¡Aquí no hay quien lea!

Artículo escrito por: Mar Franco

Cada año, aparecen unas listas de libros de obligada lectura veraniega, de las que hago caso omiso. Sé muy bien lo que quiero o me apetece leer. Al menos, eso creía yo.
Antes de salir de vacaciones, guardé en la maleta un ejemplar de La danza piadosa. El autor era, nada más y nada menos que el hijo de Thomas Mann (Muerte en Venecia), Klaus Mann. Su aura de escritor maldito: exilio, drogas, alcohol y suicidio, me sedujo casi tanto como su apellido. Alguien con una trayectoria vital de ese calibre, ¡cómo debía escribir!
Pensé que un libro era más que suficiente. Si lo acababa, siempre podría comprar otro.
Al compartir el apartamentito de playa con mi hermana, mi cuñado y sus dos hijos, de edades parecidas a las de los nuestros, pensamos que se entretendrían entre ellos, dejando en paz a los adultos.
Craso error. En la casa, con los pequeños encerrados entre cuatro paredes, era imposible concentrarse en la lectura. Fuera, la situación tampoco mejoraba. Eran necesarios dos adultos para controlarlos. Dos adultas, mejor dicho. Los papás al permanecer en la sombra, se mantenían alejados y fuera de la zona de conflicto.
Pero, ¡cómo se le ocurriría a mi hermana traer solamente dos flotadores! Se los habían regalado con las natillas, sí. Pues que hubiesen comido más natillas. Resultado: “La danza piadosa” permanecía intacta en el bolso, sepultada entre bronceadores, cubos de playa y toallas de súper héroes.
Al regresar, ponía el libro en la mesita de noche, con la esperanza de poder leerlo en algún momento. Inocente de mí. La peque, siempre quería dormir a mi lado y no podía encender la luz. Ojalá hubiese tenido un casco de minero, de esos que llevan la linternita incorporada.
Finalmente, regresé a Madrid, sin haber podido leer ni una sola página. Tranquilos todos, estoy en ello. En mi próximo post, prometo hablar de libros que, al igual que éste, han sido escritos por autores muy precoces. Ahora, toca leer, si es que me dejan.


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