La señora Dalloway

Artículo escrito por: Daniel Glez. Irala

Una de las características esenciales de las novelas y relatos de Virginia Woolf es una especie de afán por inmiscuirse en lo más profundo de la mente de sus personajes sin necesidad del uso y abuso del monólogo interior, gracias a la utilización de narradores de nuevo alcance para la época. En el libro que nos ocupa se podrían conjugar un aparente omnisciente, que realmente es de alternancia limitada y que quizás por momentos se asemeje a la objetividad en el proceso de descripción de acciones, siempre desde dentro.
Así es La señora Dalloway, una criatura de ficción que la autora llegó  comprender y amar desde la disección de sus pensamientos. Como es obvio, la influencia del psicoanálisis está cerca.
Clarissa, que así se llama, ha evolucionado también en su lectura con los tiempos y lo mismo podría ser hoy falsa heroína romántica, que personaje de Mujeres desesperadas o Las horas,lo que está claro es que su mundo ahora plagiado pero en su momento sin referentes es el de una mujer resistente, flemática y universal.
Woolf probablemente murió de lo que hoy llamaríamos sabiduría, no en balde implicarse con su obra de una forma a la vez tan sutil y estrecha, es lo que tiene. Sutil, porque hablamos como en Bulgakov, de sentimientos encontrados (las mujeres no eran lo que son hoy) y estrecha porque a pesar de lo dicho se entiende aquí la literatura como algo más que espesa innovación, un compromiso consigo misma.

Calificación: Genial.
Tipo de lector: Cualquiera que se pregunte por los mecanismos básicos (y no tanto) de la ficción.
Tipo de lectura: Sofisticada.
Argumento: Un día en una fiesta en la campiña focalizado en los pensamientos contenidos de una desgraciada.
Personajes: Muy bien dibujados.
¿Dónde leerlo? En casa junto a El laberinto español de Gerard Brenan.


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