La Ouija (3)

Artículo escrito por: Fernando Glez. Nohra

Escribir es darle caza, escribiendo, a una idea siempre fugitiva.

Entrevista a Julio Ramón Ribeyro (*)

Había borrado cinta y estaba sentado en la mejor banca de Lima -en lo alto de una de las escaleras que conducen a la playa- tratando por todos los medios de chuparme una cerveza caliente… Sí, ya sé que son asquerosas, pero supongo que ésa sería la idea, ¿no? Quise fumar, y justo en el momento en que sacaba mi cajetilla alguien se sienta a mi lado y me pide que le invite un cigarrillo. ¿Cigarrillo?, pensé. Le ofrecí uno, lo miré y al instante tuve que aguzar la mirada: la cara afilada, los rasgos angulosos… sin llegar a identificarlo por completo, el tipo me parecía conocido. Él a su vez me miró, al tiempo que ensayaba un gesto de auto-complacencia. “Estoy inferiormente dotado para la lucha por la existencia”, aseguró. Lo miré otra vez, aunque ya no me hacía falta, pues de pronto me sorprendí con que compartía cigarro y banca con el flaco, con el mismísimo Julio Ramón Ribeyro. Como tampoco me pesan demasiado -aunque a veces pareciera que sí-, lo que sigue es resultado de una charla de resaca matizada por el humo del tabaco y la neblina que subía por el acantilado:

F.G. : Flaco, ésta te la tengo que soltar de hachazo. ¿Qué es para ti escribir?

J.J.R. : Escribir, más que transmitir un conocimiento, es acceder a un conocimiento. El acto en sí nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva o caótica. Por ejemplo, muchas cosas las comprendemos sólo cuando las escribimos. Porque escribir es escrutar en nosotros mismos y en el mundo con un instrumento mucho más riguroso que el pensamiento invisible: el pensamiento gráfico, visual, reversible e implacable de los signos alfabéticos. Sin embargo, en términos morales y estéticos, escribir es antes que nada una inmolación consciente y razonada que el escritor -el verdadero- hace de su tiempo, de su salud, de sus intereses materiales, de su vida, en suma, para crear un orden de palabras que lo satisfaga.

Entonces, según tu teoría, ¿cualquier clase de literatura es conocimiento? ¿Incluso las novelas históricas y las de esos vampiritos siempre tan sospechosamente guapos y exitosos y adinerados?

Claro que no. Pero en lo que a mí respecta, a veces pienso que la literatura es sólo una coartada de la que me valgo para librarme del proceso de la vida. Lo que yo llamo mis sacrificios (no ser abogado, ni profesor de la universidad, ni político, ni agregado cultural) son tal vez fracasos simulados, imposibilidades. Mi excusa: soy escritor. Mi relativo éxito en este terreno excusa mis torpezas en los otros. Siempre he huido de toda prueba, de toda confrontación, de toda responsabilidad. Menos de la de escribir.

¿Escribes en el sitio que sea? Me explico: ¿en el baño, en un parque, en todo lugar?

Jamás. Yo necesito mi marco habitual -cigarrillos, vino, un sillón cómodo, a veces música, una ventana a la calle-. De otro modo me es imposible hacerlo. Se diría que las ideas no brotan de mí espontáneamente por una operación subterránea de mi espíritu, sino que son extraídas de mi contorno por un fenómeno de ósmosis. Ahora, biológicamente, escribir me daña: fumo demasiado, bebo, se me entumecen los dedos, me arden los músculos del cuello, y siento todos los síntomas de la tortura. Pero todo esto va acompañado paralelamente de un gozo tan singular que podría hablarse casi de un caso de masoquismo.

Ya que has tocado el tema, y en vista de que te estás fumando todos mis puchos, ¿se puede afirmar que el fumar rige tu vida, que subsistes de acuerdo a los dictámenes muchas veces vejatorios de una especie de tabaco-cracia?

Lo que está claro es que a partir de cierto momento mi historia se confunde con la historia de mis cigarrillos. Con el tiempo el fumar se fue infiltrando en todos los actos de mi vida, al punto que ninguno -salvo el dormir- podía cumplirse sin la intervención del cigarrillo. En este aspecto llegué a extremos maniacos o demoniacos, como el no poder abrir una carta importantísima y dejarla horas de horas sobre mi mesa hasta conseguir los cigarrillos que me permitieran desgarrar el sobre y leerla. Esa carta podía incluso contener el cheque que necesitaba para resolver el problema de mi falta de tabaco. Pero el orden no podía ser invertido. Estaba pues instalado en plena insania.

De lo cual infiero que el imperio del tabaco terminó por volverte loco…

Hermano, la locura no consiste en carecer de razón sino en querer llevar la razón que uno tiene hasta sus últimas consecuencias.

Por el vicio, ¿llegaste a hacer algo que de otro modo te habría sido impensable, e imposible?

Claro que sí. Por decirte, un día no pude ya comprar ni cigarrillos franceses -y en consecuencia leer mis cartas- y tuve que cometer un acto vil: vender mis libros. Eran apenas doscientos o algo así, pero eran los que más quería, aquellos que arrastraba durante años por países, trenes y pensiones y que habían sobrevivido a todos los avatares de mi vida vagabunda.

¿Cómo te sentiste al respecto?

Me tomó un par de días terminar de desprenderme de todos, y cuando finalmente lo había hecho, sentado en mi cama encendí un pitillo y quedé mirando mi estante vacío. Mis libros se habían hecho literalmente humo.

¿Pudiste sacar algo en limpio de esta experiencia?

Sí. Más allá de que por algún tiempo la ambulancia se convirtió en cierta forma en mi medio habitual de locomoción, el fumar posibilitó que escribiera toda mi obra. Y es que, reflexionando, el cigarrillo era para mí un hábito y un rito. Como todo hábito se había agregado a mi naturaleza hasta formar parte de ella, de modo que quitármelo equivalía a una mutilación; y como todo rito estaba sometido a la observación de un protocolo riguroso, sancionado por la ejecución de actos precisos -el de escribir, por ejemplo- y el empleo de objetos de culto irreemplazables.

Sólo por copiarte, y a ver si por suerte o gracia divina se me pega un poco de lo tuyo: ¿qué acostumbras leer, tienes algún autor predilecto?

Yo leo prácticamente todo, quizás porque no puedo aún librarme de una concepción caduca de la cultura: la del hombre universal, aquel que debe saber todo. Como en esta época es imposible saber todo, lo único que logro es no saber nada bien y saber todo mal. En consecuencia, mi cultura no es ni siquiera un bazar sino un baratillo, un mercado de las pulgas. Por lo mismo siento la necesidad de codificar mis conocimientos, que por falta de uso se disuelven en el crepúsculo del olvido. Si supiera todo lo que supe, sabría más de lo que sé.

Ilústrame, maestro: ¿me da la impresión solamente o de verdad estás diciendo que saber mucho no sirve de nada?

Totalmente en silencio, Julio Ramón me clavó una mirada contemplativa y en su cara vi que se dibujaba una media, casi imperceptible sonrisa. Opté por ofrecerle otro cigarro pero mi cajetilla, vacía ya, había dado todo de sí. Él en respuesta desenfundó algo  que se me antojó sería una enorme chimenea: la encendió por uno de sus extremos, le dio una gran pitada y así, al fin, el maestro estuvo listo para escupir:

Lo que digo es que la cultura no es un almacén de autores leídos sino una forma de razonar. La cultura no depende de la acumulación de conocimientos, incluso en varias materias, sino del orden que estos conocimientos guardan en nuestra memoria y de la presencia de estos conocimientos en nuestro comportamiento. Por eso mismo, el componente de una tribu primitiva que posee el mundo en diez nociones básicas es más culto que el especialista en arte sacro bizantino que no sabe freír un par de huevos.

De hecho que en eso has dado en el clavo -por cierto, bien cojinovas esos compadres-, pero no has respondido a mi pregunta…

Mira, en el fondo, me fatiga leer lo que carece de valor literario. Tú piensa nomás: por cada buen escritor, ¡cuántas malas copias tiene que ensayar la naturaleza! Son las malas pruebas del modelo original, la mercancía con fallas que se vende al por mayor. Ahora sí, ¿contento?

Entonces el flaco se puso de pie, hizo un gesto que preferí interpretar como una despedida y caminó con dirección a las escaleras. Conforme se alejaba y bajaba por ellas, su silueta se difuminaba, confundiéndose con la bruma matinal y el humo de esa gigantesca chimenea. Hasta que por fin desapareció y yo me quedé ahí, solo, resaqueado, sin cigarros y sin plata para comprarlos, con la certeza de poseer ya las llaves pero dudando de si algún día encontraría tan siquiera una sola puerta.

* Textos de las respuestas tomados de Prosas apátridas, La palabra del mudo y La tentación del fracaso.


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