Jean-Léon Gérôme

Artículo escrito por: Augusto Prieto

La exposición que el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid ha dedicado al pintor francés Jean-Léon Gérôme ha sido una ocasión única para ver reunidos los cuadros de un pintor interesante, pero desacreditado; la mayor parte de cuyas obras se encuentran en colecciones americanas.
El catálogo peca de cierto alejamiento, no parecen los colaboradores demasiado cómplices del pintor, y pasan de puntillas sobre su obra, reivindicándola con poco convencimiento.
Son más curiosos que profundos los trabajos de Dominique Païni, que revisita al pintor como precursor de las escenografías cinematográficas; Édouard Papet en una breve reflexión sobre la policromía en sus esculturas; y Dominique de Font-Réaulx en cuanto a la relación del artista con la incipiente fotografía.
Los demás artículos tratan del interés de los coleccionistas norteamericanos contemporáneos, reflejan las opiniones de la crítica del momento, y justifican ésta exposición, organizada por el parisino museo d´Orsay, la Reunión de los Museos Nacionales de Francia, y el museo Paul J. Getty de Los Ángeles, en colaboración con el Thyssen.
Se toca someramente la más destacada de las vertientes del maestro francés, su cualidad como pintor histórico, como compositor de historias y gran escenógrafo.
Porque por encima de todo, Jean-Léon Gérôme actúa con los pinceles y los colores como un fotógrafo del pasado, un arqueólogo de la imagen, caracterizándose por el carácter narrativo de sus cuadros.
Falla la contextualización, un estudio profundo del lugar que ocupó en las corrientes en las que se inscribe y también, la forma en la que dialoga con éstas; su aportación -por ejemplo- a la pintura orientalista;  el contacto –o la ausencia del mismo- con los prerrafaelitas, y las cualidades que le destacan del resto del grupo de los denominados pompiers.
Porque Gérôme no está solo y no se puede entender su obra sin contraponerla a las de Alma-Tadema, Leys o Leighton, que ni siquiera se citan; sin confrontarla con las de Ingres, Delaroche (a los que solo se apunta) o Cabanel; no se puede interpretar sin una mirada sobre los simbolistas, de Kilmt a Puvis de Chavannes.
Se ha perdido una oportunidad de oro para remover la sombra del gran David en un pintor que fue adorado por Teófilo Gautier y maldecido por Émile Zola.
Falta también -y es inexcusable- un estudio crítico de cada una de las piezas catalogadas.
Nada podemos reprochar a la factura del libro, está cuidada y es de gran calidad, como es habitual, por otra parte,  en éste tipo de exhibiciones.
Ha sido un lujo poder ver en Madrid, y tener las fotografías coleccionadas, de El bardo negro -acertada portada del catálogo-, La excursión del harén, o el titánico Audiencia a los embajadores de Siam en Fontainebleau; además de algunas de las que están consideradas como obras maestras de Gérôme: La ejecución del mariscal Ney, o El duelo después del baile de máscaras. Soberbia La Verdad, desnuda, saliendo del pozo armada con un azote para castigar a la humanidad; e inquietantemente vivas, en una tradición de Pigmalión con la que se juega en varios de los lienzos, las esculturas Cabeza de tanagra, y La jugadora de bolas.

Calificación: Algo superficial para un estudio serio.
Tipo de lector: Interesados en la pintura historicista.
Tipo de lectura: Técnica.
¿Dónde puede leerse?: En el jardín del Thyssen, atado a un árbol.
¿Dónde encontrarlo?: En la tienda del propio museo o librerías especializadas.


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