París no se acaba nunca

Artículo escrito por: Carmen Neke

En París no se acaba nunca, Vila-Matas hace un retrato implacable de sun yo juvenil durante los dos años que vivió en Saint-Germain-des-Prés, como un joven impostor que asume todas las poses de sus modelos literarios porque está convencideo de que esa es la única forma de llegar a ser un auténtico escritor. Me divertí muchísimo con su imagen de muchacho vestido de negro (la desesperación le parecía entonces la única actitud válida ante la vida) que se sentaba en la terraza de un café a leer a los poetas malditos franceses con un par de gafas falsas que debían darle el necesario aspecto de intelectualidad. No veía nada con ellas puestas, pero lo importante no era leer a estos poetas sino la pose, el ser visto leyendo tales libros. También me hizo reír el hecho de que no fuera capaz de entender una palabra del francés que le hablaba su ilustre casera, Marguerite Duras, según un amigo debido al hecho de que la Duras era una gran escritora y por ese motivo hablaba un francés superior.

El autor se ríe de sus locuras de juventud con la misma ironía llena de ternura con la que se ríe de su yo actual, empeñado en conseguir un dudoso parecido físico con Hemingway que le compense del deterioro inexorable de los años. O la ironía con la que recuerda sus problemas técnicos como escritor principiante ante cómo reproducir los diálogos en su novela: ¿separados con guiones, escritos entre comillas? Dilema que acabó siendo resuelto por un artículo de la revista Tel Quel (la biblia de los literatos franceses de vanguardia) que dictaminaba que los diálogos en las novelas eran algo reaccionario y anticuado. El joven Vlia-Matas, que se encontraba en aquel momento en un café rodeado de gente dialogando, decidió que la realidad no tenía por qué afectar en modo alguno a la modernidad narrativa:

Toda aquella gente que dialogaba seguro que eran votantes del político de derechas Giscard d’Estaing y, además, se les notaba mucho que no tenían poética, eran de una vulgaridad aplastante y lo que decían probablemente también.

Finalmente, el aprendiz de escritor termina su novela y vuelve a Barcelona, con la impresión de haber ido a París solamente para aprender a escribir a máquina y para recibir por boca de su casera el criminal consejo de Raymond Queneau: “Usted escriba, no haga otra cosa en la vida”. Y a eso dedicó el resto de su vida, a escribir, agradeciendo además el no haber conocido en París una felicidad juvenil que añorar ahora en sus años de madurez. Porque si bien anhela un parecido físico con Hemingway, no quiere acabar como él: después de haber vivido una vida apasionante y haber ganado el Nobel, acabó al final de sus días sintiendo nostalgia de ese París en el que fue joven, pobre y muy feliz. A Vila-Matas el fracaso de sus experiencias juveniles le salvan de ese tipo de nostalgia, y si bien reconoce que París no se acaba nunca, también confiesa con humor que lo que más le gusta de París es que sea una ciudad sin catedral ni casas de Gaudí.

Calificación: Estupendo.

Tipo de lector: Un libro muy recomendable para todos los letraheridos que sueñan con ir a París a hacerse escritores sentados en los veladores de los cafés. Al menos si saben reírse de sí mismos.

Tipo de lectura: Una fiesta para los amantes de la literatura, un infierno para los demás.

Argumento: Cómo hacerse escritor y no morir en el intento.

Personajes: La bohemia parisina de los años setenta.

¿Dónde puede leerse?: En la terraza del Café de Flore, en Saint-Germain-des-Prés.


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