Hemingway y el padre de Esther

Artículo escrito por: Mar Franco

Esther y yo, éramos compañeras y amigas del instituto, quince y catorce añitos respectivamente. Nos sentábamos juntas en clase y lo pasábamos muy bien. Ella haciendo dibujitos y yo leyendo novelas que escondía entre los libros de texto. Debíamos tener trastorno por déficit de atención, aunque en aquella época, aún no existía tal denominación de origen.

Esther era rellenita, con una cara muy dulce y carácter bonachón, lo suficiente como para soportar mis bromitas: emparejarla con el Topo, el feo de la pandilla de mi hermano, por poner un ejemplo.
Aquel día, me encontraba totalmente abducida con Hemingway: “Adiós a las Armas”. Primera Guerra Mundial. Henry y Catherine se conocen en el frente y, durante una semana, ajenos a la contienda, viven intensamente su historia de amor en un hotel de Milán. Esther no conseguía arrancarme de mi lectura, incluso llegué a darle un codazo para que me dejase leer tranquila.
Mi amiga lo intentó de nuevo, esta vez con éxito. Solté el libro, para escuchar algo realmente importante: Su padre había tenido una novia y, cuando la dejó, ella se metió a monja.
Ahí no acababa todo… Existía un documento gráfico. Una foto que ella le envió con los hábitos puestos. Le rogué que al día siguiente, me trajese la instantánea de la ex novia.
Aunque algo desconcentrada, aquella tarde en mi cuarto, seguí avanzando en la lectura de mi libro. Catherine y Henry, huyendo de la guerra, habían logran escapar a Suiza, atravesando el gran lago en una barca. Yo me sentía feliz con mi parejita de héroes.
La mañana siguiente, se me hizo eterna la espera. No veía la hora de ver a mi compi. En cuanto entró en escena, corrí a su encuentro. Ella, muy ceremoniosamente, abrió su carpeta, y allí, metidita en una solapa, estaba la foto.
La monja llevaba un hábito de los de antes (que también hay moda santa o santa moda). Sólo se le veían los ojos, la nariz y los pómulos, pero se adivinaba una mujer guapa, por lo menos en mi imaginación. “Esther, no te enfades por lo que te voy a decir, pero tu padre, tu padre, no es para tanto. Es bajito y, ella, mira que meterse a monja por él…”.
Mi amiga, estaba casi tan emocionada y excitada con la fotito como yo, accediendo incluso a prestármela por unos cuantos días, porque de regalármela, como hubiese sido mi deseo, nada de nada.
Ese día no pude leer. Hacía como que atendía a los profesores, pero sólo pensaba en la monja y en el padre de Esther. A última hora, poco antes de salir, ocurrió algo terrible; me di cuenta de que en el dorso de la foto, había unas rayitas grises que el tiempo había medio borrado y, que parecían… ¡oh no!, las que llevan las tarjetas postales.
Me enfadé con Esther, mientras ella se retorcía de la risa, no por haberme tomado el pelo, sino por haberme hecho forjar y, luego romper esa ilusión: el sueño de aquella historia de amor y despecho con su padre como protagonista.
Lo de la foto no fue nada, comparado con lo que vino después. Esa tarde me sumergí en la lectura de nuevo y, llegué al final; un final muy, pero que muy triste y que no desvelaré.
Querido Ernest, nunca he comprendido la actitud de Henry ante el recién nacido. Los entendidos dicen que escribiste el final 47 veces.  ¿Te lo pensaste tanto también antes de suicidarte? Yo creo que no, ¿o sí?


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