ago 27 2014

Rosa candida

Artículo escrito por: Florencia del Campo

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La rosa candida es una rosa blanca. La rosa de ocho pétalos es una rosa sin espinas, que se asemeja mucho a la anterior, pero que no es blanca, es de un color infrecuente. La rosa candida, como simbolismo de todas las rosaledas, de lo infrecuente, de lo aislado y por salvar, de lo apartado y por encontrar, de lo efímero que puede renacer, es la que le da título a la novela de la autora islandesa Audur Ava Ólafsdóttir.
Rosa candida es una novela que huele a botánica y a gastronomía permanentemente, página tras página. Un joven de veintidós años deja Islandia para llegar a un pequeño pueblo de alguna parte de Europa y resucitar una de las rosaledas más famosas del mundo, que con el paso del tiempo se ha cubierto de malas hierbas y ha dejado a sus rosales en un estado lamentable. Pero también es una novela sobre las casualidades o la predestinación incluso, y entonces no puede uno salvarse de leer en esa clave toda una serie de acontecimientos. Por un lado, están aquellos que los propios personajes reconocen como efectos de esta marca de la casualidad o la predestinación: que el nacimiento de la hija del joven y el cumpleaños y la muerte de su madre sucedieran las tres cosas en la misma fecha, un siete de agosto; o que el joven encontrara tres tréboles de seis hojas el día que cumplía seis años. Pero por otro lado, del lado del lector tal vez, queda toda una lectura que se ofrece a ser decodificada bajo este código de las coincidencias, si se quiere.Y aquí entran nuevos simbolismos: que el joven conciba a su hija en el invernadero de la casa de sus padres, el lugar donde está lo fértil, la tierra donde crecen las plantas; que el personaje que daba vida, el que “echaba firmes raíces” (el de la madre) sea el que muere en un accidente y el que hable, moribunda, con sus últimos suspiros, de la luz y los colores de la tierra; que el padre, la figura masculina, sea electricista y se contraponga a este joven interesado en las plantas, el niño mimado de mamá, al que nunca le han interesado las máquinas y cuya virilidad es puesta a prueba por su padre cuando le pregunta algo de electricidad, y puesta en duda por más de un personaje que se cruza con él en la aventura de su vida.
Pero por fuera de este mundo florido que compartían el joven y su madre, una dupla en la familia, está la individualidad. Y en la individualidad se halla sobre todo el cuerpo, eso que es único y únicamente propio. Un cuerpo, en este caso, de veintidós años que se transforma con una cicatriz tras una operación de urgencia de apendicitis, y que ya nunca, entonces, puede volver a ser el que era, aquel sin marca en el abdomen del lado derecho. Un cuerpo que exige ser tanteado y tocado para reconocerse varón y comprobar que tiene vida. Un cuerpo que intenta ser entendido en relación al resto del ser y al cuerpo de los otros. Un cuerpo que necesita del cuidado de las mujeres, y ellas, en la novela, a falta de madre, adquieren un papel fundamental, no importa si se trata de enfermeras, azafatas, vecinas o camareras, jóvenes o ancianas. Sin embargo, como un fruto, este joven madura y ese cuerpo vulnerable y no del todo viril deja de ser pensado como tal para pensarse menos y, en cambio, experimentarse en el deseo que siente por la madre de su hija, o como envase de lo paternal y despliegue del cuidado de ese bebé de nueve meses (que opera en la trama como una presencia mágica, religiosa y sanadora) que va a parar al pueblo aislado de Europa no por coincidencia, sino en este caso por planificación. Cuando el cuerpo se aparta del centro de la escena y pasa a segundo plano, entonces puede comenzar a haber lugar para la gramática, el lenguaje, las palabras: la vinculación no sexual, la comunicación e incluso el cine. El cura Tomás, que habita en el monasterio donde trabaja el joven, es un poco el consejero, aunque hombre de pocas palabras, y precisamente por eso se vale de su pasión, el cine, para aconsejar al jardinero inquieto y confuso, primero sobre comidas, luego y de a poco, sobre temas más profundos.
La comida, así como las plantas con la madre, es ante todo el nexo entre padre e hijo. La presencia del padre va unida, en el recuerdo del hijo, a las horas de la comida. Cuando el joven lo llama por teléfono desde el extranjero, estas conversaciones giran siempre en torno a las comidas. El padre pregunta por recetas, pide consejos a su hijo, que más mal que bien lo orienta. Luego estos diálogos se dan vuelta: cuando el joven está inmerso en su rol de padre de ese bebé de nueves meses, es él quien necesita consejos sobre cocina, y ahora quien pregunta y quien responde es el otro, porque ahora hay otro padre.
Debajo de esta novela natural, llena de pétalos, que huele bien, que colorea, que armoniza, que se cierra con musgos, arándanos y hierba, están todos estos interrogantes existenciales (porque el sexo –o más amplio, el cuerpo- y la muerte son tan protagonistas de la obra como las plantas), una búsqueda permanente de los personajes jóvenes por encontrarse a sí mismos, y una maquinaria audiovisual e intelectual, que es el cine, que intenta explicar o responder a alguna de las cuestiones que aquejan al joven. Antonioni, Bergman y Wong Kar-wai entre otros, cuando hay que responder, o averiguar al menos, sobre las mujeres, la muerte o las comidas.

Calificación: Muy bueno.
Tipo de lectura: Profunda.
Tipo de lector: En busca de sentido.
Personajes: Muy bien perfilados.
¿Dónde se puede leer?: En un parque.


mar 27 2014

Cásate conmigo

Artículo escrito por: Gabriel Ramírez Lozano

Cásate conmigo es un libro que reúne textos muy breves. Todos hablan del matrimonio. Del antes, del durante y del después. Trata de ser irónico, sarcástico y, si quieren, cómico. Ese es el objetivo de Dan Rhodes. Este es un autor que aplica lo aprendido en una escuela de escritura con exactitud; parece que los textos son soluciones a propuestas explícitas de alguien que quiere potenciar tus habilidades (me refiero al que debió ser su profesor).
Pero esto, que pudiera parecer interesante, deja de serlo pasadas las cinco primeras páginas. Resulta que Rhodes no deja ni un tópico sin aprovechar; resulta que Rhodes hace chistes bastante manoseados -poco literarios, por tanto- que perdieron la gracia hace un siglo; resulta que Rhodes convierte el sarcasmo en un sucedáneo del machismo y del insulto. Es verdad que la escritura es pulcra, de un nivel técnico más que aceptable; pero los textos carecen de alma, son cuadros gélidos. Los personajes no interesan por lo poco que ofrecen a cualquier lector, los escenarios pasan desapercibidos, la expresividad es nula.
Cásate conmigo es un libro que podría hacer reír a unos pocos. Sin embargo, dejará indiferentes a casi todos y muy enfadadas a las mujeres que se tengan un mínimo de respeto (es decir, a casi el cien por cien)

Calificación: Malo.
Tipo de lectura: Molesta por repetitiva y vacía.
Tipo de lector: No se me ocurre.
Argumento: El matrimonio es un asco, las mujeres unas brujas y los hombres unos santos mártires.
Personajes: Tópicos.
¿Dónde puede leerse?: Tampoco se me ocurre nada.


mar 4 2014

Balada de las noches bravas

Artículo escrito por: Javier Almodóvar

Cuentan que el Mediterráneo actual se formó a causa de una gigantesca inundación cuando una pequeña brecha se abrió en el estrecho de Gibraltar. Una inundación violenta y breve que fue configurando al paisaje del lecho marino. Se trata, al parecer, de un proceso cíclico, pues el mar finalmente se deseca, dejando tras de sí una profunda sima, presta a recibir la siguiente inundación.
Al acabar de leer Balada de las noches bravas, piensa uno que la vida, para los protagonistas de esta novela, es como aquella gigantesca inundación cíclica, en la que cada uno de ellos es, a la vez, el agua que inunda y el paisaje que la inundación origina -un paisaje después de la batalla-, y que la fuerza impulsora es el deseo experimentado en todas y cada una de sus formas -narcisismo, soberbia, ambición, sexo, masoquismo, culpa, envidia, miedo, celos, venganza, sadismo… hijas todas de las dos formas primigenias: Eros y Misos, amor y odio, afecto y rechazo-. En palabras de Ciro, el narrador y protagonista: comprendí que el universo del deseo era amplio, íntimo y a la vez ajeno, y que sus campos se extendían como una radiación sobre todas las esferas de la vida e impregnaban por igual a todos los cuerpos. Así es el deseo: líquido e inabarcable como el mar, inconsistente como el agua.
Debió ser un clérigo malintencionado quien inventó la falaz expresión del deseo animal, con el fin, sin duda, de rebajarlo de categoría, y mitigar así el poder del rival más grande al que tiene que enfrentarse toda religión -un clérigo, quizás, como el tío jesuita del protagonista, que censura en otros lo que es habitual en él-. Pero el deseo no puede ser animal -el impulso sí, el deseo nunca-, porque el deseo es más sutil, elaborado y poderoso que cualquier impulso, porque cuando aspira a lo inalcanzable, lo abarca todo y hace uso de todo -de nuestro organismo y de nuestra mente, de los objetos, del lenguaje y de lo indecible-. Por eso es definitivamente humano.
George Gurdjieff decía que hay tres caminos tradicionales para llegar a desarrollar los poderes latentes del hombre: el camino del fakir, el del monje y el del yogi, cada uno de los cuales requiere que el candidato abandone el mundo para poder transitar por el sendero luminoso. Esos tres caminos no son sino los de la aniquilación del deseo como forma de superar tanto la alegría como el dolor. Por oposición, Jesús Ferrero elije adentrarse en el sendero oscuro que desciende a los infiernos. Balada de las noches bravas relata la vida de un grupo de jóvenes nacidos en la España de los años cincuenta, desde su infancia hasta el final de la juventud, y sus viajes, tanto geográficos como psicológicos, en los que cada uno es a la vez un explorador y un fugitivo. Dos escenas representan los extremos entre los que habrán de moverse: el banquete platónico inicial donde, animados por el vino, los adolescentes hablan alegres y despreocupados de un amor que desconocen, y el ágape fúnebre final, en el que se entregan a la orgía en una habitación en la que una liga roja cubre los ojos de la estatua de Minerva –simpática manera de señalar que no hay sabiduría posible cuando el deseo se impone-. Pero la novela es sobre todo la historia de un amor llevado al extremo, despojado de todo límite, un amor que conduce a la locura, pero también a la claridad, como si una fuese condición de la otra. Un amor donde los enamorados a veces se maltratan hasta la destrucción, y otras experimentan una unidad que los supera y trasciende, que los deja atrás –la persona amada es a veces un extraño, y otras indistinguible de uno mismo, la comunión de la sangre y de la mente-. En este sentido, la figura del jesuita representa la incapacidad de llevar el deseo más allá del simple desahogo -lo que supone, irónicamente, una forma de contención-. Sin embargo el opuesto absoluto a Ciro es Isaac Morengo, el cartero que intercepta y reescribe cartas. Incapaz de experimentar su propio deseo, se empeña en escribir, de manera literal, la vida de los otros, delirio máximo del escritor: gracias a mi oficio, entro en los corazones, y hasta puedo modificarlos. Es, a pesar de su incapacidad de vivir la vida, el que más y mejor comprende a los otros.
Es posible que en la vida no haya tres tiempos, sino solo dos, entrelazados de manera inseparable: el tiempo de la experiencia, y el tiempo de la memoria –puede que exista un tercero, el de la rutina, pero este es, casi por definición, la ausencia de tiempo-. Si en Las experiencias del deseo -premio Anagrama de ensayo 2009-, Ferrero trataba el asunto desde la distancia del ensayo, en Baladas de las noches bravas, se adentra -o se sumerge- en esas experiencias desde la memoria de lo vivido. Ferrero parece sugerir que esa oscuridad, ese descenso a los infiernos, es también un sendero luminoso, que también la devastación -y no solo la trascendencia mística- es un camino que trae algo de luz a nuestras vidas. Y si el tiempo de la vida es el de la experiencia, el tiempo de la escritura es el del intento de alcanzar algún tipo de comprensión. Ciro repasa su vida desde el deseo propio de la memoria: el de buscar un sentido a lo vivido. Todos y cada uno de los capítulos están titulados con un interrogante, como si las preguntas fuesen lo más cerca que podemos estar de una explicación, de un relato de vida –es posible incluso, como sucede en el último capítulo, que ni siquiera sea posible formular la pregunta-. En el relato se percibe el esfuerzo permanente de la memoria por reinterpretar la vida para acomodarla a cada nueva experiencia -me pregunté cuantos sujetos diferentes habían ido habitando mi cuerpo desde aquellos días tan lejanos en la región de las lagunas-. Intento fútil, como parece dar a entender el propio Ciro cuando habla del amor: saben que la transparencia es una ilusión, y que el amor es una sucesión de preguntas mal formuladas y respuestas mal entendidas.
La novela se desarrolla necesariamente en el espacio radical del abismo, mental y físico, desde la casa donde viven Ciro y Beatriz niños –la casa de los precipicios-, hasta el sobrecogedor paisaje de las escalinatas de Taishan, con sus siete mil escalones que conducen a la Puerta del Cielo. También la palabra remite al mismo lugar cuando habla de arrojarse a los brazos del amado. El abismo, aquí, no debe entenderse como la frontera entre la existencia y el vacío, sino como la condición necesaria de algunas experiencias que permiten superar lo conocido, lo concebible incluso. Quizás sea esta la manera de entender las enigmáticas palabras del poeta Valente: ¿Os dan miedo las alturas? ¿Creéis que el desbordamiento de la angustia tiene algo que ver con arrojarse de lo alto de un rascacielos? No, no… el desbordamiento de la angustia es superarla en sus límites naturales y dejarla atrás… Ahora lo único que habéis experimentado es el horror al vacío. O la igualmente enigmática inscripción en Taishan: Supera lo concebible.
Toda la novela está teñida de la luz crepuscular de un mundo que se acaba, del aire sofocante de la habitación de un moribundo, de escenarios fantasmales, y a la vez mágicos: por un lado el ocaso del París de las vanguardias y de los intelectuales, que vela su propio cadáver en la muerte de sus dioses -Foucault, Barthes, Deleuze, Althusser, Lacan…-, pero también Pekín y su Ciudad Prohibida, tomada por los comunistas de Mao. Una luz gris, sombría y melancólica que todos los escenarios de la novela -París, pero también la Navarra rural, Pamplona, Ginebra, San Sebastián, Normandía…- arrojan sobre los personajes, para los que el mundo que agoniza es el de su propia juventud –la muerte de la inmortalidad, en palabras del narrador-. Toda esta oscuridad confiere una ternura singular a las palabras de Althusser, quien encerrado en un psiquiátrico por matar a su esposa, exhorta a Ciro: Porque la luz es un don. […] Lo más vertiginoso de la vida es que nada se repite y que todo es como un viaje hacia no se sabe qué luces y hacia no se sabe qué tinieblas, y lo más emocionante de existir es que nada es como fue y nada es como será… Márchate inmediatamente de aquí… -rugió-. Juraría que aún no mereces el infierno.
Hay en la novela mucho de autobiográfico. Quizás el abordaje de la vida propia desde la ficción permita, paradójicamente, un acercamiento más vivo y más sincero que otras fórmulas. Sorprende al lector la distancia con la que el narrador aborda los aspectos más conflictivos de la vida de sus padres, las infidelidades, las traiciones y el deseo desbordado, sin que se perciba juicio alguno: más que matarme a mí o matar a mi madre, mi padre quería matarse a sí mismo: convertirse en otro. Todos queremos convertirnos en otro varias veces en la vida, y por eso se estaba arrojando a los brazos de la madre de mi amiga.
Las referencias a la Divina Comedia son evidentes ya desde el índice, que replica la estructura de la obra de Dante, si bien Ferrero añade dos escenarios -Mundo y Limbo- a los tres de la obra clásica –Inferno, Purgatorio y Paradiso-. El nombre de Beatriz, la al tiempo amada y odiada protagonista, es otra referencia obvia. El número nueve, favorito del protagonista, remite a los nueve círculos del infierno de la obra de Dante. Pero siendo esta la principal, la novela está plagada de otras referencias literarias, musicales y filosóficas, desde Camus, Hemingway, Fitzgerald, Cortazar y De Quincey, pasando por la poesía de San Juan, Valente, García Calvo, Gimferrer, Carlos Edmundo de Ory o Rubén Darío, hasta Barthes y sus Fragmentos de un discurso amoroso -que es quizás la otra referencia necesaria de la novela-. Algunos de ellos incluso aparecen como personajes secundarios en la novela.
Como han señalado otras reseñas, su temática, su profundidad literaria y filosófica, la construcción de personajes, su estructura, e incluso las innumerables referencias, hacen de Balada de las noches bravas una novela ambiciosa y compleja como pocas. Un texto que los espíritus agitados deberían leer con precaución.
Para finalizar esta reseña, sirvan estas palabras del autor en su otra obra mencionada: Si yo fuera un poeta chino diría que el deseo es como un jarrón que el chorro de agua nunca colma, parecido al abismo y constitutivo de la materia del abismo.


feb 27 2014

Hazlo por mí

Artículo escrito por: Javier Almodóvar

Esa imagen que nos devuelve el espejo no es el yo narrativo: es, quizá, eso otro que reside en todos los ecos que la sangre contiene y que desde ahí grita: Hazlo por mí.
Escuchar esa voz que aspira a todo lo que promete el intento de separar cuerpo y alma es emprender una odisea alrededor de un círculo donde principio y fin dejan de tener sentido en favor de la metamorfosis que se opera en el lenguaje al ir de uno a otro. Ramón Reboiras investiga en este relato la naturaleza de la sustancia constituyente del yo literario, la voz narrativa: ese núcleo que ordena y articula todo cuanto existe desde el mismo centro del círculo hasta el mar que resuena de fondo en la Isla a la que llega el narrador de su relato con la esperanza de comprenderse a sí mismo.
El punto de partida es un narrador-personaje que acude a una clínica psiquiátrica con la esperanza de hallar remedio a sus males. Sin embargo, pronto declara su intención de establecer un doble juego: la obligación terapéutica de recabar un diario y el deseo de escribir un libro acerca de su estado. A lo largo del relato, ese ser narcisista que aparece al inicio y que todo lo enjuicia se va diluyendo en beneficio de una voz en cuyo discurso se incorporan los otros como parte de la experiencia propia: el narrador se funde con el espejo y pasa a ser, él mismo, imagen reflejada de todo lo que acontece a su alrededor. Solo de esta manera se puede comprender eso de que el narrador es un perfecto desconocido para sí mismo. El discurso se mueve desde un yo personificado hacia un yo deslocalizado en un lenguaje que se desencadena, que se genera a sí mismo, en el que cualquier anécdota (la lectura de un periódico,un anuncio) se suma a la creación de sentido a través de imágenes sorprendentes e inesperadas. En este viaje circular el yo no desaparece, solo se transforma, y en última instancia son la palabra y el lenguaje los elementos que acaban por imponerse en nombre de eso que ha venido en llamarse el estilo.
Para poder operar este cambio es necesario, en primera instancia, la suspensión del tiempo, conocimiento que aparece en el relato como una revelación que transforma la experiencia: el lenguaje de la seducción era revolotear alegremente alrededor de la flor sin nunca conquistarla. Solo en este juego sin fin es posible entrelazar pasado y presente con el fin de construir un recipiente en el que confinar todo aquello que presente y pasado por separado no podrían retener. Así, Reboiras nos trae y nos lleva por los entresijos de su memoria, por los recuerdos que han quedado fijados en un limbo personal en el que las sensaciones permanecen vivas, en el que todo sucede al mismo tiempo.
Pero ese yo metafísico que es el yo narrativo necesita de un medio en el que habitar, desarrollarse, del que nutrirse, un lugar al que anclarse. Ese lugar es, necesariamente, el dolor. Un dolor causado por el abandono del mundo-placenta radicado en el punto de partida, en el origen, un abandono que implica la asunción de los estigmas de la nostalgia y la separación. Es así como surge el mal oscuro, la visible oscuridad, y de este mal oscuro nace una exigencia de autenticidad: el requisito de atarse en carne viva al dolor y al sacrificio de seguir vivos y escribir al mismo tiempo sobre la enfermedad.
En palabras del narrador es en ese momento cuando claudican todas las potencias de la insensatez y la Literatura cobra todo su sentido. El dolor, la enfermedad son la condición necesaria para la Literatura, pero esta es, a la vez, elremedio, una vía a través de la cual recuperar el mundo perdido. El consuelo de la palabra que, instituida en Casa mítica, cura y alivia ese dolor.
Este es un libro acerca de las preguntas que subyacen en el ejercicio literario, de los problemas a los que se enfrenta el escritor. La maestría de Reboiras en este magnífico relato consiste en despojarlo de todo lo superfluo hasta dejar solo un material que es capaz de demostrarse a sí mismo, como esos teoremas que no necesitan para explicarse de otra cosa que no sea el propio lenguaje matemático.


feb 26 2014

Desgaste vital

Artículo escrito por: Augusto Prieto

Violencia.
A pesar de su aparente conformismo, los jóvenes perciben una violencia estructural que ha borrado de un plumazo los ideales y que condena a la mayoría de ellos a la mera supervivencia. De todas las maneras posibles se rebelan contra eso. Daniel, el protagonista de ésta novela, lo hará sumergiéndose en una espiral autodestructiva que tiene mucho de crítica social.
Desgaste vital es la Naranja mecánica de una generación para la que ya no quedan letras en el alfabeto, la de unos jóvenes a los que les han quitado incluso el anestésico de una vida cómoda y que se enfrentan a una realidad que precipita. La jerga de la novela de Burguess se transforma aquí en un estilo minucioso, prolijo, es el de los jóvenes sobradamente preparados aunque no saben para qué. La música sigue presente, sí, como paliativo, pero desafortunadamente la sociedad no es ya una distopía, sino la que vemos cada día cuando salimos a la calle: estudios, fiesta, vacío y botellón. No hay futuro. No hay nada más que Desgaste vital.
Paulo García Conde, escritor gallego nacido en plena generación Y, firma el manifiesto de la rabia ante una época de incertidumbre, lo hace regresando al realismo literario, huyendo de todo experimento, centrándose en dominar el lenguaje y en componer con éste el ambiente urbano y emocional de la ausencia de perspectivas, en una ciudad que es cualquiera de nuestras ciudades, con unos personajes que reconocemos próximos.
Es el retrato de la frustración después de una gran impostura. Con una voz narrativa descreída y sarcástica veremos a Daniel desdoblarse en su gemelo malvado, en un ejercicio de bipolaridad que entronca con una larga tradición literaria en la investigación sobre ese lado oscuro de la mente humana.

Calificación: Muy interesante.
Tipo de lector: Cualquiera.
Tipo de lectura: Fluida.
Argumento: Inquietante.
Personajes: Oscuros.
¿Dónde puede leerse?: En un parque, de noche.
¿Dónde encontrarlo?: Pídelo en tu librería habitual o en www.editorialcirculorojo.com


feb 22 2014

Estudio en escarlata

Artículo escrito por: Augusto Prieto

Fue su primera aparición pública, pero Sherlock Holmes ya apuntaba maneras, aunque el protagonismo lo adquieren en esta novela, sobre todo, la voz narrativa del doctor Watson y una trama vengativa y justiciera que nos sitúa, como lectores, en donde no esperábamos.
Estudio en escarlata es un híbrido entre una novela romántica de aventuras y un caso de investigación, y es mucho mejor y más interesante la primera que lo segundo. Empiezan ya a perfilarse las características del detective que se convertirá después de cuatro novelas y muchos relatos en un ser real, un golem salido de la mente de un escritor británico, Arthur Conan Doyle, una entidad con vida propia que recorrerá las ondas radiofónicas y el cinematógrafo, las publicaciones de masas pero también los estudios de los eruditos, todo gracias a su perspicacia intuitiva, a su capacidad de interpretar pequeños rastros y detalles en la búsqueda de los criminales.
Una cierta imagen de Londres, de sus bajos fondos y su niebla espesa, es inseparable de la de uno de sus más ilustres habitantes -221B Baker Street- así como ciertas puntillosas características de la organización británica como los prolijos horarios de los trenes, los coches de punto de tracción animal y la comunicación telegráfica; aunque también hay aquí un inesperado viaje al corazón salvaje de la América profunda.
La redacción de la novela, los principios que mueven a los personajes, nos resultan hoy encantadoramente obsoletos.

Calificación: Curioso.
Tipo de lector: Aficionado a la novela policíaca.
Tipo de lectura: Algo anacrónica.
Argumento: Mixto como se ha escrito.
Personajes: Destacados.
¿Dónde puede leerse?: En Londres, una noche con niebla.
¿Dónde encontrarlo?: Pídelo en tu librería habitual.


feb 18 2014

El sentido de un final

Artículo escrito por: Augusto Prieto

El sentido de un final es el de cargar una novela de significado, el de provocar una mirada retrospectiva sobre la narración que hemos leído, y el de llevarnos a repasarla bajo la nueva luz que le aporte la conclusión que nos ha sido revelada.
Julian Barnes lo consigue astutamente con los variados recursos que hacen de sus novelas una caja de sorpresas. Juega con la estructura clásica de una tragedia, trasladando al lector las incertidumbres que asaltan a los héroes del género, el desconocimiento de su propio destino.
El escritor británico comienza con un retrato generacional, lo convierte en una novela de iniciación y luego, de repente, en una obra de madurez reflexiva, una mirada retrospectiva a la que se incorporará un acontecimiento inesperado. En esta parte desgrana pensamientos sobre la vida, el envejecimiento y las barreras generacionales pero también sobre la idealización del pasado, esa construcción voluntaria: la memoria.
Estudiando el peso inevitable de los actos.
Los fantasmas del ayer se despiertan cuando se creían dormidos y acuden a pedirle cuentas a nuestro protagonista que debe revisar su comportamiento, sus valores y la propia verdad de su existencia en una novela que va modificándose con cada párrafo en una cadena desconcertante.
Con su forma de escribir, Barnes consigue la cercanía y la verosimilitud de lo personal, aspiración máxima de todo novelista.

Calificación: Bueno.
Tipo de lector: Cualquiera.
Tipo de lectura: Astuta.
Argumento: Raro.
Personajes: Vivos.
¿Dónde puede leerse?: En un barrio de Londres.
¿Dónde encontrarlo?: Pídelo en tu librería habitual.


feb 16 2014

Llenos de vida

Artículo escrito por: Daniel Glez. Irala

Obra menor e íntima del escritor de origen italiano, John Fante, cuya vida transcurrió en L.A. Narra las peripecias de John Fante personaje, su esposa Joyce y el ya conocido abuelo albañil ultracatólico, que pone al joven padre en más de un brete. La crítica en su momento dijo que este John está más cerca de lo que pudiéramos pensar de Arturo Bandini, su alter ego en otras ficciones más afortunadas; se escribieron ríos de tinta sobre la capacidad opresiva del padre o más bien sobre el carácter marginal que su mandato somete al protagonista, un guionista de la Paramount, que quiere recuperar la literatura aun a costa de comer hormigas de la corteza de un árbol, y en ese empeño contará con su mujer, que lee libros de Chesterton y panfletos recopilados en la Iglesia, así como ensayos vinculados a la idea de tener que criar una prole de hijos cuanto más numerosa, mejor.
John duda que pueda salir ileso tanto de la voluntad de su padre como de su esposa; de hecho gracias a su actitud tan condenadamente razonable como a veces de gallito, consigue que se alíen ambos en su contra cuando al abuelo se le ocurre construir una chimenea, obligándose Joyce a cargar de un lado a otro de la casa con los pesados materiales, aún a sabiendas de que ello puede pasarle factura en su incipiente embarazo.
Hay quién dice que se tienen hijos para descubrirse jugando con una nueva adquisición; aquí John no da tregua a ningún tipo de desencanto, simplemente deja ver que los recursos son lo que son.
Uno no tiene más remedio que preguntarse quienes son esos tipos tan llenos de vida, sobre todo si espera encontrar un retrato sobre la beautiful people del Hollywood de la época; pues ya les advierto que de beautiful, nada; esta historia quizás debiera adscribirse más a la tradición de aquella película rodada hace unos años llamada Gente corriente.
Por lo demás, aparece un sacerdote que más que religioso al uso parece un vendedor de cosméticos.
La calificamos de obra menor, pero aún así y, a pesar de lograr otros propósitos y estar algo descabalgada en su producción, la capacidad innata para el diálogo y la narración, no pierden nervio en ningún momento.

Calificación: Muy buena.
Tipo de lectura: Ágil.
Tipo de lector: Acostumbrado a las travesuras Fante.
Argumento: Más autobiográfico si cabe que en otros casos.
Personajes: Redondos, orgánicos.
¿Dónde leerla?: Junto a alguna película firmada por su autor.