Hijos de la ira

Artículo escrito por: Carmen Neke

Dámaso Alonso escribió lo siguiente sobre Hijos de la ira (1944):

He dicho varias veces que Hijos de la ira es un libro de protesta escrito cuando en España nadie protestaba. Protesta, ¿contra qué? Contra todo. Es inútil quererlo considerar como una protesta especial contra determinados hechos contemporáneos. Es mucho más amplia: es una protesta universal, cósmica, que incluye, claro está, todas esas iras parciales. Pero toda la ira del poeta se sume de vez en cuando en un remanso de ternura.

Los poemas de este libro son un grito de revulsión del autor. Contra el mundo, contra Dios (ese Dios al que tanto ama, a quien se dirige constantemente sin recibir respuesta), contra los hombres. Y sobre todo contra sí mismo, contra ese ser de 45 años dentro del cual se encuentra encerrado y con el que no consigue identificarse. El poeta se siente exactamente igual que su famosa “Mujer con alcuza”, que se despierta en ese tren que no va a ninguna parte y descubre que está sola:

Y esta mujer se ha despertado en la noche,
y estaba sola,
y ha mirado a su alrededor,
y estaba sola,
y ha comenzado a correr por los pasillos del tren,
de un vagón a otro,
y estaba sola,
y ha buscado al revisor, a los mozos del tren,
a algún empleado,
a algún mendigo que viajara oculto bajo un asiento,
y estaba sola,
y ha gritado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado
quién conducía,
quién movía aquel horrible tren.
Y no le ha contestado nadie,
porque estaba sola,
porque estaba sola.
Y ha seguido días y días,
loca, frenética,
en el enorme tren vacío,
donde no va nadie,
que no conduce nadie.

Uno de mis poemas favoritos del libro es el titulado “Hombre”. Aquí don Dámaso no puede esconder su vena gongorina (dicen los rumores que el joven Dámaso era ya capaz de recitar de memoria la Soledad Primera de Góngora). El vocabulario extraño y arcaico que utiliza sirve para dar una enorme sonoridad expresiva al lenguaje del poema.

Hombre,
garrula tolvanera
entre la torre y el azul redondo
vencejo de una tarde, algarabia
desierta de un verano.

Hombre, borrado en la expresión, disuelto
en ademan; sólo flautín bardaje,
sólo terca trompeta,
híspida en el solar contra las tapias.

Hombre,
melancólico grito
¡oh solitario y triste
garlador! ¿Dices algo, tienes algo
que decir a los hombres o a los cielos?
¿Y no es esa amargura
de tu grito, la densa pesadilla
del monólogo eterno y sin respuesta?

Hombre,
cárabo de tu angustia,
agüero de tus dìas
esteriles, ¿qué aullas, can, qué gimes?
¿Se te ha perdido el amo?

No: se ha muerto.
¡Se te ha podrido el amo en noches hondas,
y apenas sólo es ya polvo de estrellas!
Deja, deja ese grito,
ese inùtil plañir, sin eco, en vano.
Porque nadie te oirá. Solo. Estas solo.

Calificación: Demoledor.

Tipo de lector: Que sepa que la poesía va mucho más allá del canto al amor romántico.

Tipo de lectura: De una sinceridad moral desgarradora.

No le sobra ni un solo verso, por muy largo que sean a veces los poemas.

¿Dónde puede leerse? En el metro de Madrid. O en el Retiro, si tienes un día bueno.


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