Jardín de espinos

Artículo escrito por: Gabriel Ramírez Lozano

La buena literatura no está al alcance de cualquiera. Muchas veces se convierte en una especie de coto cerrado para el lector medio, en algo lejano y desconocido para el gran público y, por qué no decirlo, para un buen número de autores.
Es verdad que existen libros, tan aplaudidos como vendidos, capaces de divertir a cualquiera que se atreva a leer más allá de las dos o tres primeras páginas; obras que construyen microcosmos facilones llenos de personajes esteriotipados en los que se puede ver reflejado cualquier lector (por eso gustan de ese modo), pero son pocas las novelas en las que la literatura aparece como principal anclaje de la narración. Encontrar novelas que reúnan las características necesarias para encuadrarlas en ese espacio reservado, al verdadero trabajo literario, es un duro trabajo que pocos quieren realizar. Las editoriales apuestan por sobrevivir vendiendo y, a veces, perdiendo su propia definición, publican trabajos puramente comerciales; los lectores se conforman con pasar el rato; las librerías llenan cajas de libros que devuelven a su destino sin haberlos expuesto en sus estanterías. Esto es lo que hay. No nos engañemos por más tiempo.
Sin embargo, también podemos tener satisfacciones al leer algunos trabajos y al comprobar que aún existen proyectos editoriales en los que prevalece la calidad literaria frente a las cuentas de resultados.
Una de ellas es Jardín de Espinos. Su autor, Miguel Ángel Serrano (Madrid, 1965.; Premio José María de Pereda de Novela Corta con la obra Tango; finalista del premio NH de relato en el año 2001 y autor del ensayo La ciudad de las bombas. Barcelona y los años trágicos del movimiento obrero), ha sabido construir desde un tono muy elevado una narración espléndida que nos habla del dinero, del poder, de las diferencias sociales y de la imposibilidad de redención para el ser humano. Una novela exigente a la que, poco a poco, el lector se va acercando durante sus primeras páginas para poder entender el alcance de lo narrado. En esto, la novela presenta cierto paralelismo con las de Proust, en las que es necesario aprender a leer durante el comienzo de la narración para que los personajes, los escenarios y la misma trama, vayan apareciendo en plenitud gracias a esa implicación del lector con lo leído. Jardín de espinos es una novela técnicamente compleja en la que la descripción (este registro se encuentra lleno de espléndidos giros benetianos), el correlato objetivo (Serrano es capaz, por ejemplo, de mostrar un pueblo entero enseñando el vehículo de un joven que reside allí) y los diálogos, conforman un relato que araña la conciencia de los personajes para que el lector profundice en la suya propia. Original y sorprendente es la lectura de Lord Jim que, aunque aparece de forma explícita mediada la narración, acompaña desde la primera frase al relato y que el autor utiliza para que su texto tome fuerza desde un territorio ajeno aunque paralelo y muy bien escogido. Del mismo modo, la novela de Scott FitzgeraldEl gran Gatsby, va apareciendo debajo de las zonas expositivas más interesantes y se mezcla con la anterior haciendo de la mirada que el autor ejerce sobre la diferencia de clases y sus muros infranqueables sea de una potencia narrativa poco frecuente.
La buena literatura no está al alcance de cualquiera, ya está dicho, pero sí al alcance de Miguel Ángel Serrano y de todo aquel que se acerque a Jardín de Espinos.


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