La verdad sobre el caso Harry Quebert

Artículo escrito por: Gabriel Ramírez Lozano

Esta no es una gran novela. Es un best seller. Y flojito.
La trama que prometen en la editorial -llena de giros impresionantes, de sorpresas y de maravillas imaginativas- resulta cargante, reiterativa y muy predecible si se lee con atención (algo muy difícil debido al aburrimiento que puede llegar a causar meterse, entre pecho y espalda, 662 páginas vacías de cualquier sentido literario y con el único aliciente de terminar lo antes posible). Novelas como esta se pueden encontrar a puñados es las estanterías de las librerías. Se lo garantizo.
El lenguaje utilizado por Joël Dicker es ramplón. Tan sólo destacan algunos pasajes cerca de lo cómico. Algo que se antoja insuficiente ante tanto ruido provocado por la publicación que alguien quiere convertir en obra de arte cuando está, en realidad, a la altura de El código Da Vinci. Poca, muy poca altura. Abundan los diálogos o, más exactamente, las conversaciones de portal entre personajes. Y cuando los personajes conversan, como lo puede hacer cualquiera al encontrarse con el conserje de la finca, arrastra al precipicio narrativo (en sentido absolutamente peyorativo) a esas almas creadas, en este caso, para nada. Los personajes se perfilan levemente, no se profundiza en su sicología, y todo parece superficial o anecdótico. Nos quedamos sin personajes. Hay que hacer un verdadero ejercicio de fe indomable para tragarse lo que les va ocurriendo durante la trama. Todo tiende a lo inverosímil. Las descripciones son insípidas y sobran, puesto que podrían intercambiarse otras con el mismo resultado. En fin, un festival de luz y de color.
Alguna cosa llama poderosamente la atención. Una de ellas es que, de principio a fin, se habla de una novela maravillosa escrita por uno de los personajes. Podemos leer extractos de ella en algún momento. Resulta ser tan mala como La verdad sobre el caso Harry Quebert. Mala de verdad. Cursi, llena de imágenes espantosas por su simplicidad y por la falta de sentido. La otra tiene que ver con una serie de recomendaciones que un personaje hace a otro para que consiga escribir una gran obra. Por lo que se ve, Joël Dicker cree que esto de escribir es algo así como la acumulación de fórmulas que, aplicadas con rigor, te convierten en escritor. Lo malo de esto que habrá lectores que se lo tomen en serio, lo apliquen en alguna ocasión y no entiendan cómo no triunfan de forma rotunda e inmediata.
Otro libro que roba el sitio a autores de verdad, que hacen literatura de verdad y que se quedan sin poder publicar. Si pueden evitar perder el tiempo leyendo este libro, mejor. Utilicen todas sus energías en libros que merezcan la pena.


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