Segundas oportunidades

Artículo escrito por: Mar Franco

Al leer o escuchar Segundas Oportunidades, todos pensamos en parejas, amigos, familiares, etc. La cosa va de escritores. Bien pensado, creo que las gasto igual con los libros que con las personas. Si abandono algo o a alguien, suele ser para siempre. Segundas partes nunca fueron buenas, con excepción, claro está, de la película El Padrino.
No sé vosotros, pero yo, si no me conquista el primer libro de un autor, no le concedo una segunda oportunidad, sea quien sea.
El primer condenado es Gabriel García Márquez. Ha recibido un Premio Nobel, es un genio de la literatura, además de un tipo entrañable pero, todavía no he leído Cien Años de Soledad, ni ubico Macondo en los mapas del realismo mágico.
¿Queréis saber qué me ocurrió con Gabo? Tendría yo catorce o quince añitos, era verano y, sufría unas vacaciones, en un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme (no river, no beach). La lectura era la única forma de evasión posible y, bueno, también estaba el matamoscas.
Pasaba unos días  en casa de mis tíos que, a pesar de su gran generosidad, ya estaban cansados de tanto comprar libros. Además, ya había devorado la pequeña biblioteca de la Concha, la vecina de la casa de al lado.
La nostalgia de Madrid comenzaba a adueñarse de mí, hasta que cayó en mis manos, no recuerdo bien cómo El Otoño del Patriarca. Me emocioné y planeé empezarlo por la tarde y, acabarlo a altas horas de la noche, todo de un tirón.
No pude con él, así de sencillo. Se me atragantó desde las primeras páginas. Nada como poner grandes expectativas en algo, para sufrir una gran decepción después.
Tengo otras dos asignaturas pendientes. Una es con Memorias de Adriano. Lo intenté, en esa etapa de la vida en que aparece el acné. Había escuchado afirmar, a gente muy culta, que era su libro de mesilla y, me propuse que también fuese el mío. No hubo forma. Ahora me dicen que, quizá era muy joven en aquel período, que lo intente ahora, que realmente merece la pena… Por el momento, creo que podré sobrevivir sin ninguna obra de Marguerite Yourcenar.
Por último, El Tiempo Perdido. Cuesta reconocerlo, porque Proust, es Proust. Inicié su lectura mientras guardaba reposo, por riesgo de prematuridad, durante el embarazo de mi primer hijo. Tenía mucho tiempo y, me desesperaba estar todo el día en la cama, sin poder moverme, ni frecuentar los centros comerciales, una de mis grandes pasiones.
No lo terminé. La culpa no fue del chachachá. Puede que el gran nivel de estrés y preocupación que sufría, fuese el causante. Me aterraba la idea de que el futuro bebé pudiera adelantarse y, nacer del tamaño de un Madelman.
¿Cómo termino esta disertación? Sigo en mis trece, si cambio de opinión y, perdono a los arriba mencionados literatos, os lo haré saber. Como postre, una frasecita de Con Faldas y a lo Loco: Nadie es perfecto (¡y ni falta que hace).


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