abr 15 2014

Pascal Quignard: Desnudando palabras

Artículo escrito por: Javier Almodóvar

Pascal Quignard nació en Verneuil-sur-Avre (Francia) en 1948, en el seno de una familia de gramáticos y músicos. Se cuenta de él que de niño fue un poco autista en dos ocasiones y que en la primera de ellas fue su tío –que había sido prisionero en el campo de concentración de Dachau– quien le volvió a enseñar a hablar. Es licenciado en filosofía y lenguas clásicas. Fue editor en Gallimard durante veinte años. Ha sido profesor de la Universidad de Vicennes y de la Escuela Práctica de Estudios Superiores en Ciencias Sociales. Fundó el Festival de Ópera y Teatro Barroco de Versalles junto con el desaparecido presidente francés François Miterrand. Desde que dimitió de todos su cargos en 1994 se dedica solo a la escritura. Es autor de numerosas novelas (El salón de Wurtemberg, Todas las mañanas del mundo, Las escaleras de Chambord, Terraza en Roma, Las tablillas de boj de Apronenia Avitia) y tratados (Pequeños tratados, Lección de Música, El odio a la música: diez pequeños tratados). En 2002 obtuvo el premio Goncourt (el más prestigioso de los premios literarios franceses) por Les ombres errantes, primer tomo de la obra titulada Dernier royaume. A raíz de la edición de esta última, Quignard declaraba: “Para mí es importante que una idea esté íntimamente ligada a la vida que uno lleva. En este libro explico con claridad mi voluntad, respecto al mundo contemporáneo, de crear un lugar solitario y ensalzar allí la inseguridad de pensar, cuando las sociedades en que vivimos preconizan lo contrario. [...] Odio todos los valores que están resurgiendo”.
Ese lugar solitario del que habla el autor no es la fortaleza ni el palacio; tampoco es la torre; es la casa del eremita, del anacoreta, de aquel que, alejado del grupo, ha renunciado a lo social para poder ver –y verse– con claridad –que no con certeza–: “El odio a la ciudad y el alejamiento que conlleva son los primeros pasos de la sabiduría”. No se trata de la huida; se trata de la purificación. Ese lugar alejado, solitario, individual, es el único espacio donde es posible el doble viaje que exige el conocimiento: hacia el interior y hacia el pasado –hacia el interior de la experiencia, de lo sentido, de lo vivido, hacia el mundo antiguo, hacia el mundo prehistórico, hacia el prelenguaje original en el útero materno–. Todo lo hermoso que nos ocurre, toda experiencia trascendente, todo lo que nos conmueve, nos sucede al margen de la sociedad, al margen del lenguaje que esta impone. Solo en esa circunstancia se puede desarrollar un amor total: “El amor es la relación interhumana en la que la sociedad no es mediadora. [...] Por eso el amor, según todos los mitos, es una escena negativa ”.
Los tres textos que aquí se reseñan hablan del sexo, del amor, del arte y del lenguaje –en cualquiera de sus formas–. Si uno quiere –como Quignard– acceder a lo unitario, ha de renunciar a lo específico. Por eso en esta casa, esta domus literaria, no hay material ni disciplina que no sean útiles: la etimología, la antropología, el taoísmo, el haiku, la filosofía, la etología, la musicología, la psicología, y, sobre todo, los textos griegos y romanos, sus pinturas–. Por la misma razón todas las herramientas son necesarias. No es posible ceñir el discurso a un solo vestido: ensayo, biografía, poesía, novela, cuento, mito. Su perseverante y poderosa escritura anuda con paciencia ideas y palabras para dar origen a una asombrosa construcción de difícil catalogación y hechizante fuerza expresiva que nos habla del origen de nuestra fascinación sexual, del deseo, de lo que somos y no somos capaces de decir, de la manera en que nuestro lenguaje y nuestros mitos se relacionan con nuestra sexualidad original y la normalización social que, históricamente, ha venido a suplantarla. En ese sentido, los textos nos hablan del viaje que va desde el “erotismo alegre de los griegos a la melancolía aterrada de la Roma imperial” –de la que somos herederos–. Se trata de una de esas obras frente a las que la erudición mella su espada; una obra que obliga al lector –y exige al crítico– a medirse con algo inédito. El resultado es un texto que hace que el lector, al volverse hacia su saber, se encuentre por sorpresa con un antiguo pergamino, un grabado que, custodiado en un museo, contiene un mapa centenario, milenario, salpicado de monstruos míticos, de fronteras inciertas, de proporciones imposibles, ingenuas, deformes: un conocimiento envejecido de repente.
Su concepción de la sexualidad masculina, del amor y del arte parte de una premisa fundamental a partir de la que edifica su original discurso: “Llevamos en nosotros el desconcierto de haber sido concebidos. No hay imagen que nos afecte que no nos recuerde los gestos que nos hicieron”. Cualquier lengua oculta en su seno una reacción, una postura singular frente a este hecho fundamental que de ninguna manera es posible soslayar. Partiendo de esa proposición, el narrador indaga en las lenguas griega y romana con el fin de desvelar la trama que urdió cada una de ellas con el fin de socializar una solución específica capaz de enfrentarse al enigma. En el origen de la escritura de Quignard está la convicción de que el lenguaje de la modernidad, legatario de aquellas lenguas antiguas, nos ha alejado de algo verdadero que habitaba en nosotros para instalar en su lugar un artificio sospechoso: el lenguaje ha olvidado aquello que nombró un día y que necesitamos nombrar de nuevo para saber qué somos y cómo hemos de vivir. Para ello hay que volver al núcleo, al origen, a la escena originaria, central, determinante. Hay que incitar al lenguaje a confesar su origen, su procedencia, sus antecedentes. Para lograrlo Quignard prefiere los métodos del interrogador a los del investigador académico, prefiere poner un foco sobre la palabra y empujarla hasta hacerla hablar. Quignard consigue incorporar a su escritura aquello que advierte en las pinturas del griego Parrasio de Éfeso, “el pintor que añade el fantasma a la visión de lo visible”. La consecuencia es inmediata: “leer es seguir con los ojos la presencia invisible”.
El sexo y el espanto comienza con una reflexión acerca de la palabra romana fascinatio, derivada de fascinus (sexo masculino). Este patrón se repite a lo largo de su escritura (tanto en este texto como en Vida secreta): la reflexión del narrador arranca en una palabra enigmática, en la descripción de una pintura, una anécdota encontrada en un libro de la Antigüedad. A partir de ahí la meditación del narrador irá hilvanando ideas, escenas, imágenes, en busca del sentido originario y su relación con la sexualidad o la muerte: “el fascinus atrapa la mirada, que ya no podrá apartarse de él”. En el texto resurge la palabra de Lucrecio, de Suetonio, de Cicerón, de Aristóteles, de Tiberio, de Ovidio, de Virgilio, de Chuang-Tze,  Es prodigiosa la capacidad del narrador para despojar de su literalidad a la palabra elegida, la frase presentada, la imagen mostrada, y exponer a cambio su reverso: ese otro polo que, desde la invisibilidad de esa imagen que nos falta (el momento de la concepción en cada uno de nosotros), ejerce su influencia sobre lo visible, sobre el signo. Mediante el mismo procedimiento Quignard arma su discurso acerca de la pintura romana a partir de una sola palabra: augmentum. “Celio decía que había cuatro etapas en las enfermedades: el ataque (initium), el acceso (augmentum), el declive (delinatio), la remisión (remissio). El momento de la pintura es siempre el augmentum”. Según el narrador, la sexualidad romana y, por tanto, la manifestación artística, está ligada a un terror: “A los antiguos romanos les aterraba la operación misma de ver, el poder (la invidia)  que podía ejercer una mirada de frente. Para los antiguos, el ojo que ve arroja su luz sobre lo visible”. El romano, al enfrentarse al enigma, ve la muerte: “La fascinación significa lo siguiente: aquel que ve ya no puede apartar la vista. En el cara a cara frontal, tanto en el mundo humano como en el mundo animal, la muerte petrifica”. Esta postura acaba por influir en toda manifestación artística: “Un hermoso texto se oye antes de sonar. Es la literatura. Una hermosa partitura se oye antes de sonar. Es el esplendor preparado de la música occidental”.
“Complicada es la vida propia de los hombres porque doble es su origen. Biológico y cultural. Sexual y lingüístico. (En cualquier caso, polarizada dos veces por dos polos: macho-hembra, significante-significado)”. La escritura de Quignard trata de iluminar la estrecha interrelación que existe entre cada uno de los polos. En uno de los capítulos de Vida secreta se relata la fábula del inuit Nukarpiatekak, un cazador de focas que ya no caza, que ya no pesca, que ha descuidado su kayak y su aseo, que ya no habla más que cuando está en soledad y procurando usar una lengua distinta a la que usan los demás. Un día oye hablar de una mujer de una belleza extraordinaria. Nukar se lava, arregla su pelo y su barba, restaura su kayak y se aventura aguas arriba en el río, como hace el salmón que vuelve al lugar de su nacimiento para desovar. El inuit rema hasta que al tercer día llega el lugar donde se encuentra la mujer. Para callar a los perros que ladran, Nukar grita: “!No soy un fantasma!”. Al ver a la mujer, Nukar cae desmayado hasta tres veces. Cuando recupera el conocimiento, todos han están durmiendo, menos la mujer, que le ha preparado una cama. Nukar se tumba sobre ella y la penetra; hunde su cuerpo en el de la mujer mientras da un gran grito. Al amanecer, no hay rastro de Nukar. La mujer sale de iglú, ríe, se esconde detrás de un montículo de nieve y se pone a orinar. “El cazador de osos es reabsorbido en la propia noche, la noche primigenia, en el sexo femenino de la cueva originaria donde la misma escena de fusión lo ha concebido y lo ha metamorfoseado en cuerpo”.
En sus tratados (si es que se puede llamar así a El sexo y el espanto y Vida secreta, dos obras de gran unidad temática y estilística) el lector de Quignard asiste una y otra vez sorprendido a la reflexión en marcha de un yo poético que maniobra su ejercito de palabras con la valentía y la confianza de quien, conocedor de sus posibilidades creativas, prescinde del manual de táctica literaria. Asistimos al despliegue de una escritura que reflexiona, investiga, recupera, asocia, juega, rodea, propone, argumenta y concluye hasta que ambos, texto y lector, sucumben a la fulguración que causa el hallazgo de un aforismo tan certero como inesperado, hasta la epifanía del conocimiento –mejor sería decir reconocimiento– encarnado en una palabra cuyo sentido originario ha sido iluminado, desenterrado, redescubierto, restaurado. Se trata del reencuentro con el hombre antiguo, con su conocimiento y su sabiduría; un saber más verdadero que aquel del hombre moderno –que vive atrapado dentro de lo social–. La obra de Quignard es una exploración en busca del evasivo desfiladero que lleva del significante al significado: “El hombre es una mirada deseante que busca otra imagen detrás de todo lo que ve [esa imagen originaria que nos falta]”. Hay que perseguir aquello que antecede al lenguaje, ese algo trascendente e inaccesible que el lenguaje quiere atrapar y que constituye el único objetivo legítimo de toda escritura verdadera: “No podemos pasar por alto lo preverbal y lo prehumano sobre cuyas espaldas eso que los griegos llamaban lógos y los romanos ratio, y eso que tanto griegos como romanos llamaban ego no son más que moscas”. Imposible de alcanzar, el narrador ha de medirse con ello. Y sin embargo, este esfuerzo titánico está amenazado por la trampa del lenguaje: una vez que el lenguaje ha nombrado, se vuelve obstáculo para alcanzar aquello que nombra, como la lava que “incesantemente empuja, incesantemente desordena, incesantemente aterra. Pero incesantemente se petrifica de inmediato al contacto con el aire libre. La lava tapa su acceso a ella misma, se petrifica en las obras, se academiza en el lenguaje, se ennegrece y se opaca al secarse.” Lo que propone el narrador se acerca a lo musical: lo significativo no es lo dicho; lo significativo es el momento preciso en que el sentido se insinúa por mediación de la palabra: “Sufrir la acometida de la visión, hacer el viaje no es lo esencial del arte: hace falta esa pizca de valor adicional para regresar y anotarlo”. Y para ello “Todo artista debe acceder a perder la vida”.
“El amor es eso: la vida secreta, la vida alejada y sagrada, la vida apartada de la sociedad”. La experiencia siempre precede a la sabiduría. Vida secreta es un esfuerzo por descifrar el poso que dejó un amor furtivo, extremo, iniciático, localizado en un pasado lejano –y por eso mismo mítico–, un esfuerzo por aprehender lo que queda de él, por interpretarlo, por examinarlo, por comprenderlo, por acceder a esa forma de inteligencia –de conocimiento– que es el amor. Se trata de un amor alejado de toda interferencia: un adulterio, amor al margen de la sociedad, de la familia, amor secreto, inconfesable, un amor entre músicos, amantes que acaban por renunciar a la palabra, que se aman en silencio, un amor que finaliza abruptamente, sin explicaciones. “El amor como rechazo al tercero, como tercero excluido [...], excluye el lenguaje y condena a los amantes al silencio total, exclusivo, so pena de muerte”. Lo que hace especial ese amor es la circunstancia: se trata de una muestra singular, irrepetible, una oportunidad para profundizar en la verdadera naturaleza del amor cuando este se aleja del lenguaje, de lo social. Una posibilidad de mirar al sentimiento sin la dictadura del lenguaje. Usar el lenguaje para dejarlo atrás, para encontrar el silencio capaz de eludir la trampa. Hay que buscar ese “el silencio [que] ha dejado de ser un callarse”.
En La frontera Quignard se ciñe a un patrón clásico –el cuento– para aproximarse de nuevo a las cuestiones que ocupan su literatura. El relato se desarrolla en Portugal en 1640 y cuenta la historia de la joven y bellísima Luisa de Alcobaça y del señor de Jaume, amigo del rey. El señor de Jaume siente una poderosa fascinación por Luisa desde que esta era niña. El rechazo a su petición de mano y la boda de Luisa con un joven portugués desvían esa fascinación hacia un resentimiento cada vez más enfermizo. La fascinada y enturbiada mente del señor de Jaume idea una estrategia para apoderarse de la mujer: se gana la amistad del esposo hasta que este lo cree un hermano. Un día, durante una cacería, lo asesina simulando un accidente –Eros y Tánatos–. Para vencer a la mujer, pone su dolor de amigo a la altura del dolor de la viuda: lo consigue: Luisa cede y se entrega. Tiempo después y confiado en lo definitivo de su conquista el señor de Jaume confiesa su crimen a la mujer. Luisa lo emascula y se suicida. El señor de Jauma se consume. Un día, incapaz de asumir la doble pérdida de la virilidad y de la fascinante, acaba con su vida arrojándose por el balcón. El conde de Mascarenhas, amigo del señor de Jaume, recibe la orden del rey –preocupado por las consecuencias políticas– de no hablar nunca del asunto. Para sortear la orden del rey sin faltar a su palabra, el conde de Mascarenhas encarga –mediante la argucia de sustituir su voz por unos dibujos– unos azulejos de cerámica pintados en los que se relata la historia. El silencio del arte se ha impuesto. La frontera es un relato que habla de la difícil frontera que define lo humano, una frontera simbolizada en el jardín creado por la mano del hombre y que se adentra en el campo sin que se pueda distinguir dónde acaba uno y dónde empieza el otro; un relato por el que desfilan dioses y mitos, heredero de una de las obras más grandes que nos ha dejado la Antigüedad: las Metamorfosis de Ovidio, “el libro universal que trata sobre esa antropomorfosis tan inestable y angustiosa que compone la escasa humanidad de lo humano [...] esas metamorfosis que nos hacen ver un nosotros mismos aún más verdadero que nosotros mismos en un toro o un lobo”. La animalidad simbolizada por la afición del señor de Jaume por enfrentarse al toro –el animal mítico– y la muerte del esposo causada por las fauces del jabalí. Los dos polos simbolizados por el espejo en el que se mira la joven Luisa: espejo por un lado y una pintura por el otro: Judith oronda cortándole el cuello a Holofernes dormido. Un relato que plantea el mismo enigma que la obra del sabio de la Antigüedad: ¿dónde comienza eso que llamamos lo humano?
Ferviente admirador de los Ensayos de Montaigne y de los cuentos de Las mil y una noches, Quignard pretende publicar diez, quince, e incluso otros veinte libros con la intención de reunir todos los aspectos de la experiencia que la tradición ha olvidado transmitir. “Ya he previsto un libro sobre la búsqueda de lugares maravillosos que se llamará Les paradisiaques. Otro, Les sordissimes que reunirá todo lo relativo al discurso, lo que Bataille llama la parte maldita y que abarca desde las recetas de cocina hasta los coches de juguete pasando por los caramelos. También escribiré sobre las estaciones del año, las edades, y las horas. No sé cuántos tomos escribiré. No quiero que mis declaraciones me aten. Lo cierto es que moriré con este proyecto bautizado Dernier royaume, es mi manera de decir que el segundo mundo (siendo el primero uterino y prenatal) es el último, que no hay otra vida”, explica el artista entusiasmado.


mar 23 2014

Las experiencias del deseo, Eros y Misos

Artículo escrito por: Daniel Glez. Irala

El novelista zamorano, Jesús Ferrero, autor de Belver Yin, deviene en ensayista para describirnos con prolijas citas el lado más oscuro del amor, a través de una búsqueda que propicia a su vez el autoconocimiento. Nuestra sociedad propensa al caos que pueden impulsar desde la mente y el cuerpo a enfermedades y estados de ánimo difíciles de considerar sanos, como la anorexia o la depresión y también estados profundos de desesperación con los que se juega aquí, propiciando a pesar de todo cierta mirada compasiva hacia los pacientes de las mismas.
Quedarnos en ocasiones en la caverna de Platón supone no sólo matarse en vida, sino no entender en su plenitud los procesos a los que nos sometemos diariamente; pero es que ni siquiera Nietszche fue capaz de formular con el eterno retorno una teoría legible hoy más que bajo los presupuestos de Deleuze, uno de sus mejores conocedores.
La melancolía previa y en general el sufrimiento y el hacer sufrir son rasgos que prueban que amar y ser amado duelen, y que eros trabaja para, a la vez, convertirnos en animales e individuos.
Los capítulos referidos al odio y la muerte permiten definir el sadismo en las relaciones como parte fundamental, un pilar del misos al que se debe acostumbrar todo bicho viviente, si quiere ser así llamado. Todo ello con la intención de la lucha por el poder, que n es más que una pasión, producto en muchos casos de vanidades extremas.
Pero el odio se focaliza también como decíamos mucho en uno mismo. Esto lo saben bien los antiguos anacoretas que hoy sufren en sus casas de hastío, tedio e incluso drogadicción, deviniéndose la vergüenza y la culpa en casos patológicos agudos y acabando posiblemente en pena negra en los casos crónicos.
Algo realmente aliente de este ensayo es que no moraliza sobre estos estados, que empiezan en la libre embriaguez de los sentidos, ya sea tóxica o no, para simplemente describirnos hipotéticas causas. En este sentido el autor mira a una realidad que no tiene por qué ser propia, de una forma a su vez bondadosa y legítimamente inevitable e implacable para el ser.
Es éste un terreno el acometido, donde eros y misos juegan al mismo lado, del mismo lado se dan fe y se apremian, aglutinando y contradiciendo experiencias; la causa puede encontrarse, sin querer teologizar, en la Biblia, cuando Dios expulsa del paraíso terrenal a sus primeros habitantes por haber cometido un pecado que al fin y al cabo tampoco les hace tan diferentes.
Hondo y preciso en sus divagaciones sobre el amor, el odio, sus calamidades y grandezas, si es que éstas se pueden transdefinir más allá de un sentido profundo, cosa que en muchos casos es difícil de dilucidar.

Calificación: Muy interesante.
Tipo de lector: Buscador más del lado oscuro que del claro de las relaciones.
Tipo de lectura: Contundente.
Argumento: Eros, misos y sus procesos hoy.
Personajes: Grandes pensadores.
¿Dónde leerlo?: Lejos de un hospital o una cárcel.


mar 4 2014

Balada de las noches bravas

Artículo escrito por: Javier Almodóvar

Cuentan que el Mediterráneo actual se formó a causa de una gigantesca inundación cuando una pequeña brecha se abrió en el estrecho de Gibraltar. Una inundación violenta y breve que fue configurando al paisaje del lecho marino. Se trata, al parecer, de un proceso cíclico, pues el mar finalmente se deseca, dejando tras de sí una profunda sima, presta a recibir la siguiente inundación.
Al acabar de leer Balada de las noches bravas, piensa uno que la vida, para los protagonistas de esta novela, es como aquella gigantesca inundación cíclica, en la que cada uno de ellos es, a la vez, el agua que inunda y el paisaje que la inundación origina -un paisaje después de la batalla-, y que la fuerza impulsora es el deseo experimentado en todas y cada una de sus formas -narcisismo, soberbia, ambición, sexo, masoquismo, culpa, envidia, miedo, celos, venganza, sadismo… hijas todas de las dos formas primigenias: Eros y Misos, amor y odio, afecto y rechazo-. En palabras de Ciro, el narrador y protagonista: comprendí que el universo del deseo era amplio, íntimo y a la vez ajeno, y que sus campos se extendían como una radiación sobre todas las esferas de la vida e impregnaban por igual a todos los cuerpos. Así es el deseo: líquido e inabarcable como el mar, inconsistente como el agua.
Debió ser un clérigo malintencionado quien inventó la falaz expresión del deseo animal, con el fin, sin duda, de rebajarlo de categoría, y mitigar así el poder del rival más grande al que tiene que enfrentarse toda religión -un clérigo, quizás, como el tío jesuita del protagonista, que censura en otros lo que es habitual en él-. Pero el deseo no puede ser animal -el impulso sí, el deseo nunca-, porque el deseo es más sutil, elaborado y poderoso que cualquier impulso, porque cuando aspira a lo inalcanzable, lo abarca todo y hace uso de todo -de nuestro organismo y de nuestra mente, de los objetos, del lenguaje y de lo indecible-. Por eso es definitivamente humano.
George Gurdjieff decía que hay tres caminos tradicionales para llegar a desarrollar los poderes latentes del hombre: el camino del fakir, el del monje y el del yogi, cada uno de los cuales requiere que el candidato abandone el mundo para poder transitar por el sendero luminoso. Esos tres caminos no son sino los de la aniquilación del deseo como forma de superar tanto la alegría como el dolor. Por oposición, Jesús Ferrero elije adentrarse en el sendero oscuro que desciende a los infiernos. Balada de las noches bravas relata la vida de un grupo de jóvenes nacidos en la España de los años cincuenta, desde su infancia hasta el final de la juventud, y sus viajes, tanto geográficos como psicológicos, en los que cada uno es a la vez un explorador y un fugitivo. Dos escenas representan los extremos entre los que habrán de moverse: el banquete platónico inicial donde, animados por el vino, los adolescentes hablan alegres y despreocupados de un amor que desconocen, y el ágape fúnebre final, en el que se entregan a la orgía en una habitación en la que una liga roja cubre los ojos de la estatua de Minerva –simpática manera de señalar que no hay sabiduría posible cuando el deseo se impone-. Pero la novela es sobre todo la historia de un amor llevado al extremo, despojado de todo límite, un amor que conduce a la locura, pero también a la claridad, como si una fuese condición de la otra. Un amor donde los enamorados a veces se maltratan hasta la destrucción, y otras experimentan una unidad que los supera y trasciende, que los deja atrás –la persona amada es a veces un extraño, y otras indistinguible de uno mismo, la comunión de la sangre y de la mente-. En este sentido, la figura del jesuita representa la incapacidad de llevar el deseo más allá del simple desahogo -lo que supone, irónicamente, una forma de contención-. Sin embargo el opuesto absoluto a Ciro es Isaac Morengo, el cartero que intercepta y reescribe cartas. Incapaz de experimentar su propio deseo, se empeña en escribir, de manera literal, la vida de los otros, delirio máximo del escritor: gracias a mi oficio, entro en los corazones, y hasta puedo modificarlos. Es, a pesar de su incapacidad de vivir la vida, el que más y mejor comprende a los otros.
Es posible que en la vida no haya tres tiempos, sino solo dos, entrelazados de manera inseparable: el tiempo de la experiencia, y el tiempo de la memoria –puede que exista un tercero, el de la rutina, pero este es, casi por definición, la ausencia de tiempo-. Si en Las experiencias del deseo -premio Anagrama de ensayo 2009-, Ferrero trataba el asunto desde la distancia del ensayo, en Baladas de las noches bravas, se adentra -o se sumerge- en esas experiencias desde la memoria de lo vivido. Ferrero parece sugerir que esa oscuridad, ese descenso a los infiernos, es también un sendero luminoso, que también la devastación -y no solo la trascendencia mística- es un camino que trae algo de luz a nuestras vidas. Y si el tiempo de la vida es el de la experiencia, el tiempo de la escritura es el del intento de alcanzar algún tipo de comprensión. Ciro repasa su vida desde el deseo propio de la memoria: el de buscar un sentido a lo vivido. Todos y cada uno de los capítulos están titulados con un interrogante, como si las preguntas fuesen lo más cerca que podemos estar de una explicación, de un relato de vida –es posible incluso, como sucede en el último capítulo, que ni siquiera sea posible formular la pregunta-. En el relato se percibe el esfuerzo permanente de la memoria por reinterpretar la vida para acomodarla a cada nueva experiencia -me pregunté cuantos sujetos diferentes habían ido habitando mi cuerpo desde aquellos días tan lejanos en la región de las lagunas-. Intento fútil, como parece dar a entender el propio Ciro cuando habla del amor: saben que la transparencia es una ilusión, y que el amor es una sucesión de preguntas mal formuladas y respuestas mal entendidas.
La novela se desarrolla necesariamente en el espacio radical del abismo, mental y físico, desde la casa donde viven Ciro y Beatriz niños –la casa de los precipicios-, hasta el sobrecogedor paisaje de las escalinatas de Taishan, con sus siete mil escalones que conducen a la Puerta del Cielo. También la palabra remite al mismo lugar cuando habla de arrojarse a los brazos del amado. El abismo, aquí, no debe entenderse como la frontera entre la existencia y el vacío, sino como la condición necesaria de algunas experiencias que permiten superar lo conocido, lo concebible incluso. Quizás sea esta la manera de entender las enigmáticas palabras del poeta Valente: ¿Os dan miedo las alturas? ¿Creéis que el desbordamiento de la angustia tiene algo que ver con arrojarse de lo alto de un rascacielos? No, no… el desbordamiento de la angustia es superarla en sus límites naturales y dejarla atrás… Ahora lo único que habéis experimentado es el horror al vacío. O la igualmente enigmática inscripción en Taishan: Supera lo concebible.
Toda la novela está teñida de la luz crepuscular de un mundo que se acaba, del aire sofocante de la habitación de un moribundo, de escenarios fantasmales, y a la vez mágicos: por un lado el ocaso del París de las vanguardias y de los intelectuales, que vela su propio cadáver en la muerte de sus dioses -Foucault, Barthes, Deleuze, Althusser, Lacan…-, pero también Pekín y su Ciudad Prohibida, tomada por los comunistas de Mao. Una luz gris, sombría y melancólica que todos los escenarios de la novela -París, pero también la Navarra rural, Pamplona, Ginebra, San Sebastián, Normandía…- arrojan sobre los personajes, para los que el mundo que agoniza es el de su propia juventud –la muerte de la inmortalidad, en palabras del narrador-. Toda esta oscuridad confiere una ternura singular a las palabras de Althusser, quien encerrado en un psiquiátrico por matar a su esposa, exhorta a Ciro: Porque la luz es un don. […] Lo más vertiginoso de la vida es que nada se repite y que todo es como un viaje hacia no se sabe qué luces y hacia no se sabe qué tinieblas, y lo más emocionante de existir es que nada es como fue y nada es como será… Márchate inmediatamente de aquí… -rugió-. Juraría que aún no mereces el infierno.
Hay en la novela mucho de autobiográfico. Quizás el abordaje de la vida propia desde la ficción permita, paradójicamente, un acercamiento más vivo y más sincero que otras fórmulas. Sorprende al lector la distancia con la que el narrador aborda los aspectos más conflictivos de la vida de sus padres, las infidelidades, las traiciones y el deseo desbordado, sin que se perciba juicio alguno: más que matarme a mí o matar a mi madre, mi padre quería matarse a sí mismo: convertirse en otro. Todos queremos convertirnos en otro varias veces en la vida, y por eso se estaba arrojando a los brazos de la madre de mi amiga.
Las referencias a la Divina Comedia son evidentes ya desde el índice, que replica la estructura de la obra de Dante, si bien Ferrero añade dos escenarios -Mundo y Limbo- a los tres de la obra clásica –Inferno, Purgatorio y Paradiso-. El nombre de Beatriz, la al tiempo amada y odiada protagonista, es otra referencia obvia. El número nueve, favorito del protagonista, remite a los nueve círculos del infierno de la obra de Dante. Pero siendo esta la principal, la novela está plagada de otras referencias literarias, musicales y filosóficas, desde Camus, Hemingway, Fitzgerald, Cortazar y De Quincey, pasando por la poesía de San Juan, Valente, García Calvo, Gimferrer, Carlos Edmundo de Ory o Rubén Darío, hasta Barthes y sus Fragmentos de un discurso amoroso -que es quizás la otra referencia necesaria de la novela-. Algunos de ellos incluso aparecen como personajes secundarios en la novela.
Como han señalado otras reseñas, su temática, su profundidad literaria y filosófica, la construcción de personajes, su estructura, e incluso las innumerables referencias, hacen de Balada de las noches bravas una novela ambiciosa y compleja como pocas. Un texto que los espíritus agitados deberían leer con precaución.
Para finalizar esta reseña, sirvan estas palabras del autor en su otra obra mencionada: Si yo fuera un poeta chino diría que el deseo es como un jarrón que el chorro de agua nunca colma, parecido al abismo y constitutivo de la materia del abismo.


ene 27 2014

Días de lengua roja

Artículo escrito por: Beatriz Silva

Uno tarda unos instantes en decidirse a abrir Días de lengua roja. Los que tarda en examinar la preciosa encuadernación japonesa que lo envuelve. Y, cuando lo hace, es como si hubiera abierto uno de esos libros mágicos, en los que las imágenes saltan de cada página. Leerlo es recrearse en la cadencia y en el Verbo, en la sonoridad que llena la boca como las especias. Uno se ve, de pronto, transportado al desierto, sentado en corro alrededor de un fuego, asistiendo al devenir de los tiempos. Batallas, jinetes, traiciones, lunas, sangre, nostalgias, todo surge en medio de la noche. El poder evocador de la palabra, en manos de Pilar Salamanca, es enorme. Rotundo. El de la Palabra hermosa, musical, casi olvidada, de los bellos vocablos de origen árabe que subsisten en nuestra lengua, y a los que la autora rinde homenaje en estos versos. Poemas en los que nos narra, rememorando y recreando la tradición oral, la historia de un pueblo. El poemario, con un total de 53 poemas, se divide en tres partes. Tres lenguas. Las dos primeras, Lengua vieja y Lengua rota, a pesar de estar separadas, y diferenciadas, forman una unidad (poemas I a XXXV), inspirándose, respectivamente, en la expulsión de los moriscos en el siglo XVII, y en el levantamiento de las tribus árabes contra el Imperio Otómano, con Lawrence de Arabia como enviado del aún Imperio Británico. La tercera parte Lengua Roja, está dedicada a los sentimientos actuales del pueblo palestino. Muy recomendable.

Calificación: Hermoso.
Tipo de lector: Amante de las palabras.
¿Dónde puede leerse?: Bajo la noche del desierto, real o imaginaria.
¿Dónde encontrarlo?: Librería Vorágine.


ene 6 2014

Siete noches

Artículo escrito por: Augusto Prieto

Siete noches son siete ensayos, siete conferencias dictadas por Jorge Luis Borges que giran en torno a los temas más queridos por el escritor argentino, sobre los que aporta interesantes reflexiones aderezadas con su experiencia personal, su profunda erudición, y su capacidad lectora.
Tienen el tono culto, pero irónico y cercano, que se espera de un conferenciante.
La más conmovedora es quizás la que habla sobre una circunstancia personal, La ceguera, que le lleva de lo particular a lo general, de la desgracia a la compensación, de los placeres del mundo a la vida interior.
Hace una interpretación personal de La cábala y El budismo en otros textos que ayudarán al lector a situarse en esos sistemas, y que son eficaces por la capacidad de condensación con la que están compuestas.
Sabemos que Las mil y una noches y La divina comedia son parte inseparable del universo borgeano, el propio autor nos desvela porqué, qué ha encontrado en esas obras que le fascine.
También analiza los resortes de La poesía, algo destacado viniendo de un maestro.
El estudio sobre La pesadilla y sus mecanismos, sobre lo literario en los sueños y las pesadillas en la literatura, sobre sus pesadillas que crearon literatura es quizás, por lo infrecuente, el que yo encuentro más sugerente. Interesantes son todos.

Calificación: Muy interesante.
Tipo de lector: Cualquiera con necesidad de cultura.
Tipo de lectura: Amena.
Argumentos: Variados.
Personajes: Él.
¿Dónde puede leerse?: En la gran sala de un ateneo.
¿Dónde encontrarlo?: Pídelo en tu librería habitual.


ene 1 2014

Pórtico

Artículo escrito por: Gabriel Ramírez Lozano

Algunas novelas marcan un antes y un después en la vida lectora de las personas.
Cada libro tiene su momento. Por ejemplo, la recomendación (obligación) que se hace a los estudiantes de ESO y Bachillerato con El Quijote suele ser un desastre. Demasiado jóvenes para enfrentarse a esa novela. No sé si por exceso de hormonas o por falta de interés por la literatura o porque las obligaciones suelen funcionar mal. Lógicamente, hay excepciones aunque muchas menos de lo que se quiere ver. Sin embargo, algunos de los que no pudieron pasar del primer capítulo, leen la obra de Cervantes más adelante y quedan fascinados.
Un libro que llega en el momento adecuado es una alegría y una forma (la única) de encontrar en la lectura el entretenimiento y el refugio necesarios para un entendimiento mejor del mundo real. Los padres desesperados deben entender que la clave es la paciencia y no la obligación. Cuando el cuerpo pide otra cosa no hay remedio posible. Lo mejor es asumirlo sin dramas y esperar.
Pórtico es una novela de ciencia ficción, la primera de la tetralogía sobre los Heechee, que llegó a manos del que escribe hace ya muchos años. Sin éxito. Ahora, al regresar, le ha fascinado.
La firma Frederik Pohl y narra cómo los hombres se enfrentan a un descubrimiento que les convierte en microbios respecto a la ciencia (respecto a su propia humanidad siempre lo fueron, lo somos). Quinientos mil millones de años antes, unos seres bautizados como heechee, abandonaron un asteroide que, ahora, encuentra el hombre. Allí hay un gran número de naves que viajan a lugares del espacio previamente programados por los que fueron sus creadores. Pueden ir hasta lugares maravillosos o terribles, peligrosos. En algunos puntos se encuentran tesoros heechee. Los prospectores humanos (como se hizo en el continente americano, por ejemplo) viajan sin saber si regresarán o lo harán convertidos en puré o ricos para siempre. Mientras, en la Tierra, el hambre y la superpoblación son insoportables. Tanto que el ser humano ha tenido que buscar nuevos lugares de residencia (otros planetas; ya saben, en mundos imposibles que obligan a vivir en túneles como ratas). Tanto que los alimentos son sintéticos (el norte de América es el gran productor).
El narrador es Robinette Broadhead (la elección de este narrador personaje es uno de los grandes aciertos de Pohl puesto que sus características aportan una enorme credibilidad al relato). Además, es el personaje principal. Pohl logra construir esta voz con maestría. A base de sugerencias, de ocultaciones que el lector va detectando, incluso de mentiras que no puede disimular el personaje. Se alternan momentos pasados y presentes. Broadhead fue prospector. Indeciso; atenazado, siempre, por el miedo; en definitiva, cobarde. Nos cuenta cómo llegó a Pórtico, cómo era su vida en la Tierra, sus experiencias como explorador espacial. Y, también, sus actuales sesiones frente a un robot que hace las veces de psicoterapeuta. La culpa, el arrepentimiento, le impiden vivir con normalidad a pesar de la gran fortuna que acumuló en uno de sus viajes interestelares. La construcción de su condición sexual es una auténtica maravilla literaria. Un giro de la cabeza, una actitud que no se puede entender bien, la proximidad de alguien. El mundo que dibuja el autor acepta la homosexualidad como algo normal, como lo que es. Y buena parte de la novela debe entenderse desde ese territorio.
Frederik Pohl dosifica la información magistralmente. De los Heechee apenas sabemos nada. De esto va el relato. Del no saber, de la imposibilidad de entender por parte del ser humano. Creemos ser los reyes de la galaxia y no somos más que un pequeñísimo granito de arena en el universo. Además de alternar capítulos sobre el presente y el pasado del personaje, se insertan (en recuadros aparte) anuncios, documentos, fragmentos de charlas o clases, informes sobre vuelos en naves Heechee, que nos ayudan a entender la vida en Pórtico. Muchos de estos pequeños textos son irónicos, otros tremendos y, sólo un par de ellos, aportan información directa sobre lo que es el protagonista. Son el reflejo de un mundo decadente e insoportable. El conjunto nos brinda una panorámica, perfectamente detallada, que va tomando forma con rapidez.
El mundo de Pórtico es, en realidad, el nuestro aunque en él se amplifiquen los problemas. Hambre, desilusión, compañías que acumulan beneficios disparatados mientras la gente muere del hambre o las mujeres se prostituyen para poder alimentar a sus hijos, venta de órganos para que los ricos puedan seguir viviendo. La ignorancia respecto a lo que somos es inmensa, casi vergonzosa. Y, también, en Pórtico hay cosas intocables, eternas: el amor, la culpa, el arrepentimiento.
El ritmo narrativo y la tensión argumental van a más y llegan a alcanzar un nivel extraordinario. No por la trama ni por lo que sabemos. No, el gran secreto de esta obra está en la otra orilla, en la orilla de lo oculto, de lo que no sabemos ni podemos llegar a saber. La ignorancia y el miedo que esto provoca es el gran asunto que Pohl quiere tratar. Por ello, el recurso de dosificar la información, la poca información, funciona de maravilla. El clima de desconcierto en el lector es abrumador; lo mismo que el de los humanos desplazados hasta Pórtico.
Es muy posible que la literatura de ciencia ficción tome una relevancia mucho mayor que la que tiene actualmente. Y serán novelas como Pórtico las que abran las puertas de ese camino que parece inevitable. Ya lo he dicho otras veces: la ciencia ficción trata de explicar nuestro mundo, nunca otros. Y tiene intactas muchas posibilidades mientras otro tipo de novelas se encuentran en callejones sin salida retorciéndose sobre sí mismas.

Calificación: Excelente.
Tipo de lectura: Apasionante. Entre dudas e ignorancia. Como cada día que pasa, vaya.
Tipo de lector: Aficionados a la ciencia ficción, desde luego. Pero cualquier lector se debería acercar a esta obra para descubrir otra forma de entender la literatura y, por tanto, el universo.
Argumento: El ser humano es ignorante y eso le convierte en un ser débil y vulnerable. Aunque, a pesar de todo, sale adelante.
¿Dónde puede leerse?: En el planetario.
¿Dónde puede comprarse?: Pídelo en tu librería habitual.


dic 30 2013

Cómo gobernar un país (Una guía antigua para políticos modernos)

Artículo escrito por: Gabriel Ramírez Lozano

Leer las obras clásicas parece que se ha convertido en algo reservado a eruditos, estudiantes que no tienen más remedio que hacerlo por cuestiones académicas, o a cuatro locos que siguen leyendo todo lo que les cae entre las manos. Sin embargo, leer a los clásicos debería ser algo obligado, algo imprescindible para todo estudiante, para toda persona que quiera tener un criterio bien construido o para cualquier loco lector. Pensar que los clásicos dijeron cosas sin importancia o alejadas de nuestra realidad es una torpeza absoluta. Deja perplejo a cualquiera lo extraordinariamente modernos que resultan los textos escritos por griegos y romanos. En curioso pensar en las miles de personas que andan buscando una modernidad que nos espera desde hace siglos en las bibliotecas.
Marco Tulio Cicerón fue un gran estadista romano. Antes de morir, dejó escritos textos excelentes que, en parte, se recogen en este libro que han titulado Cómo gobernar un país (Una guía antigua para políticos modernos), comentados por Philip Freeman. La edición es bilingüe (castellano – latín, claro), así que los pocos que son capaces de leer en latín, lo pasarán en grande. En cualquier caso, en castellano, los textos son magníficos puesto que la traducción es muy buena.
Lo que dijo Cicerón sigue siendo útil para cualquier sociedad, para cualquiera que tenga la gran responsabilidad de dirigir un país. Los textos elegidos hablan del derecho natural, de las dotes de mando, de la corrupción y sus consecuencias, de cómo tratar a los enemigos, del arte de persuadir y la necesidad de ceder. Cicerón se muestra como un hombre íntegro, sabio y sensato.
El libro es una recopilación estupenda que los políticos deberían llevar siempre en la cartera. Y los que no lo somos, también. Para saber hacer, para saber exigir. Pero, sobre todo, para hacerlos nuestros.

Calificación: Excelente.
Tipo de lectura: Rápida, amena.
Tipo de lector: ¿Políticos? No sé yo si querrán leer estas cosas. Si alguien lee con frecuencia, este libro es obligado.
¿Dónde puede leerse?: A las puertas del Congreso o del Senado. A las del ayuntamiento. Incluso junto al despacho del jefe.
¿Dónde puede comprarse?: Pídelo en tu librería habitual.


dic 23 2013

Quiéreme bien (Una historia de maltrato)

Artículo escrito por: Gabriel Ramírez Lozano


El problema es que piensas demasiado; tú no pienses, haz lo que tengas que hacer y punto. Dicho así podría parecer algo inofensivo. Sin embargo, estas son dos frases, tan sólo un ejemplo, que podrían ser la señal de lo que llega en una relación. Mañana se podrían convertir en no pienses; haz lo que te digo y punto. No cambian tanto las palabras, pero si el estado de las cosas. Cuidado con las señales. Conviene fijarse en ellas y tratar de comprender.
Quiéreme bien es un cómic de Rosalind B. Penfold. Cuenta la historia de una relación de pareja. Un desastre absoluto en el que el maltrato aparece como protagonista desde el primer momento. Primero como un detalle, como lo que podría parecer una confusión o un arrebato circunstancial; finalmente como algo físico, violento. Mientras, maltrato psicológico con el que ella termina odiándose, siendo una mujer insegura. Mientras, infidelidades y celos. Mientras, mentiras y una actitud amenazadora con la mujer, con los niños.
Brian, el marido, dice que una vez que la persona se siente insegura, puedes hacer con ella lo que quieras. Eses es el proceso, una evolución hacia el maltrato, hacia una descomunal tragedia que podría terminar con la vida de las personas.
El dibujo de la autora es sencillo. A veces, casi infantil. Aunque expresa muy bien los sentimientos, cómo fue lo que pasó. Pone los pelos de punta algún pasaje y, desde luego, el libro es un relato espeluznante de lo que supone una situación como la que se relata.
Se trata de un libro que deberían leer los jóvenes, los adultos, todo tipo de personas, sea cual sea su situación social o sentimental. Porque en él quedan reflejadas todas aquellas señales visibles o no que anuncian lo que llamamos violencia de género, maltrato en el matrimonio o noviazgo.
En la página www.friends-of-rosalind.com hay información muy útil para personas que tengan alrededor una situación sospechosa o conocida.

Calificación: Muy bueno.
¿Tipo de lector?: Mujeres y hombres con un mínimo de sensibilidad ante este problema.
¿Tipo de lectura?: Pone los pelos de punta.
Argumento: El proceso habitual de un caso de violencia de género.
Personajes: Redondos.
¿Dónde puede leerse?: En compañía de tu pareja, en el sofá de casa.
¿Dónde puede comprarse?: Pídelo en tu librería habitual.