Lección de alemán

Artículo escrito por: Gabriel Ramírez Lozano

En la década de los sesenta, un nutrido grupo de escritores alemanes, comprometidos con el sentido político (que no con los partidos), y con la renovación del impulso experimental de las vanguardias, promueve la conversión de la literatura en un asidero para miles de jóvenes que levantan barricadas en cualquier calle contra un poder que intuyen insulso, histérico y favorable a la ruina de la cultura. En ese marco histórico Siegfried Lenz publica Lección de alemán. Estamos en 1968.
Peter Weiss, Martín Wassar, Arno Schmidt o el mismo Siegfried Lenz son excelentes representantes de este movimiento cuya preocupación será más la palabra y el estallido etimológico que la idea pura. Algunos críticos les denominaron, desde el principio, como el grupo de los destructores. Son el producto de la influencia del Gruppe 47 que había intentado recolocar en el terreno de la autonomía cualquier manifestación artística; que se mostraba receloso ante ideologías de todo tipo; que no asumían compromisos con siglas, ni emblemas, ya que el análisis político no tenía cabida entre los severos traumas causados por lo que había sucedido en la Alemania de Hitler.
De entre todos ellos, Lenz es el más moderado. Muy joven, con tan sólo diecisiete años, se incorpora a la marina del ejército alemán. Una vez finalizado el conflicto mundial experimenta el paso como profesional por los medios de comunicación y, ya en 1961, publica su primera obra teatral con la que consigue el Premio de literatura de la ciudad de Bremen.
En plena madurez como escritor, publica Lección de alemán, su primera obra de éxito, en la que a través del ejercicio de castigo redactado por Siggi Jepsen (personaje principal de la novela que se encuentra recluido, por su propio padre, en un reformatorio para jóvenes difícilmente educables al proteger cuadros prohibidos), nos presenta un mundo construido por los adultos que destruye el de la infancia, un poder que busca el aniquilamiento cultural que es lo que hace el mundo algo vivo. El servicio al poder, representado por el padre de Siggi (policía en el puesto exterior de Rugüll que llevará más allá de la guerra su sentido de la obligación) se contrapone a la autonomía del arte, esta vez personificado en el pintor Nansem, que llega a calificar a los estamentos gobernantes como esos idiotas, esos una vez que conoce la prohibición expresa de su obra. Un artista que intentó en el pasado incorporarse al entramado político, pero fracasó por no encontrar un solo hueco. Todo esto lo descubrimos en la mirada de Siggi, que trata de utilizar la palabra del arte, la del color, como herramientas para interpretar un mundo deshecho, una infancia oscura con la única referencia de la rebeldía por medio de la escritura o la pintura. Ante los cuadros que describe el narrador, que van tomando vida a medida que avanza el relato, ni siquiera esos idiotas, esos pueden mantener una postura absurda frente al cumplimiento de un deber descerebrado. Cuadros que terminan siendo el retrato de una Europa devastada por el horror de la guerra.
Una excelente novela olvidada, desde hace años, por las editoriales españolas.

Calificación: Excelente.
Tipo de lectura: Placentera.
Tipo de lector: Cualquiera debería paladear una obra como esta.
Personajes: Perfectos en su diseño y evolución.
Argumento: Los poderosos no tienen arreglo.
¿Dónde puede leerse?: En casita, tranquilo.
¿Dónde puede comprarse?: Es difícil de encontrar. Tal vez en una librería de lance.


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