Por el camino de Swan

Artículo escrito por: Augusto Prieto

A Marcel Proust le cuesta arrancar. Sus primeras páginas son una suma deslavazada de recuerdos de la infancia de un niño hipersensible, consentido y enfermizo. ¡Un coñazo de niño, vamos! Se entiende entonces a los que no soportan esta obra inmensa y a los que habiendo intentado su lectura se desinteresan de ella.

Pero pasada esta vaga introducción -sesenta y un páginas en la edición de Alianza para la biblioteca Proust, traducida por Pedro Salinas- se produce el milagro y lo hace en forma de magdalena. La célebre magdalena empapada de té, cuyo sabor desencadena tres mil setecientas treinta y ocho de las páginas más intensas y prodigiosas de la historia de la literatura. Una narración única si tenemos en cuenta la apariencia de que en ellas su autor no cuenta prácticamente nada.

Porque Marcel Proust considera que el hecho de que durante su infancia, los sábados se adelantase una hora el almuerzo por una razón tan banal como la de que la criada se tuviera que acercar al mercado de un pueblo vecino, podía haber sido núcleo apto para un ciclo legendario (sic). Parece que sobran los comentarios sobre lo que el autor es capaz de hacer con cualquier otra cosa.

A partir de ese momento cae un velo y podemos ver la red imperceptible de las neuronas del cerebro humano estableciendo contacto con chisporroteos de luz, entramos en los conductos desconocidos de la memoria y el recuerdo y pocos dejarán de sentirse impresionados ante un despliegue de certidumbres, de comparaciones desproporcionadas y de razonamientos subjetivos que saltan de lo personal a lo universal por la magia de la literatura.

La mayor parte de este primer libro de la saga –son siete- la dedica el escritor galo a plasmar de forma imborrable los recuerdos de su niñez manufacturados por el tiempo y recuperados por la voluntad autónoma e inconsciente de los sentidos. Continúa con la narración de los amores de Swann con Odette de Crézy cuya relación le permite establecer algunos de los temas claves de la novela, que crecerán en los libros posteriores: la hipocresía social, las apariencias, los celos, las formas del deseo.

Es revelador el último capítulo porque desarrolla algo que es decisivo para la exacta interpretación de lo escrito y esto es el poder evocador de los nombres de los lugares –que será también el de las personas- como hecho destacado en sí mismo a la manera de los cabalistas hebreos. La creación del lugar a partir de la pronunciación de su nombre.

Con estos tres ejes, Proust articula una obra profundamente psicoánalitica en donde se estudia cómo lo vivido contribuye a la creación de la personalidad y donde los objetos, las personas y los nombres tienen un poder taumatúrgico.

Este primer libro de la saga, es –y no por ser el primero- de capital importancia para emprender la lectura de la obra y el que escribe, aún prefiriendo el libro tercero, El Mundo de Guermantes, entiende como correcto que si alguien ha de leer solo uno de los libros para entender el mundo proustiano debe de elegir este.

No debemos omitir que Francisca, la criada, acude los sábados al mercado de Roussainville-le-Pin; La capacidad para leer esta obra en su idioma original –aún cuando se precise compararla con una traducción- es un regalo añadido para el lector.

Calificación: Obra maestra incontestable.

Tipo de lector: Afanoso

Tipo de lectura: Ardua hasta que se coge el tono.

Argumento: Aparentemente débil.

Personajes: De una intensidad demoledora.

¿Dónde puede leerse?: La cama parece el lugar ideal para entender la personalidad de la tía Leoncia, el punto de vista. Porque la cama como objeto mueble es decisiva a lo largo de la novela y lo fue para el escritor en vida.

¿Dónde encontrarlo?: En cualquier parte. En las mejores librerías siempre existe un ejemplar.


1 Respuesta en “Por el camino de Swan”

  • Carlota ha escrito:

    Es verdad que las primeras 70 páginas cuestan y te quedas esperando que pase algo que jamás pasa y quizá ahí resida su genialidad. Pero es una obra maravillosa. Hace un mes y medio acabé con los siete y ahora me siento un poco huérfana.