Cartas de Adén y Harar

Artículo escrito por: Nuria A. Quintero

Dicen los que entienden de poesía que la de Arthur Rimbaud tiene un marcado tono simbolista, una feroz influencia de la obra de Baudelarie y un gran interés por la religión y la exploración del subconsciente individual. Su producción literaria la realizó entre los 16 y los 20 años, posteriormente, abandonó todo interés por la literatura y se centró en negocios y trabajos poco provechosos mientras se hundía en una espiral autodestructiva, intentando hacerse rico. Este afán le llevó a viajar e instalarse en los lugares más recónditos del mundo.

Cartas de Adén y Harar es una recopilación de las cartas que Rimbaud escribió a su madre y a su hermana mientras trabajaba o traficaba, intentado convertirse en millonario, en la antigua Abisinia y en Arabia. Unas cartas que nos muestran a una persona completamente alejada de la sensibilidad que, a través de su poesía, podemos intuir.  Rimbaud, siempre fue un burgués que abrazó las más variopintas posiciones desde las más revolucionarias a las nihilistas, en busca de algo que nunca supo definir. Su relación con Paul Verlain terminó afectando gravemente su carrera literaria si bien, fue el propio Verlain quien reivindicó la figura de Rimbaud y publicó sus poemas.

Estas cartas pertenecen a una época de su vida en la que su vocación literaria estaba totalmente aparcada. Sin embargo, pese a la frialdad y la poca voluntad comunicativa de algunas de ellas, hay que reconocer que entre esa correspondencia mantenida, puede encontrarse pasajes que destilan un total desasosiego  ante la situación de penuria económica y sequía intelectual por la que atraviesa y cuyo único objetivo es conseguir el dinero suficiente para volver a Francia, retirarse, casarse y tener un hijo. Son especialmente dramáticas las cartas que, una vez enfermo, remite a su hermana Isabel.

Aquí no hay ningún árbol, ni siquiera seco, ni una brizna de hierba, ni una parcela de tierra, ni una gota de agua dulce. Adén es un cráter de volcán extinguido y rellenado con arena del mar. No se toca, y no se ve, pues, absolutamente nada más que lava y arena que no pueden producir el más vegetal. …¡Hay que estar realmente obligado a ganarse el pan para trabajar en semejantes infiernos”.

Una vida vivida con la anticipación que lo hizo Rimbaud sólo podía tener un trágico y anticipado desenlace, como así fue.

Un fragmento de su poema Adiós ilustra, a mi parecer,  la esencia de Rimbaud:

“A veces veo en el cielo playas sin fin, cubiertas de blancas naciones jubilosas. Un gran navío de oro agita, por encima de mí, sus pabellones multicolores en las brisas de la mañana. Yo creé todas las fiestas, todos los triunfos, todos los dramas. Procuré inventar flores nuevas, astros nuevos, carnes nuevas, idiomas nuevos. Creí adquirir poderes sobrenaturales. ¡Y bien, debo sepultar mi imaginación y mis recuerdos! ¡Hermosa gloria de artista y de narrador perdida!”

El libro en cuestión viene ilustrado con una serie de fotografías realizadas por el propio Rimbaud durante sus estancias en Adén y Harán. Estampas que nos llevan a épocas pasadas y que no dejarán de recordarnos las imágenes, ciento de veces reproducidas, de Laurence de Arabia. Un genio devorado por sí mismo.

Calificación: Es lo que es, una recopilación de cartas.

Tipo de lectura: Preferiblemente para ser leída despacio pues, aunque parecen no decir gran cosa, tienen más miga de lo que parece.

Tipo de lector: Interesado en el mundo real, el vivido por los que escriben.

Engancha: No.

Argumento: Cartas de Rimbaud escritas un año antes de fallecer.

Dónde leerse: En una terraza, a media tarde, con un té helado en la mano.

Donde adquirirse: En su librería habitual.


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