¿Qué es conocimiento? José Ortega y Gasset

Artículo escrito por: Gabriel Ramírez Lozano

Texto cortesía de Sonia Hirsch ©.

Un mes de noviembre plagado de dudas y mentiras dónde yo andaba cavilando entre la metafísica, la astronomía y el cartesianismo, estudié, de pura necesidad, un viejo curso de filosofía sobre el conocimiento de 1.929. Me tomé las clases con verdadero gusto y entusiasmo y con el único fin de descifrar algunas cuestiones que me parecían realmente vitales en mi existencia, concretamente en aquellos tiempos de fábulas e hipocresías.
Estas fueron las conclusiones sobre mi curso de verdad en esos tiempos de mentira:
Que el acto de conciencia reflectante no es el mismo reflejado, sino siempre otro; que la inquietud es el problema y la quietud plena es la verdad; que toda pregunta equivale a un problema y que toda pregunta-problema nos lleva a un infinito de problemas, a la consciencia de que todo es problemático, de que no existe tierra firme en que apoyarse, y que de este estado de desesperación nace la necesidad de filosofía. Eso es la fe.
Que la realidad que es pero que no es definitiva se llama “apariencia”; que cada cuál sabe tanto cuanto haya dudado; que sólo cuando encontramos una verdad absoluta y plenamente firme dejamos de caer en el vacío de la inseguridad y nos sentimos a salvo. Esto se llama “felicidad intelectual”; que no sabemos quienes somos, pero que nuestra existencia no depende de que nos sepamos, porque para existir no necesitamos percibirnos; que el curioso no está nunca en su propia vida, sino parasitando en las ajenas, y así una veintena de conclusiones más…
Por finales de noviembre, finalizado el curso, yo me despedía de mi profesor en un bonito quiosco de la época una tarde de tempestad. Él llevaba gabardina oscura, mascota y pañuelo de seda al cuello. Fumaba tabaco negro con boquilla y desprendía un olor como a loción de afeitar concentrada y añeja.
Cuando le contaba que mi duda consistía ahora en no encontrar ninguna teoría lo suficientemente firme o verdadera, que me veía practicando un definitivo robinsonismo y que, a pesar de mis profundas semanas de estudio yo seguía preguntándome cómo tiene que ser una cosa para no ser problemática, para ser verdad, él me entregó, en un sobre cerrado, una lista de todas aquellas cosas que pueden ponerse en duda.
Hice un bonito barco de papel con el sobre, dejé la lista en blanco sobre el velador y observé sonriente como su silueta se alejaba bajo el paraguas en la tempestad.
Y es que yo era una infeliz intelectual y él un hombre elegante.


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