El Gran Gatsby

Artículo escrito por: Fernando Glez. Nohra

Acepto e incluso aplaudo de buena gana la crítica que en El gran Gatsby haces de la sociedad norteamericana en general y del llamado “sueño” americano en particular. Es más, es de resaltar; pero Scott, siendo sinceros, podrías haberte esforzado un poco más, ¿no crees?

Voy a intentar explicártelo repasando un por uno los puntos en los que el patín se te fue para un lado. Lo que sí, procura no exigirme demasiado puesto que tu novela salió igual que entró: así, sin pena ni gloria… lo que en cristiano -más, si cabe- significa que no lo recuerdo todo con exactitud y me da una pereza inmensa soplarme entera su lectura otra vez.

Es que no terminas de convencerme.

Y ya he tenido bastante.

Eso, más que nada, porque te pusiste muy retórico y con tanto adorno tu narrador llega a caer pesado. Está bien, lo admito, puede que lo bosquejaras como un tipo muy culto, pero todos los libros que Nick Carraway pudiera haberse comido en el transcurso de su vida no conseguirían nunca que el tipo pasara de ser un simple corredor de bolsa.

¿Me explico?

Quiero decir que ya está bueno de subestimar al lector, ¿no? Pongo en tu conocimiento, por si no te hubieras percatado, que no todos hemos nacido ayer.

Otro punto flaco es que debiste haber escogido una historia un poco más creíble, ya que viene a ser un tanto difícil tragarse todo lo que hay, escondido o no, alrededor de Gatsby. Aunque tal vez esa nebulosa no sea una falencia de la historia en sí sino de una posible incapacidad tuya para dárnosla con cucharita. Lo cual, por otro lado, parece ser tu intención.

Otro punto débil, y éste algo más acusado ya, es el de la (in)definición sexual de tus personajes. Claro, es posible que tu intención fuera dejar flotando la sexualidad tanto de Gatsby como de Nick, para de ese modo, quizás, enfatizar la sensación de ambigüedad y falta de compromiso -si acaso- que querías transmitir o denunciar respecto de la sociedad contra la que descargas tu artillería. Queda muy bonito y de una profundidad, digamos, excelsa, pero la sensación que aquello me dejó no fue la de ambigüedad de la sociedad norteamericana sino que aquí sí que patinaste feo.

Más, quiero decir.

Sin embargo para ser justo y objetivo en este aspecto es necesario que nos situemos: efectivamente, puede que quisieras retratar a este tipo, Gatsby, en su intento desmedido de ascender socialmente y lograr sus objetivos y que para ello intentase valerse realmente de todo lo que tienía a mano, o no estrictamente en su mano. De haberlo logrado, habría resultado una jugada maestra. Pero no, te quedaste corto. Patinaste, y así van varias ya. Ahora, también es posible que esto se debiera a que en tu tiempo seguramente no hubiese mucho material humano en el que pudieras basarte para crear a tu personaje, que no tuvieras un referente claro con el que delinear a Gatsby. Lo que es verdaderamente curioso es que suceda exactamente lo mismo con Carraway…

Que te tambalearas una vez en el tema, bueno, puede entenderse, pero, ¿en dos, y hasta en tres oportunidades?

¿Hay algo que nos estés ocultando, Scott?

En cuanto al final… ¿De verdad creíste que estabas moviendo tus fichas de manera efectiva? Efectiva puede que sí, pero no verídica, pues tanta filigrana y coincidencia le restan credibilidad a los hechos y emparentan tu novela con los culebrones televisivos mexicanos o venezolanos. Por ejemplo, que conduzca Daisy y no Gatsby… no sé, lo mastico pero no lo paso, porque si no de seguro que me atraganto.

Es por ello y por todo lo que no recuerdo que me permito preguntar: ¿Qué te pasó, Scott?

(Otra opinión en este enlace)


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