isla de Creta, un joven cuya mayor satisfacción era sentarse a la orilla del mar, solo, a tocar la lira. Eran tan suaves los sonidos que surgían de las cuerdas, que aun el mar parecía calmarse y llegar mansamente hasta la playa para escuchar agradecido.
Un hermoso día de verano, tocaba el joven a la orilla de las azules y quietas aguas, cuando apareció, entre las olas, una doncella del mar. Se apoyó en una roca, y por un rato, escuchó atenta, con los labios entreabiertos y los ojos brillantes; desapareció después, para reaparecer un momento más tarde, acompañada de otras doncellas que venían a escuchar también la maravillosa música.
Día tras día aparecían, y el joven, rodeado de ellas, tocaba sus más inspiradas melodías. Cuando llegó el invierno, y el mar se tornó agitado y obscuro, lo llevaron a una cueva donde no penetraban ni el aire ni el frío, y así pudiera seguir tocando para ellas.
Con el correr del tiempo, el joven se enamoró de la primera doncella que lo había encontrado, y trató de conquistar su amor; pero al escuchar sus palabras, la doncella movió tristemente la cabeza y desapareció en las profundas aguas del mar.
Sin embargo, el amor del joven crecía, y llegó a ser tan grande, que pensaba que no valía la pena vivir si no lograba conquistar a la doncella, y que prefería la muerte a vivir sin su amor.
Así que se dirigió a la gran montaña que se levantaba en medio de la isla, donde vivía una sabia mujer, a quien refirió sus cuitas.
—Tendrás que esperar el momento en que la noche se disuelva en el día —aconsejó la mujer—. Pero, antes de que cante el primer gallo, deberás coger a tu amada por el cabello, y sostenerla así hasta que canten los gallos y haya salido el sol. No deberás soltarla, aun cuando veas que se transforma mil veces, o la perderás para siempre.
Regresó el joven a la orilla del mar, y al ponerse el sol, se sentó a la entrada de la cueva y empezó a tocar como sólo él sabía Hacerlo. Al momento aparecieron las doncellas, y recostándose en las rocas de los alrededores, escuchaban, hechizadas. La hermosa doncella de quién el joven estaba enamorado, se acomodó no lejos de él, la barbilla apoyada en las manos, los ojos brillantes de asombro y felicidad.
Tocó durante toda la noche, hasta que la luna desapareció y el cielo empezó a iluminarse, hacia el oriente con la luz del nuevo día. Todo estaba en silencio, pero sabía el joven que no tardaría en cantar el primer gallo. Bruscamente, dejó caer su lira, y cogió fuertemente las doradas trenzas de la doncella que amaba.
¡Te amo sólo a ti! —Exclamó—, y no te dejaré ir hasta que me prometas que serás mi esposa.
En un momento desaparecieron las otras doncellas y quedó el joven solo con su amada. Pero ésta, viendo que no podía desasirse de sus manos, se transformó, de repente, en un perro salvaje que gruñía y tiraba fuertes tarascadas.
EI joven no la soltó. Luego, ella se convirtió en una serpiente que silbaba, y después en un enorme camello que pateaba y mordía. Pero él seguía sin soltarla, y tampoco lo hizo cuando se transformó en una hoguera que quemaba sus manos. Entonces, cantaron los gallos; al momento volvió la doncella a ser la misma; poniendo sus manos entre las del joven, le sonrió con ojos llenos de amor, y consintiendo que la llevara a su aldea se casaron ese mismo día.
Su hogar se embelleció con la llegada de un hermoso niño, y fueron felices por más de un año. Pero todo esto había sucedido sin que la doncella del mar hubiera pronunciado una sola palabra. Y era tal la angustia del marido por el silencio de su esposa, que nada parecía importarle. Sólo que su esposa hablara.
Decidió, por fin, consultar nuevamente a la sabia mujer, en busca de un remedio, y aquélla le dio el único que conocía; y el esposo, en un momento desgraciado, se dispuso a ponerlo en práctica.
Al regresar a su hogar, encendió la estufa, y cuando estuvo caliente, cogió al niño en sus brazos y, colocándolo sobre el fuego, dijo a su esposa:
— ¡Habla, o arrojaré nuestro hijo al fuego! —y se inclinó, resuelto a ponerlo sobre las brasas. Bruscamente, saltó la esposa, gritando:
— ¡Deja a mi hijo en paz, hombre malvado! —y al decirlo, arrebató al niño y desapareció con él, rápida como un rayo.
Regresó al mar, pero las doncellas no quisieron recibirla, pues tenía un hijo. Así pues, se fue a vivir a un profundo estanque, no lejos de la cueva a donde solían acudir las doncellas a escuchar la inspirada música. Y allí se quedó, pues el joven nunca pudo recuperar su amor. Solamente una vez al año lograba verla, bajo las profundas aguas, tan joven y hermosa como siempre.
Allí mismo se la puede ver aún, si se tiene la fortuna de visitar la bella isla de Creta, y de encontrar el estanque, precisamente en el día en que la doncella se hace visible a los ojos de los mortales.

La esposa hada


(Cuento chino)
Había una vez, en la antigua Catay, cuatro hermanos, tres de los cuales estaban próximos a casarse. Sus bodas serían espléndidas. Hermano Mayor tomaría como esposa a la hija del Emperador, y su felicidad era inmensa; Hermano Segundo se casaría con la hija del General Tigre, e inmensa también era su dicha; y, por fin, Hermano Tercero había logrado enamorar a la hija del Mandarín Mayor, y su importancia era… ¡inmensa!
Hermano Pequeño no tenía novia; y pensaba que nunca la encontraría, pues tenía sueños de poeta y solamente se casaría con un hada. Hermanos Mayores se reían de Hermano Pequeño, pero a éste no le molestaba, porque lo comprendía.
Las bodas de Hermanos Mayores se celebraron el mismo día en el palacio del Emperador. Resultaron magníficas; había que ver a los miembros de grandes familias vestidos con regias túnicas, cubiertas de bordados y piedras preciosas.
Pero Hermano Pequeño estaba triste. Cansado de tantas fiestas de grandes familias, salió, solo, a dar un paseo. Cogió por un camino que llegaba hasta un alto puente rodeado de sauces, y apoyándose en la barandilla, contempló las aguas bulliciosas. Al volverse para seguir su camino, vio ante sí la más hermosa doncella que jamás soñara contemplar. Su figura era perfecta, y perfecto era también el óvalo de su cara; ni la luna, con su espléndida belleza, podría competir con ella. Sus pies eran pequeños, más pequeños que los de cualquier doncella de las grandes familias.
Adivinó el joven que se trataba de un hada, y quedó deslumbrado por su radiante belleza. No se fijó en sus humildes ropas; le pidió que se casara con él inmediatamente, y sintió enloquecer de alegría cuando ella aceptó.
—Espérame aquí —le dijo—. Debes entrar al palacio del Emperador en una litera, como hija de una gran familia.
—Pero —dijo ella—, si puedo caminar. .
—Eso no sería una muestra del respeto debido a mi adorable esposa —le contestó, y corrió al palacio de su padre.
—¡He encontrado una esposa ideal! —gritó entusiasmado—. He venido por una litera para traerla.
Encontró a unos hombres que venían de las fiestas, y salió con ellos, impaciente por presentar a todos a su esposa hada que lo esperaba en el puente.
Regresó al palacio a tiempo para celebrar su boda después de las de los hermanos mayores con sus honorables esposas. Pero los miembros de las grandes familias miraron con desprecio a la novia de Hermano Pequeño, que vestía sencillos ropajes; y las mujeres se reían tras sus abanicos.
Al día siguiente, y según establecía la costumbre, las cuatro esposas debían visitar a sus honorables padres. Como el General Tigre y el Mandarín Mayor estaban en el palacio imperial con el Emperador, se dirigieron todas allá. La esposa hada parecía ser huérfana.
La hija del Emperador llevó de regalo el “té óptimo”; la hija del General Tigre, “el mejor té de jazmín”; y la hija del Mandarín Mayor, “el té más perfumado”. La esposa hada llevó “té verde”, común y corriente. Sus cuñadas se reían, ocultando sus rostros con los abanicos. Hermano Pequeño y su esposa habían quedado en ridículo.
Llegó el Año Nuevo, y con él, la ocasión para las personas importantísimas, de cruzarse regalos con sus parientes. Los hermanos mayores fueron a palacio; Hermano Pequeño se quedó en casa jy no dijo nada.
—¿Por qué estás triste? —le preguntó la esposa hada—. ¿Por qué estás tan callado? ¿Por qué no vas a palacio como tus hermanos mayores?
—No puedo ir —gruñó Hermano Pequeño—. Soy pobre y no puedo hacer regalos.
La esposa hada sonrió.
—Si haces lo que te digo, podrás ir.
Y con sus dedos mágicos transformó unos trocitos de paja en un caballo; después, tomó la venda que conservaba sus pies tan pequeños y la entregó a su esposo.
—Galopa hacia el mar —le explicó su esposa—. Coloca la venda sobre el agua y sigue la Vereda de las Hadas.
Hermano Pequeño montó sobre el caballo de paja y se dirigió a la orilla del mar. Tiró la venda de la esposa hada al agua, e inmediatamente apareció la Vereda de las Hadas; caminó por ella y regresó con un gran cofre de “el mejor té de todo el mundo”. Hermano Pequeño dio regalos a sus honorables parientes políticos, y la esposa hada conquistó la estimación de las grandes familias.
Llegó después el día catorce del primer mes, cuando se cruzaban regalos aún más espléndidos. Las esposas de los hermanos mayores charlaban de los regalos magníficos que comprarían. Hermano Pequeño volvió a entristecerse.
Pero la esposa hada dijo:
—Honorable esposo, ve a la playa y tráeme el cofre que encontrarás ahí.
Hermano Pequeño fue. Pero todo lo que vio fue un viejo cofre de madera podrida, totalmente vacío. Se enojó, pues había pensado que encontraría en él “té mejor que el mejor té del mundo”; así que tiró el cofre y volvió a su hogar.
La esposa hada le preguntó ansiosa:
—Honorable esposo, ¿trajiste el cofre?
Hermano Pequeño negó con la cabeza.
—Era viejísimo y estaba podrido —explicó—. Y además, estaba totalmente vacío. ~.
La esposa hada se impacientó y golpeó el piso con
uno de sus pequeños pies.
—Honorable y tonto esposo —le dijo—. Por favor, tráeme ese cofre viejo y podrido.
Y le sonrió tan dulcemente, que Hermano Pequeño trajo el cofre, aunque murmuraba entre dientes, corno lo hacen todos los esposos.
En la mañana del día catorce, sin embargo, ya no murmuró. Gritó, por el contrario, admirado y sorprendido, al mirar dentro del cofre. Pues éste se había convertido en una escalera de mármol que conducía a un mundo nuevo, un mundo mágico…
Penetraron en él; la esposa hada mostraba el camino y Hermano Pequeño la seguía. Pasearon por las calles, se extasiaron ante los escaparates de las tiendas, deambularon por teatros y parques, palacios y jardines.
Cuando salieron de ese maravilloso mundo, la esposa hada cerró el cofre, y Hermano Pequeño invitó a los hermanos mayores con sus honorables esposas, a tomar el té con ellos, y a ver el cofre mágico.
Después que los hermanos mayores y las cuñadas bebieron su té, la esposa hada abrió la tapa del cofre, y los condujo a la Ciudad de las Hadas. Estaban asombrados; todo les parecía mejor que en sus hogares; la representación teatral era más divertida; la comida, más abundante; los huevos, más sabrosos, y la sopa, con los mejores nidos de golondrina que pudieran encontrarse.
Pero las honorables cuñadas estaban celosas de la esposa hada y pronto la odiaron. Refirieron a los estimables padres lo que habían visto en el cofre mágico; pero mostraron desprecio y envidia al hablar de la esposa de Hermano Pequeño.
El Emperador meditó profundamente y habló con el General Tigre y el Mandarín Mayor.
—Debemos prohibir a los honorables yernos que vayan a la Ciudad de las Hadas —dijeron los últimos.
—La Ciudad deberá pertenecerme —dijo el Emperador—. El honorable cuñado de vuestras hijas y su esposa hada, pronto conspirarán para quitarme el trono, al convertirse en soberanos de la Ciudad de las Hadas.
“Yo mandaré su ejército —pensaba mientras tanto el General Tigre—, y de esa manera podré ser Emperador de las dos ciudades.”
“Yo encontraré su tesoro —pensaba a su vez el Mandarín Mayor—, y llegaré a ser Emperador de las dos ciudades.”
Así que, cuando se encontraron con Hermano Pequeño y su esposa hada para visitar la Ciudad de las Hadas, los tres iban decididos a lograr sus fines.
Pero el Emperador les tomó la delantera. Después de visitar la ciudad y llegar al palacio, se sentó en el dorado trono, y pidió vino. Dejó de pie al General Tigre, al Mandarín Mayor, a Hermano Pequeño y a la esposa hada. Y tampoco les ofreció vino.
Mientras bebía, la mente del Emperador trabajaba furiosamente, llena de malos pensamientos, hasta que mandó llamar a los soldados de la Ciudad de las Hadas.
—¡Aprehendan al General Tigre y al Mandarín Mayor! —les ordenó, cuando estuvieron en su presencia, y se apresuraron a cumplir sus deseos—. Este cobarde general y este ministro ladrón, planeaban matarme —prosiguió—. Quieren el Cofre Mágico. ¡Abajo con sus cabezas!
Los soldados de la Ciudad de las Hadas cogieron al General Tigre y al Mandarín Mayor, mientras el verdugo sacaba su espada justiciera y cortaba las honorables cabezas de ambos.
Hermano Pequeño y su esposa hada temblaban mientras el Emperador, que seguía bebiendo, los miraba malévolamente.
Y fue entonces cuando el agua verde empezó a caer sobre la Ciudad de las Hadas.
Corría sobre el piso, y subió hasta las gradas del trono, pero el Emperador no parecía notarlo.
La esposa hada y Hermano Pequeño, tomándose de la mano, salieron disimuladamente del palacio, recorrieron el camino de regreso, y al llegar a su casa, miraron a través del Cofre Mágico hacia la Ciudad de las Hadas.
Vieron al Emperador sentado aún en el trono. Pocos momentos después, el agua lo cubría hasta la cintura, pero él seguía sin darse cuenta. Su barba flotaba ya como si fuera una hierba, pero él seguía bebiendo y frunciendo el ceño… Y esto fue lo último que distinguieron, pues inmediatamente desapareció por completo bajo el agua.
La esposa hada cerró el Cofre Mágico.
—Se ha humedecido —dijo a Hermano Pequeño—. Llévatelo, honorable esposo, y tíralo al mar.
Hermano Pequeño tomó el cofre viejo y podrido, y lo tiró al agua. En unos segundos, desapareció de su vista.
Y nadie volvió a ver al Emperador, ni al General Tigre, ni al Mandarín Mayor.

El espejo mágico

(Cuento zambiano)
En los tiempos que precedieron a la llegada de los hombres blancos, vivía en la tierra de Senna un cazador. Yendo por la selva un día, encontró una enorme serpiente enroscada alrededor de un antílope, al que intentaba asfixiar. El antílope había clavado uno de sus grandes cuernos en el cuello de la sierpe, y el cuerno se había hundido profundamente en el tronco de un árbol, de modo que ninguno de los dos animales podía moverse.
— ¡Socorro! — Gritó el antílope, cuando vio al cazador—. No hacía daño a nadie, y hubiera sido cazado y devorado si no me hubiera defendido.
— ¡Socorro! —Silbó la culebra—. Soy Insato, el rey de las serpientes; si me salvas la vida, te recompensaré generosamente.
El cazador pensó que no le vendría mal la recompensa, y derribó al antílope de un golpe de su lanza.
—Muchas gracias —dijo la serpiente—. Regresa a este mismo lugar cuando la luna sea nueva; para entonces, habré comido y digerido el antílope, y te recompensaré, como lo he prometido.
—Te recompensará —dijo con gran dificultad el antílope moribundo—, pero su recompensa será tu desgracia y la de tu pueblo.
Cuando llegó la luna nueva, regresó el cazador y encontró a la serpiente despertándose de su letargo.
Dio las gracias una vez más al hombre y le dijo:
—Ven ahora conmigo a la tierra de las serpientes; te daré a escoger, entre mis tesoros, y te regalaré el que prefieras.
Se internaron en la selva y llegaron a un estrecho agujero que conducía a lo profundo de la tierra.
—Agárrate de mi cola —dijo el rey de las serpientes—; entraré yo primero y tiraré de ti.
El camino era largo y obscuro; pero, por fin, llegaron a una luminosa campiña, donde pacían rebaños de vacas, ovejas y cabras. A lo lejos, se veía una hilera de altas casas de piedra con techos de oro y cobre. El cazador se volvió a su compañero, pero se encontró con un hombre alto y apuesto, envuelto en una piel de víbora, y con aros de oro puro en los brazos v en el cuello.
—Soy Insato, el rey de las serpientes —dijo—. Pero en mi país, tomo la forma de un hombre. Este es mi reino; ahora ven y disfruta de sus maravillas.
Recorrieron el país y encontraron hombres y mujeres que se bañaban, pescaban o paseaban en lancha por el río; contemplaron campos y jardines ricos en granos y frutas; la gente, amistosa, se les acercaba, cantando, ofreciéndoles vino de palmera, y cocos.
Al llegar a la población principal, el cazador observó que el polvo de las calles era de oro, y que todo lo que un hombre pudiera ambicionar, estaba al alcance de su mano. En el palacio, hermosas doncellas le atendieron, y se preparó una gran fiesta para aquella noche.
_Mañana —dijo Insato—, deberás escoger tu recompensa. Te daré lo que me pidas.
Aquella noche, el cazador tomó la pequeña canasta de mimbre que siempre llevaba colgada al cuello; la abrió y habló a Zengi-mizi, la avispa que sabía todas las cosas de la tierra, pues en ella residía la sabiduría de su tribu y de los espíritus de sus ancestros.
_Dime, Zengi-mizi —preguntó el cazador—, qué regalo debo pedir a Insato, el rey de las serpientes.
_Pídele Sipao, el espejo mágico —zumbó Zengimizi—. Es el objeto más valioso que existe en el mundo, pues cumplirá todos los deseos que puedas tener. Si el rey vacila, insiste al día siguiente, y al otro, y terminará por dártelo, pues salvaste su vida.
Sucedió exactamente lo que Zengi-mizi había dicho. Durante muchos días Insato dudó; pero, por fin, con lágrimas en los ojos, entregó el espejo mágico al cazador, diciéndole:
—No creí que fueras a pedirme lo que me es más preciado, pero aquí está. Tómalo y dile que deseas estar de regreso en tu propio país.
Tomó el cazador el espejo de brillante metal, diciendo:
—Sipao, Sipao, deseo estar sobre la tierra, y en el sendero de mi propia tribu.
Un momento después, caminaba hacia la puerta de su choza, en donde su esposa y su hija lo lloraban, creyendo que había sido devorado por un león.
Al día siguiente, tomó el espejo mágico entre sus manos y dijo:
—Sipao, Sipao, quiero una ciudad tan grande como la de Insato, el rey de las serpientes, y quiero ser el jefe de ella. Inmediatamente, a lo largo de las orillas del gran río Zambesi, surgió un pueblo de casas de piedra con techos de oro y cobre; sus habitantes eran ricos, y se sentían felices aclamando al cazador como su jefe.
Su esposa y su hija le preguntaban cómo había conseguido todas aquellas maravillas, secreto que guardaba celosamente; hasta que un día lo confió a su hija; y enseñándole el espejo mágico, le dijo:
—Sipao estará más seguro contigo, hija mía, pues tú tienes una habitación separada, y a la mía vienen muchos hombres a consultarme. Nadie lo robará de tu habitación; así pues, escóndelo bien y cuídalo.
La muchacha escondió el espejo mágico bajo su almohada y durante algunos años todos vivieron felices.
Sin embargo, cuando el cabello del cazador empezó a tornarse plateado, llegaron los hombres blancos atraídos por la riqueza del país, y pelearon ferozmente y durante mucho tiempo, tratando de conquistarlo. No lo lograron, empero, gracias al poder del espejo mágico, y se vieron obligados a retirarse hacia la costa.
Entonces, Rei, el rey de los hombres blancos, envió a un fiel servidor para que averiguara el secreto de la resistencia de los habitantes de Zambesi. Presentose el servidor, cubierto de harapos, y dijo al cazador:
—Gran jefe, ten piedad de mí, pues no tengo hogar. Rei me arrojó de su lado para que muriera de hambre; no quise pelear contra vosotros, sabiendo como sé que la fuerza de Zambesi es únicamente tuya.
El anciano cazador creyó la historia del hombre blanco, y le dio casa y comida. Pero el hombre blanco engañó a la hija del cazador con falsas palabras de amor, y ella le mostró el espejo mágico y le reveló su secreto.
Tomó entonces el hombre el espejo entre sus manos, y exclamó:
—Sipao, Sipao, deseo estar en donde está Rei —y desapareció al momento.
Unos días después los hombres blancos atacaban nuevamente, y el anciano cazador gritó a su hija:
—’Tráeme a Sipao, el espejo mágico, pues los hombres blancos están entrando en la ciudad.
—Yo soy la culpable, padre -sollozó la joven—. Ya no tengo el espejo. El hombre blanco que estuvo aquí era un traidor, y me lo robó.
El cazador abrió su canasta de mimbre y preguntó: —Dime, Zengi-mizi, ¿qué debo hacer?
—No puedes hacer nada —zumbó Zengi-mizi—, pues las palabras del antílope que mataste por, salvar a la serpiente, se están convirtiendo en realidad.
—Mi recompensa será mi desgracia y la de mi pueblo… —recordó y repitió, tristemente, el cazador—. ¡Ya está sucediendo…!
Penetraron los hombres blancos en la población, mataron al cazador y a muchos de sus súbditos; y a los que dejaron con vida, los convirtieron en sus esclavos.

Los gemelos maravillosos

(Cuento Mexicano)
Allá en tiempos muy antiguos, vivían dos herma­nos que eran reyes y hechiceros, cuya destreza en el juego de pelota llamado Tlachtli, era mayor que la de ningún otro jugador en el mundo. Era realmente tan grande, que sus enemigos, los dos reyes hechiceros de Xibalba, la tierra negra, dominados por la envidia, los invitaron a su país a demostrar su habilidad.
Como reinaba entonces la paz entre los dos pueblos, fueron a Xibalba y aprovecharon la oportunidad para demostrar que su pericia en pasar la pelota por el anillo de piedra era, en efecto, mayor que la de los reyes de Xibalba, por lo que estos malvados, furiosos por la derrota, los asesinaron sin más ni más.
Sin embargo, los visitantes habían pasado en Xibalba bastante tiempo, el suficiente para que la princesa de Xibalba se enamorara de uno de ellos y se casara con él en secreto. Al quedar viuda, huyó, con sus hijos gemelos, a refugiarse en el hogar de la madre de su esposo, suplicándole que educara a los niños con los otros dos príncipes, sus medios hermanos, y que los de­fendiera contra cualquier peligro.
La anciana reina prometió hacerlo y su nuera murió tranquila, sonriendo. Pero pronto comprendió aquélla que la tarea que se había echado encima era superior a sus fuerzas. Nunca había conocido criaturas tan tra­viesas como los maravillosos gemelos. Engañaban y se burlaban de todo el mundo; peleaban, gritaban, y rom­pían cuanto caía en sus manos.
Un día, se le acabó la paciencia y les dijo:
— ¡No puedo teneros en mi casa por más tiempo! ¡Sois tan ruidosos y alborotadores que no os soporto! Marchaos a los bosques y defendeos como podáis.
Se fueron, con gran regocijo de sus medios herma­nos, que los odiaban. Pero en el bosque, se sintieron completamente a sus anchas, pues, ingeniosos y astutos como eran, nunca pasaron hambre ni frío; se dedicaron a cazar, a poner trampas; y en muy poco tiempo, todo el mundo de los alrededores hablaba de los maravillo­sos gemelos y de su astucia y valentía.
Molestáronse los hermanastros cuando la fama de los gemelos llegó a sus oídos y convencieron a su abue­la para que los llamara. Cuando la anciana lo hizo, se dedicaron a hacerles la vida imposible.
— ¡Criaturas odiosas! —Decían los hermanastros—. Creen ser mejores que nosotros, pero les probaremos que somos los más fuertes.
Siguieron molestándolos; sin cejar, pero los gemelos crecían de prisa y no tardaron en decidir que no aguantarían malos tratos ni un momento más.
—Después de todo —decíanse el uno al otro—, tenemos poderes mágicos. Nuestro padre era un rey hechicero y nuestra madre fue una princesa, hija del rey diablo de Xibalba. Demostrémosles nuestro poder• convirtamos en monos a estos despreciables príncipes
Ensayaron varios hechizos, y al presentarse la oportunidad, lanzaron un encantamiento sobre sus dos medios hermanos, convirtiéndolos en los monos más repugnantes de Anahuac, o del mundo entero, para ser mas veraces. Y convertidos en monos, los despacharon al hogar de su abuela, que se afligió sobremanera a descubrir quienes eran los animalillos. Adivinó al momento que se trataba de otra jugarreta de los gemelos y les suplicó que deshicieran el hechizo.
—Los volveremos a su forma humana —prometieron los gemelos—, aunque creemos que se merecían este castigo. Pero lo haremos con una condición. Los traeremos a tu presencia y deberás observarlos seriamente Si te ríes, o te sonríes siquiera, de sus ridículos gestos y cabriolas, seguirán siendo monos toda su vida.
— ¡Reírme! —contestó la reina, ofendida—. ¡Llorar Eso es lo que quisiera!
Trajeron a los monos a la cámara de la abuela; empezaron los animalillos a armar tal barullo, chillando en su ruidosa jerigonza, que por mucho que trató la reina de contener la risa, a los pocos minutos rodaban lágrimas por su rostro; y no eran lágrimas de pena. Trató en vano de dominarse, por lo que sus dos nietos ma­yores siguieron siendo monos el resto de sus días.
La reina, furiosa, decidió domar a los gemelos, a quienes encargaba las faenas más duras. Pero se olvidó del ingenio y de los poderes mágicos de que disponían, y la Ultima tarea que les encomendó, terminó en una forma totalmente inesperada.
Se trataba de limpiar de hierbas y matorrales una gran extensión de campo, para poder sembrar maíz. Sabía que los gemelos odiaban trabajar al rayo del sol, especialmente si había buena caza en los bosques.
Obedecieron los jóvenes, pero lo que hicieron fue hechizar sus aperos de labranza para que trabajaran so­los, y ellos se fueron de caza, como lo tenían planeado. Cuando regresaron, al obscurecer, tuvieron buen cui­dado de ensuciarse cara v manos con lodo y tierra, y se presentaron ante la abuela, gruñendo y quejándose del terrible cansancio que les había producido la limpieza del campo.
La reina se mostró satisfecha y les sirvió una sucu­lenta cena. Pero cuando a la mañana siguiente fue a ver el campo y lo encontró lleno de hierbas y basura, regresó furiosa.
—¡Fuera! —Ordenó, indignada, a los gemelos—. Desde esta noche, estaréis a pan y agua hasta que vea ese campo tan limpio como la palma de mi mano.
Sorprendiéronse los gemelos al encontrar el campo invadido de hierba. Llenaron entonces una vasija con sangre, e invocando su magia, supieron lo que había sucedido: los animales del bosque habían venido durante la noche, depositando en el campo cada hierba y cada matorral, exactamente en el lugar en donde habían estado antes.
_ ¡Que fracaso! —exclamaron—. Deben haberlo he­cho para tenernos ocupados y sin tiempo para cazarlos. Pongamos a trabajar nuevamente a nuestros aperos, extendamos después sobre el campo una red mágica, invisible, en la que caigan los animales.
Pusieron manos a la obra y muchos animales cayeron aquella noche, pero casi todos lograron escapar, ex­cepto una pequeña y temblorosa rata.
Pues Bien, a la mañana siguiente llegaron los geme­los al campo, ansiosos de venganza; pero cuando la pequeña rata pidió misericordia, su furia se tornó en piedad y dijeron:
—No temas, amiguita. Los otros aprendieron su lección y han escapado; tú también quedas libre.
Desenredaron a la rata con toda gentileza y la pusie­ron en el suelo, para que se fuera cuando quisiera.
— ¡Gracias, gracias! —chilló la rata—. En pago de vuestra bondad, os diré lo que sucedió a vuestro padre y a vuestro tío cuando fueron a Xibalba. De esta ma­nera, estaréis preparados, si alguna vez vais allá, para vengaros. Y también os diré como escapar de las trampas que os tenderán.
Contoles la rata lo que había sucedido y terminó di­ciendo:
—Vuestra abuela, la reina, ha escondido los palos y pelotas del maravilloso juego de Tlachtli, al que tan bien jugaba vuestro padre. Pedídselos y practicad mu­cho, pasta que seáis diestros en tal juego. Así, tendréis un pretexto para ti a Xibalba sin despertar sospechas…
Pidieron los gemelos los palos y pelotas a su abuela, quien lloró mucho, temiendo nuevas desgracias. Pero se los entregó, sin dejar de pensar que tales objetos habían sido la causa de la muerte de sus dos hijos.
Muy pronto se olvidaron los gemelos de la cacería; pasaban todo su tiempo practicando el Tlachtli y llegaron a ser tan diestros, que su fama se extendió por todo el país y aun más allá de sus fronteras.
Cuando los señores negros de Xibalba se enteraron de la destreza de los gemelos en el juego, se dijeron: “He aquí la oportunidad para asesinarlos, como asesinamos a los padres. Invitémosles a jugar con nosotros.’
Enviaron unos mensajeros a la tierra de Anahuac; y la reina rogó y suplicó a sus nietos que no fueran. Pero estos dijeron:
—No temas, triunfaremos y nos vengaremos. Mira estas dos cañas y vigílalas; mientras las veas erguidas y fuertes, será señal de que nosotros estamos bien, si se secan y caen, significara que hemos muerto.
En el camino a Xibalba, se hacían las siguientes reflexiones:
“La rata nos ha prevenido contra todos los peligros. Recordemos que no debemos temer al rio de sangre. y cuando estemos cerca de las estatuas de madera que nuestro padre saludó creyendo que se trataba de los señores negros de Xibalba, por lo cual se burlaron de él, mandemos a Xau, el venado, delante de nosotros, con un vello de mi pierna, para que pueda hacer cosquillas a cada una de ellas y así averiguaremos quienes son los hombres de carne y hueso, pues los que sean, no podrán evitar moverse y reír. Y cuando los señores negros nos pidan que ocupemos los asientos de honor, debemos rehusar, pues están hechos de caliente piedra roja.”
Hablaban de todas estas cosas, con el fin de tenerlas presentes; y no olvidaron ninguna, con gran contrariedad de sus enemigos. Jugaron, después, al Tlachtli y vencieron fácilmente a los señores negros.
Empezaron estos, entonces, a tramar su muerte. Lo hicieron al principio con toda hipocresía, rogándoles que cortaran las flores que desearan, de un jardín vigilado por monstruos salvajes. Pero los gemelos llamaron a un ejército de hormigas, que cortaron las flores, una por una, sin ser vistas por nadie. Los retaron después a que demostraran su valor, pasando las noches en lugares terroríficos, de los cuales ningún hombre había logrado salir con vida. Pero, valiéndose de su magia, los gemelos salieron indemnes de la casa de las lanzas, de la casa del frío, de la casa del fuego, y aun de la casa de los jaguares.
—No podréis hacernos ningún mal —dijeron a los señores negros—, pues cada uno de nosotros tiene un amuleto mágico. Para probároslo, haced que nos maten y veréis como volvemos a la vida; y así sucederá mientras conservemos nuestro amuleto.
Los señores negros mataron primero a uno de los gemelos y luego al otro; pero ambos se levantaron al momento siguiente, más jóvenes y más fuertes aún que antes de ser asesinados.
Viendo esto, les suplicaron que les dieran sus amuletos mágicos y los gemelos accedieron a ello. Entonces pidieron a sus más fieles servidores que los mataran, para renacer más fuertes y más jóvenes.
Obedecieron los sirvientes; pero sus señores no resucitaron. Los gemelos, dijeron, entonces:
—Pueblo de Xibalba, vuestros malvados reyes han muerto y no volverán a la vida como sucedió con nosotros, pues sus amuletos no tenían poder alguno, mientras que la magia de los nuestros es poderosa. Han muerto por su propia voluntad, como bien lo sabéis. Ahora, vosotros vivid honestamente y no tratéis nunca de asesinar a vuestros huéspedes.
Regresaron, triunfantes, al hogar de su abuela; se casaron y gobernaron las tierras de Anahuac hasta el fin de sus días, en paz y tranquilidad.

El herrero y el diablo

(Cuento negro norteamericano)
Erase que se era un herrero… Y a este herrero nuestro le gustaba más una buena comilona que sacar aire de los fuelles de su fragua o empuñar el mar­tillo. Todos los domingos, exacto como un reloj, orga­nizaba una gran francachela, el lunes holgazaneaba, y entre sueño y hartazgo se pasaba la semana sin traba­jar, hasta el domingo siguiente.
Transcurrió el tiempo… Nuestro hombre seguía holgazaneando y escandalizando al pueblo, cuando un día llamaron a su puerta y entró por ella, nada menos que el diablo en persona. Vestía como un caballero, había logrado esconder su rabo y sus cuernos. Se quitó el sombrero, y saludó al herrero con una reverencia.
—Has sido un buen amigo mío, hermano herrero —dijo el Diablo—; así que he venido para llevarte a mi casa.
El herrero rogó y suplicó al Diablo que le diera un poco más de tiempo, y después de mucho estira y afloja, hicieron un trato. El herrero dispondría de un año más de vida, durante el cual debería dedicarse a con­seguir almas para el Diablo; este, por su parte, para ayudar al herrero en su trabajo, embrujaría su banco y su martillo. El hombre que ocupara el banco, no podría dejarlo sin el permiso del herrero; y el que to­mara el martillo debería continuar golpeando sobre el yunque, hasta que el herrero le dijera que podía parar.
Pues bien, nuestro herrero se enriqueció tanto con las tretas del Diablo, que pudo organizar muchas más comilonas que en el pasado, y se olvidó por completo del trato que había hecho con el… Hasta que lo vio venir una mañana por el camino, y comprendió que el plazo concedido había terminado.
Cuando el Diablo entró en la herrería, el herrero es­taba muy ocupado preparando una herradura, y ni si­quiera le dio los buenos días.
—No dispongo de tiempo que perder —le dijo el diablo —No te haré esperar mucho —contestó el herrero, pero tengo uno o dos trabajitos que debo terminar antes de irme. Siéntate un momento, y te prometo no hacerte esperar demasiado.
El Diablo se sentó, pero lo hizo precisamente en el banco que el mismo había embrujado, así que ya no pudo levantarse.
Empezó entonces el herrero a burlarse de él, y ya le ofrecía una copa, ya le decía que acercara el banco al fuego. El Diablo le suplicaba que le permitiera le­vantarse, pero el herrero le contestaba que no lo haría, a menos que le concediera otro año más. No le quedó al Diablo más remedio que concedérselo, a cambio del permiso del herrero para dejar el banco. Dióselo el herrero, y salió el Diablo a vagabundear por los caminos, preparando pequeñas trampas y ojo avizor hacia los débiles pecadores.
Paso el año como el anterior, y en la fecha exacta volvió el Diablo por el herrero, pero estaba este tan ocupado que no podía distraerse hasta que todos los encargos estuvieran cumplidos.
—Si me echas una manita —le dijo al Diablo—, terminaré más pronto.
—Así lo haré —contestó el Diablo—; no me importaría dar unos buenos golpes al yunque para ayudarte.
Diciendo esto, tornó el martillo, y volvió a sucederle lo del año anterior, pues, como también había embrujado el martillo, el que lo agarrara, ya no podría soltarlo hasta que el herrero lo autorizara. Discutieron durante un rato, pero por fin cedió el Diablo, y concedió al herrero otro año más.
El cual volvió a pasar como los dos anteriores. Mes tras mes, nuestro herrero se daba a la diversión y la holganza, hasta que volvió a llegar el Diablo. Lloró y gritó el herrero, y armó un escándalo terrible; pero hu­biera sido lo mismo que se quedara callado, pues el Diablo lo agarró, y, sin más contemplaciones lo echó en su morral y se lo llevó.
De allí se dirigió el Diablo a una gran fiesta, y calcu­lando que pescaría en ella más gente de la calaña del herrero, se unió a los concurrentes más alegres. Pen­saron éstos que era uno de tantos invitados, discu­tieron de política, y cuando empezaron a servir las viandas, pidieron al Diablo que comiera con ellos. Aceptó, dejó su morral bajo la mesa, junto a los de los invitados, y empezó a comer y beber como los otros.
Tan pronto como el herrero, que estaba dentro del morral, se dio cuenta de que el Diablo lo había dejado en el suelo, trató de escapar. Lo logró al fin, y después de cambiar los morrales de Lugar, empezando por el del Diablo, salió de allí a esconderse entre los matorrales.
Cuando llegó el momento de partir, el Diablo reco­gió el morral que estaba a sus pies, se lo echo a la espalda, y a toda velocidad se dirigió al infierno. Al llegar, llamó a todos los diablillos, quienes inmediata­mente llegaron corriendo y saltando, pues también ellos estaban hambrientos.
—Que nos has traído? —gritaban—. Padre, ¿que nos has traído?
—Os traigo un gordo y estupendo pecador —contestó el Diablo—. ¡Un sabroso herrero perezoso y comilón!
Diciendo esto, vació el morral, y, i oh, terrible sor­presa!, un feroz y enorme perrazo saltó y se abalanzó gruñendo y mordiendo a los diablillos, hasta que el Diablo abrió la puerta y lo arrojó del infierno.
¿Y nuestro herrero? Siguió atracándose de comida y de bebida hasta que murió. Al morir se dirigió al cielo tan de prisa como sus fuerzas se lo permitían. Pero al llegar a las doradas rejas, san Pedro no le permitió la entrada, y no pudo escurrirse, por más que hizo.
Así que no le quede más remedio que dirigirse al infierno, y llamar a la puerta. Se asomó el Diablo, e inmediatamente lo reconoció.
—Tendrás que dispensarme, hermano herrero —le dijo—; ya me has dado bastante que hacer, y debes irte a otra parte. No puedo correr el riesgo de tenerte aquí.
Y diciendo esto, le cerró la puerta en las narices.
Desde entonces, el herrero ha vagado entre el cielo y el infierno, pero sobre todo por la tierra. Todavía puede vérsele en las noches obscuras,rodeado de una luz fosforescente. De aquí que algunos le llamen “Juan, el Linterna”, y otros, “El Brujo del Yunque”.

Los huesos de Djulung

(Cuento Polinesio)
Había una vez siete hermanas, huérfanas de padre y madre, que vivían juntas en una isla de los mares del sur, en donde todo el año se disfrutaba de un hermoso verano. La mayor de las hermanas gobernaba la casa, e indicaba a las otras jóvenes cuales eran sus tareas; y siempre, el trabajo más duro era para la hermana pequeña, a la que todas despreciaban.
Consistía este trabajo en ir diariamente al cercano bosque, donde crecían cadenas de orquídeas uniendo las ramas de los enormes arboles, y cortar leña para el fuego de la cocina, que tenía que arder noche y día, pues permitir que se apagara, y encender otro nuevo, era asunto largo y difícil.
Al terminar su trabajo, la jovencita, exhausta y aca­lorada, se recostaba bajo un árbol de follaje frondoso y se dormía profundamente.
Una mañana, sin embargo, al regresar a la cabaña, tambaleándose bajo el peso de la leña, contempló el rio tan fresco y tentador, que decidió darse un baño, en lugar de dormir la siesta de costumbre. Y tan pronto como terminó de acomodar la leña, corrió al bosque y se sumergió en las frescas aguas. Estuvo nadando y mirando las ramas de los arboles que se unían sobre su cabeza, formando un dosel de sombra.
Al volver los ojos hacia el río, vio un hermoso pece­cillo, que parecía formado por el arco iris mismo, pues brillaban sus colores y semejaba un rayo de luz, al des­lizarse por el agua.
En un momento en que el pececillo pasó cerca de ella, estiro el brazo y lo cogió cuidadosamente entre sus manos. Salió rápidamente del río, y por un sendero cubierto de verde hierba se dirigió a una cueva frente a la cual corría, entre las rocas, un arroyuelo, formando un profundo estanque de claras y transparentes aguas.
Arrojó en él al pececillo, cuyo nombre era Djulung y se alejó, no sin antes prometerle que volvería a traerle comida.
Estaba ya preparado el arroz, cuando llegó a la cabaña; pero no comió todo el que le sirvieron en su escudilla de madera, sino que guardó casi la mitad; y en cuanto terminó de comer, se dirigió al estanque en donde la esperaba Djulung.
— ¡Aquí estoy! —Le gritó arrojando el arroz, grano por grano—. No te he olvidado; mañana traeré más.
Djulung se comió todo el arroz y pensó que nunca había probado nada tan sabroso. Se sintió absolutamente feliz en el estanque; y, como la joven le traía todos los días la mitad de su comida, creció tanto y llegó a conocerla tan bien, que ya no era necesario que su protectora le cantara para que apareciera en la superficie por su comida.
Ella, por el contrario, perdía peso, y cada día le pesaba más la leña. Notándolo, sus hermanas, hablaron del asunto, pues temían que si algo le pasaba, tendrían que hacer su trabajo.
Decidieron vigilarla, y una de ellas la siguió hasta el estanque en donde estaba Djulung, y vio que arrojaba al agua todo lo que había guardado de su comida. La moza refirió a sus hermanas lo que había visto y les describió el maravilloso pescado. Y mientras nuestra joven cortaba leña en el bosque, al día siguiente, la hermana mayor pescó a Djulung, y entre ella y sus her­manas lo guisaron y se lo comieron. Pero la pequeña no lo supo, pues aquel día la habían mandado a un sitio más alejado del bosque.
Al día siguiente, se dirigió al estanque para llevar a Djulung su comida; y lo llamó con su tonadilla, pero Djulung no apareció. Canto una y otra vez, y trató, de mirar a través del agua.
—No puede haber muerto —se decía—, pues su cuerpo flotaría en el estanque.
Regresó a la cabaña, triste y decepcionada, y se dur­mió profundamente. Tan profundamente, que no pu­dieron despertarla en varios días. Y una madrugada, de pronto, oyó el canto del gallo y le pareció escuchar que sus hermanas habían matado a Djulung v se lo habían comido, arrojando después sus huesos entre las cenizas.
Con mucho cuidado, hurgó entre ellas hasta que encontró todos los huesos de Djulung. Se alejo después silenciosamente; cavó un hoyo cerca del estanque y enterró en él los restos de su amigo. Mientras lo hacía, canturreaba tristemente:
Crezca un árbol sobre los huesos de Djulung
tan alto, que llegue hasta el cielo;
y caigan sus hojas hasta que un rey se entere,
dónde, cómo y por qué crecieron.
Como ya no había ningún pez con quien compartir su comida, pronto engordó la joven y pudo trabajar más aun que en el pasado. Sus hermanas no volvieron a preocuparse y ni siquiera pensaban en la hermana pequeña, rnientras esta hiciera el trabajo pesado y se lo ahorrara a ellas mismas.
Así que nada supieron del árbol que creció sobre los huesos de Djulung, al que visitaba la muchacha todos los días, al internarse en el bosque por leña.
Era un árbol tan hermoso, que no tenia rival en el mundo entero; su tronco era de acero; sus hojas, de fina seda; sus flores, de oro; y sus frutos, eran hermosos brillantes.
Un día, el viento llevó una de las hojas a través del mar, hasta una isla cercana. La encontró el rey y se dijo: “No podre tener paz hasta que encuentre el árbol del que brota esta hoja maravillosa… Aun cuando tenga que pasar el resto de mi vida, viajando de isla en isla…”
Pero no tuvo que ir muy lejos, pees en la primera isla que visitó, encontró el árbol de acero, con las ramas cubiertas de brillantes hojas, iguales a la que el viento había llevado hasta él.
—¿Qué clase de árbol es este, y cómo nació aquí?—preguntó a un niño que jugaba en el bosque.
—No se —contestó el pequeño—, pero siete hermanas viven en una cabaña, no muy lejos, y tal vez ellas sepan.
—Ve y tráelas —ordenó el rey—, diles que las estoy esperando.
Corrió el chiquillo y dijo a las seis hermanas mayores: —Un gran rey os espera para hablar con vosotras; venid pronto.
Corrieron tras el pequeño, dejando a la hermana menor vigilando el fuego y preparando la comida. Pero como ninguna de ellas había visto el árbol, no pudieron decirle nada al rey.
—El niño me dijo que erais siete —dijo el rey—, y solamente veo seis.
— ¡Oh! La mas pequeña está en casa; pero no sabe hacer nada, excepto cortar leña y hacer las faenas pesa­das. Además, casi siempre esta medio dormida —aña­dieron rápidamente.
—No lo dudo —contestó el rey—, pero traedla, de todas maneras. Tal vez haya aprendido algo en sus sueños.
Mandaron al niño a que trajera a la Ultima hermana; y tan pronto como apareció, el árbol mágico que había crecido sobre los huesos de Djulung, se inclinó hasta el suelo, frente a ella, para que pudiera cortar algunas de sus hojas y frutos y se los diera al rey.
—La doncella que puede hacer tales maravillas, me­rece ser reina! —Exclamó el soberano—, y es tan her­mosa, que nunca podre amar a ninguna otra mujer.
Se casaron, y se la llevó a través del mar para que fuera la reina de su isla. Y allí vivieron felices durante el resto de su vida.

* Todos los cuentos han sido tomados del libro: “HABÍA UNA VEZ” (título original en inglés: Once Long Ago), los mejores cuentos infantiles de todo el mundo, relatados por Roger Lancelyn Green,ilustrado por Vojtech Kubasta. Versión castellana de Mercedes Quijano de Mutiozábal . Publicado por Editorial Novaro-México. Primera Edición 1964
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