El enredo de la bolsa y la vida

Artículo escrito por: Daniel Glez. Irala

Hay autores que se divierten escribiendo, y eso es muy de agradecer dados los tiempos que corren. Eduardo Mendoza es, desde hace treinta años, uno de ellos. Sabe, desde la utilización de un narrador reconocible como loco y que ya hizo las delicias en la cripta embrujada y el laberinto de las aceitunas, montar una sátira quevedesca de los tiempos que corren, donde si no nos reconocemos, no es por falta de empatía precisamente.
La crisis económica, el boom de los bazares chinos, el terrorismo o el robo a un banco que burocratiza todo lo que toca, son algunos de los temas que con sorna y a través de la desaparición de un antiguo compañero de sanatorio, se nos advierten en escena de una forma disparatada, precisa y lúcida. Todo para no dejar títere con cabeza y ofrecernos bajo la apariencia de un malintencionado festín, toda una lección de realidad.
Eso y unos personajes afines a la voz principal; desde la adolescente Quesito, pasando por la suerte de curandero del sentido común, el timador Pollo Morgan o hasta la trasnochada femme fatale Lavinia Torrada, nos vehiculan la trama de un modo claro y poco dado a artificios, y es que por mucho que algunos sean secundarios, lo son de lujo en tanto en cuanto cada uno va a la suya; desde el colombiano que quiere participar en una película cuyo director no sabe lo que es una escaleta a políticos que actúan en la sombra poderosa como artífices coadyuvantes.

Calificación: Divertidísima.
Tipo de lectura: Ágil, dinámica.
Tipo de lector: Dispuesto a emborracharse de gracia.
Argumento: El detective y su desventurada vida a raíz del encuentro con un amigo del sanatorio años ha.
Personajes: Perfectos.
¿Dónde puede leerse?: En una biblioteca del Raval, sin levantar sospechas.


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